Dio principio a ellos saliendo de Barcelona el 17 de enero por la noche, y haciendo que le siguiesen, en virtud de órdenes falsas, dos escuadrones de coraceros apostados en las cercanías de la ciudad, con intento de que cayesen en una celada que debía armarles el barón de Eroles. Pero retrasado casualmente un aviso remitido al efecto, frustrose la sorpresa, teniendo Van Halen que pensar solo en salvarse, uniéndose al de Eroles en San Feliú de Codinas.

No arredrado ni por eso aquel, metiose en otro empeño aun más atrevido e importante que el anterior; tratándose de nada menos que de fraguar un convenio, que se diría firmado en Tarrasa entre los generales de los respectivos ejércitos, a fin de recuperar, por medio de esta estratagema, fundamento de otras de ejecución, las plazas de Tortosa, Peñíscola, Murviedro, Lérida, Mequinenza y Monzón, en poder todavía de los enemigos. Propuso Van Halen la idea al barón de Eroles, quien la aprobó, como asimismo el general en jefe Don Francisco Copons, si bien este después de ciertas vacilaciones y juiciosos reparos, desconfiando algún tanto del buen éxito de la empresa, por parecerle muy complicada y harto dificultosa.

Tentativa
contra Tortosa.

Finalmente acordes todos, determinaron empezar a probar ventura por Tortosa, cuya ciudad bloqueaban las divisiones segunda y quinta del segundo ejército bajo la comandancia de Don José Antonio de Sanz, asentados sus reales en Cherta. Allí llegaron el 25 de enero el barón de Eroles, y en su compañía el capitán Don Juan Antonio Daura, sujeto práctico y hábil en el arte de la delineación y dibujo, Don José Cid, vocal de la diputación de Cataluña, y el teniente Don Eduardo Bart, muy ejercitado y suelto en la lengua francesa.

Conferenciaron con Sanz los recién venidos, resolviendo sin dilación circuir la plaza más estrechamente de lo que lo estaba; siendo necesario preliminar el que ni dentro ni fuera de ella se vislumbrase cosa alguna de lo que iba tratado. En seguida entendiéronse también los mismos acerca de los pasos que convenía dar y el modo; arreglando primero los papeles y documentos indispensables al caso, cuya imitación y falsía hízose a favor de la idónea y diestra mano del capitán Daura, y de la cifra, firmas y sello que había Van Halen sustraído del estado mayor francés. Dispuesto todo, pasose a poner por obra el ardid, que consistía en enviar, por un lado, secretamante pliegos contrahechos al gobernador de Tortosa, Robert, como si procediesen del Mariscal Suchet, anunciándole la negociación que se suponía entablada en Tarrasa, para que estuviese preparado a evacuar la plaza al recibir el aviso de verificarlo, y en participar, por otro, el general del bloqueo al de Tortosa, públicamente y con posterioridad, haberse concluido ya el tratado pendiente, y haber llegado al campo español un ayudante del mariscal Suchet, con quien podría el gobernador abocarse y platicar a su sabor cuanto gustare; excusando casi añadir nosotros aquí ser Van Halen quien había de representar el papel del ayudante fingido. Fuese efectuando la estratagema con dicha, no obstante un contratiempo ocurrido al portador de los pliegos secretos, yendo el ajuste tan adelante que estuvo próximo a cerrarse y llegar a venturoso fenecimiento. Frústrase esta. Mas impidiolo, según unos, cierto aviso recibido por el gobernador francés al irse a terminar los tratos; según otros, la resistencia que opuso Van Halen a meterse en la plaza, receloso de que se le tendía un lazo, lo cual despertó las sospechas de los contrarios. Nosotros inclinarémonos a creer lo primero, y también a que hubo indiscreciones y demasía en el hablar.

Sale bien
en Lérida,
Mequinenza
y Monzón.

Malograda la tentativa en Tortosa, pareció acertado no repetirla en Peñíscola ni Murviedro, y sí en Lérida, Mequinenza y Monzón. Para ello pusiéronse en camino el 7 de febrero el inventor y los ejecutores de la traza, albergándose el 8 en Flix, desde donde envió a Mequinenza el barón de Eroles a Don Antonio Maceda, ayudante suyo, y al ya citado Don José Cid, con orden ambos de levantar allí los somatenes, bloquear la plaza, y dirigir después a su gobernador, por un paisano, pliegos y documentos que apareciesen despachados por Suchet, al modo mismo de lo que se fingió en Tortosa. Por su parte tiraron hacia Lérida Eroles, Daura, Van Halen y Bart pernoctando juntos a una jornada de la ciudad, pero con la precaución de separarse en la mañana inmediata, no queriendo despertar recelos, y yéndose por de pronto a Torres del Segre los dos últimos, y el de Eroles al campo de Lérida. Allí hizo ostentosa reseña de las tropas, aparentando designio de formalizar el sitio, para introducir después y de oculto en la plaza, por confidente seguro, pliegos concebidos en términos iguales a los enviados antes a Tortosa y Mequinenza, que servían siempre de preparativo a las negociaciones públicas y formales, que se entablaban después para alcanzar la evacuación y próxima entrega del punto en que se había puesto la mira.

Sucedió bien el ardid en Mequinenza, sin que encontrase el portador del primer pliego tropiezo alguno, creyéndose allí verdadero emisario de Suchet; por lo que apresurose el de Eroles a expedir la segunda comunicación, como en Tortosa, valiéndose ahora para ello del ayudante de estado mayor Don José Baeza; quien bien recibido y agasajado por el gobernador francés, de nombre Bourgeois, consiguió evacuasen los enemigos la plaza el 13, precedido un coloquio entre un oficial francés nombrado al efecto y Van Halen, presente también Eroles, habiendo acudido ambos a Mequinenza con esta ocasión.

Después tornó el último a Lérida, y en el camino llegó a sus manos la respuesta de aquel gobernador, de nombre Isidoro Lamarque, al mensaje secreto, extendida en la forma que se deseaba. Aproximose en consecuencia Eroles a aquellos muros, y despachó el segundo pliego a la manera de lo ejecutado en las demás partes, al que contestó dicho Lamarque favorablemente, nombrando para tratar de la evacuación de la plaza a Mr. Polwerell, jefe de su estado mayor. Escogió por su lado para lo mismo el general español a Don Miguel López Baños. Mientras arreglaban estos los artículos de la entrega, hubo una conferencia bastante larga entre Van Halen y el gobernador francés, en la cual procuró aquel desvanecer las dudas que aún inquietaban a su interlocutor. Por fin ocuparon el 15 nuestras tropas a Lérida y todas sus fortalezas.

Faltaba Monzón para completar por esta parte obra tan bien comenzada y seguida. Encargose Don Eduardo Bart de la comisión, para cuyo desempeño debían emplearse los mismos medios que en los otros lugares. Pero tropezose aquí con resistencia obstinada; muy animosa la guarnición por haberse sostenido briosamente contra algunos batallones de Mina que la asediaban, y dirigida la defensa con ciencia y tino por un tal Saint Jacques, piamontés de nación y subalterno en el cuerpo francés de ingenieros, a cuya superioridad de conocimientos en la materia habíase sometido el comandante del castillo modesta y laudablemente. Alegábase por pretexto de no rendirse el depender Monzón del gobernador de Lérida, añadiendo los de dentro que no saldrían de los muros que guardaban, antes de que un oficial suyo se desengañase por sus propios ojos de no ser falso lo que se les anunciaba respecto de aquella plaza. Condescendió Bart con este deseo, no aventurando en ello nada, evacuada ya Lérida. Y acertolo de suerte que, no bien se aseguraron los de Monzón de la verdad del hecho, cuando cesaron en su porfía, abriendo el 18 a los españoles las puertas del castillo.