Encomendó Wellington la empresa al general Hill, que regía como antes el cuerpo aliado que maniobraba a la izquierda del Tajo. Le acompañó el marqués de Alameda, individuo de la junta de Extremadura, de quien no menos que del pueblo recibió Hill mucha ayuda y apoyo.
Al despuntar del alba atacaron los ingleses el 19 de mayo y tomaron por asalto el fuerte de Napoleón, colocado en la orilla izquierda: lo cual infundió tal terror en los enemigos que abandonaron el de Ragusa, sito en la opuesta, huyendo la guarnición en el mayor desorden hacia Navalmoral. Cogieron los ingleses 250 prisioneros; arrasaron ambos fuertes; destruyeron el puente, y quemaron las demás obras, las oficinas y el maderaje que encontraron. Libertose el castillo de Miravete por su posición, que estorbaba se le tomase de sobresalto. Sacó la guarnición dos días después el general Darmagnac, del ejército francés del Centro, viniendo por la Puente del Arzobispo. Otros auxilios que intentaron enviar Marmont y Soult llegaron tarde. Con el triunfo alcanzado quitóseles a los franceses la mejor comunicación entre su ejército del Mediodía y el que llamaban de Portugal.
Soult
y Ballesteros.
Por su lado el mariscal Soult, de vuelta de Extremadura, había atendido a contener a Don Francisco Ballesteros; en particular después que Penne Villemur se había alejado de la margen derecha del Guadalquivir. El Don Francisco, desembocando del campo de Gibraltar para cooperar a los movimientos del último, había hecho alto en Utrera el 4 de abril, sin pasar adelante; con lo cual se dio tiempo a la llegada de Soult de Extremadura, y a que Penne Villemur se viese obligado a retroceder a sus anteriores puestos. Ballesteros hubo de hacer otro tanto y replegarse vía de la sierra de Ronda. Sin embargo, haciendo un movimiento rápido, Choques
en Osuna
y Álora. tuvo la fortuna de escarmentar a los enemigos el 14 de abril en Osuna y Álora. En la primera ciudad se peleó en las calles, viéndose los franceses obligados a encerrarse en el fuerte que habían construido, picándoles de cerca, y avanzando hasta el segundo recinto el regimiento de Sigüenza a las órdenes de su valiente jefe Don Rafael Cevallos Escalera. Y en Álora, trabándose refriega con una división enemiga se le tomaron bagajes, dos cañones y algunos prisioneros. Lo mismo aconteció el 23 entre otra columna enemiga y la vanguardia española al cargo de Don Juan de la Cruz Mourgeon; la cual, en una reñida lid, y hasta el punto de llegar a la bayoneta, arrolló a los contrarios y les causó mucha pérdida y daño.
Tales excursiones, marchas y embestidas, con lo que amagaba por Extremadura y Castilla, pusieron muy sobre aviso al mariscal Soult, quien temeroso de que Ballesteros fuese reforzado con nueva gente de desembarco y dificultase las comunicaciones entre Sevilla y las tropas sitiadoras de Cádiz, trató de asegurar la línea del Guadalete, fortificando con especialidad, y como paraje muy importante, a Bornos. Mandaba allí el general Conroux, teniendo bajo sus órdenes una división de 4500 hombres. Salió entonces Ballesteros de Gibraltar, bajo cuyo cañón había vuelto a guarecerse, y pensó en impedir los trabajos del enemigo y de tentar de nuevo la fortuna.
Acción de Bornos
o del Guadalete.
Así fue que avanzando vadeó el Guadalete el 1.º de junio, y acometió a los franceses en Bornos mismo. Embistieron valerosamente los primeros Don Juan de la Cruz Mourgeon y el príncipe de Anglona con la vanguardia y tercera división. Fueron al principio felices, mas ciando la izquierda, en donde mandaba D. José Aymerich y el marqués de las Cuevas, cundió el desmayo a las demás tropas y creció con un movimiento rápido y general de los enemigos sobre los nuestros, y el avance de su caballería, superior a la española, viniendo al trote y amagando nuestra retaguardia. Consiguieron, no obstante, las fuerzas de Ballesteros repasar el río, si bien algunos cuerpos con trabajo y a costa de sangre. Favoreció el repliegue D. Luis del Corral, que gobernaba los jinetes, quien se portó con tino y denodadamente; también sobresalió allí por su serenidad y brío Don Pedro Téllez Girón, príncipe de Anglona, deteniendo a los franceses en el paso del Guadalete, ayudado de algunas tropas y en especial del regimiento asturiano de Infiesto. Recordarse no menos debe el esclarecido porte de Don Rafael Cevallos Escalera, ya mencionado honrosamente en otros lugares, quien, mandando el batallón de granaderos del general, aunque herido en un muslo, siempre al frente de su cuerpo, menguado con bastantes pérdidas, avanzó de nuevo, recobró por sí mismo una pieza de artillería, sostúvola, y cuando vio cargaban muchos enemigos sobre el reducido número de su gente, no queriendo perder el cañón cogido, asiose a una de las ruedas de la cureña y defendiole gallardamente hasta que cayó tendido de un balazo junto a su trofeo. Las Cortes tributaron justos elogios a la memoria de Cevallos, y dispensaron premios a su afligida familia. No prosiguieron los enemigos el alcance, siendo considerable su pérdida, mas la nuestra ascendió a 1500 hombres, muchos en verdad extraviados.
Seguro, entre tanto, Wellington de que los españoles, a pesar de infortunios y descalabros, distraerían a Soult por el mediodía, y de que, avituallado Badajoz y guarnecida la Extremadura con el cuerpo del general Hill y el quinto ejército, quedaría toda aquella provincia bastantemente cubierta, resolviose a marchar adelante por Castilla, y abrir una campaña importante, y tal vez decisiva. Animábale mucho lo que ocurría en el norte de Europa y los sucesos que de allí se anunciaban.
Guerra
entre Napoleón
y la Rusia.
Conforme a lo que en el año pasado había indicado en Cádiz Don Francisco de Cea Bermúdez, disponíase la Rusia a sustentar guerra a muerte contra Napoleón. El desasosiego de este, su desapoderada ambición, el anhelo por dominar a su antojo la Europa toda, eran la verdadera y fundamental causa de las desavenencias suscitadas entre las cortes de París y San Petersburgo. Mas los pretextos que Napoleón alegaba nacían: 1.º, de un ukase del emperador de Rusia de 31 de diciembre de 1810, que destruía en parte el sistema continental adoptado por la Francia en perjuicio del comercio marítimo; 2.º, una protesta de Alejandro contra la reunión que Bonaparte había resuelto del ducado de Oldemburgo; y 3.º, los armamentos de Rusia. Figurábase el emperador francés que una batalla ganada en las márgenes del Niemen amansaría aquella potencia y le daría a él lugar para redondear sus planes respecto de la Polonia y de la Alemania, y continuar sin obstáculo en adoptar otros nuevos, siguiendo una carrera que no tenía ya otros límites que los de su propia ruina. Pero el emperador Alejandro, amaestrado con la experiencia, y trayendo siempre a la memoria el ejemplo de España, en donde la guerra se prolongaba indefinidamente convertida en nacional, y en donde Wellington iba consumiendo con su prudencia las mejores tropas de Napoleón, no pensaba aventurar en una acción sola la suerte y el honor de la Rusia.