Lisonjeábanse los emisarios de José de alcanzar más pronto sus fines por medio de la nueva regencia, en especial al llegar en junio a presidirla, de Inglaterra, el duque del Infantado. No porque este prócer se doblase a transigir con el enemigo, ni menos quisiera faltar a lo que debía a la independencia de su patria, sino porque, distraído y flojo, daba lugar a que se formasen en su derredor tramoyas y conjuras. Igualmente esperaban los mismos emisarios sorprender la buena fe de cierto ministro, y sobre todo contaban con el favor de otro, quien, travieso y codicioso de dinero y honores, no se mostraba hosco a la causa del intruso José. Omitiremos estampar aquí el nombre por carecer de pruebas materiales que afiancen nuestro aserto, ya que no de muchas morales.
Lo cierto es que en la primavera y entradas de verano se duplicaron los manejos, las idas y venidas, en disposición de que el canónigo Peña, ya mencionado en otro libro, consiguió pasar a Galicia con el título de vicario de aquel ejército, resultando de aquí que él y los demás emisarios de José, anunciasen a este, como si fuera a nombre del gobierno de Cádiz, el principio de una negociación, y la propuesta de nombrar por ambas partes comisionados que se avocasen, y tratasen de la materia siempre que se guardara el mayor sigilo. Debían verificarse las vistas de dichos comisionados en las fronteras de Portugal y Castilla, obligándose José a establecer un gobierno representativo fundado sobre bases consentidas recíprocamente, o bien a aceptar la Constitución promulgada en Cádiz con las modificaciones y mejoras que se creyesen necesarias.
Ignoraban las Cortes semejante negociación, o, por mejor decir, embrollo, y podemos aseverar que también lo ignoraba la regencia en cuerpo. Todo procedía de donde hemos indicado, de cierta dama amiga del duque del Infantado, y de alguno que otro sujeto muy revolvedor. Quizá había también entre las personas que tal trataban, hombres de buena fe que, no creyendo ya posible resistir a los franceses, y obrando con buena intención, querían proporcionar a España el mejor partido en tamaño aprieto. No faltaban asimismo quienes viviendo de las larguezas de Madrid, a fin de que estas durasen, abultaban y encarecían más allá de la realidad las promesas que se les hicieran.
Tantas en efecto fueron las que a José le anunciaron sus emisarios, que hasta le ofrecieron granjear la voluntad de alguno de nuestros generales. A este propósito, y al de avistarse con los comisionados que se esperaban de Cádiz, nombró José por su parte otros; entre ellos a un abogado de apellido Pardo Desvanécense. que, si bien llegó a salir de Madrid, tuvo a poco que pararse y desandar su camino, noticioso en Valladolid de la batalla de Salamanca. Suceso que deshizo y desbarató como de un soplo tales enredos y maquinaciones.
Aserción falsa
del memorial
de Santa Elena.
Preséntanse siempre muy oscuros semejantes negocios, y dificultoso es ponerlos en claro. Por eso nos hemos abstenido de narrar otros hechos que se nos han comunicado, refiriendo solo y con tiento los que tenemos por seguros. Basta ya lo que hubo para que escritores franceses hayan asegurado que las Cortes se metieron en tratos con José; (* Ap. n. [19-4].) e igualmente para que en el Memorial de Santa Elena ponga Mr. de Las Cases en boca de Napoleón [*] «que las Cortes [por el tiempo en que vamos] negociaban en secreto con los franceses.» Aserción falsísima y calumniosa: pues, repetimos, y nunca nos cansaremos de repetir lo ya dicho en otro libro, que para todo tenían poder y facultades las Cortes y el gobierno de Cádiz menos para transigir y componerse con el rey intruso: por cuya imprudencia, que justamente se hubiera tachado luego de traición, hubiérales impuesto la furia española un ejemplar y merecido castigo.
Proyecto de José
de convocar
Cortes.
Ni José mismo tuvo nunca gran confianza, al parecer, en la buena salida de tales negociaciones, pues pensaba por sí juntar Cortes en Madrid, siguiendo el consejo del ministro Azanza que le decía ser ese el medio de levantar altar contra altar. Ya antes había nombrado José una comisión que se ocupase en el modo y forma de convocar las Cortes, y ahora se provocaron por su gobierno súplicas para lo mismo. Así fue que el ayuntamiento de Madrid en 7 de mayo, y una diputación de Valencia en 19 de julio, pidieron solemnemente el llamamiento de aquel cuerpo. Contestó José a los individuos de la última, «que los deseos que expresaban de la reunión de Cortes eran los de la mayoría inmensa de la nación, y los de la parte instruida, y que S. M. los tomaría en consideración para ocuparse seriamente de ellos en un momento oportuno.» Añadió: «que estas Cortes serían más numerosas que cuantas se habían celebrado en España...» Los acontecimientos militares, el temor a Napoleón, que hasta en sus mayores apuros repugnaba la congregación de cuerpos populares, y también los obstáculos que ofrecían los pueblos para nombrar representantes llamados por el gobierno intruso, estorbaron la realización de semejantes Cortes, y aun su convocatoria.
Escasez
y hambre,
sobre todo
en Madrid.
De todas maneras inútiles e infructuosos parecían cuantos planes y beneficios se ideasen por un gobierno que no podía sostenerse sin puntal extranjero. Entre las plagas que ahora afligían a la nación, y que eran consecuencia de la guerra y devastación francesa, aparecían entre las más terribles la escasez y su compañera el hambre. Apuntamos cómo principió en el año pasado. En este llegó a su colmo, especialmente en Madrid, donde costaba en primeros de marzo el pan de dos libras a 8 y 9 reales, ascendiendo en seguida a 12 y 13. Hubo ocasión en que se pagaba la fanega de trigo a 530 y 540 reales; encareciéndose los demás víveres en proporción y yendo la penuria a tan grande aumento que aun los tronchos de berzas y otros desperdicios tomaron valor en los cambios y permutas, y se buscaban con ansia. La miseria se mostraba por calles y plazas, y se mostraba espantosa. Hormigueaban los pobres, en cuyos rostros representábase la muerte, acabando muchos por expirar desfallecidos y ahilados. Mujeres, religiosos, magistrados, personas antes en altos empleos, mendigaban por todas partes el indispensable sustento. La mortandad subió por manera que desde el septiembre de 1811 que comenzó el hambre hasta el julio inmediato, sepultáronse en Madrid unos 20.000 cadáveres; estrago tanto más asombroso cuanto la población había menguado con la emigración y las desdichas. La policía atemorizábase de cualquier reunión que hubiese, y puso 200 ducados de multa a los dueños de tiendas si permitían que delante se detuviesen las gentes, según es costumbre en Madrid, particularmente en la Puerta del Sol. Presentaba en consecuencia la capital cuadro asqueroso, triste y horrendo, que partía el corazón. Deformábanla hasta los mismos derribos de casas y edificios, que, si bien se ordenaban para hermosear ciertos barrios, como nunca se cumplían los planes quedaban solo las ruinas y el desamparo.