Providencias
desastrosas.
No era factible al gobierno de José reparar ahora tan profundos males, ni tampoco aquietar el desasosiego que asomaba con motivo de buscar alimento. La escasez provenía de malas cosechas anteriores, de los destrozos de la guerra y sus resultas, de muchas medidas administrativas, poco cuerdas y casi siempre arbitrarias. Hablamos de las providencias de monopolio y logrería que tomó el gobierno intruso en el año pasado: las mismas continuaron en este, acopiándose granos para los ejércitos franceses, y encajonando a este fin galleta en Madrid mismo, cuando faltaba a los naturales pan que llevar a la boca. Las contribuciones, en vez de aminorarse, crecían; pues, además de las anteriores ordinarias y extraordinarias, y de una organización y aumento en la del sello, mandó José, antes de finalizar junio, a las seis prefecturas de Madrid, Cuenca, Guadalajara, Toledo, Ciudad Real y Segovia [que era a donde llegaba su verdadero dominio], que sin demora ni excusa aprontasen 570.000 fanegas de trigo, 275.000 de cebada y 73.000.000 de reales en metálico; cuya carga en su totalidad, aun regulando el grano a menos de la mitad del precio corriente, pasaba de 250.000.000 de reales; exacción que hubiera convertido en vasto desierto país tan devastado, pero que no se realizó por los sucesos que sobrevinieron, (* Ap. n. [19-5].) y porque, según hermosamente dice el rey Don Alonso:[*] «lo que es además no puede durar.»
Escasez
en las provincias.
En las provincias sometidas a los franceses, sobre todo en las centrales, la carestía y miseria corría parejas con la de Madrid. Casi a lo mismo que en esta capital valía el grano en Castilla la Vieja. En Aragón andaba la fanega de trigo a 450 reales, y no quedó en zaga en las Andalucías, si a veces no excedió. Hubo que custodiar en la ciudad de Sevilla las casas de los panaderos; y en aquel reino ya antes había mandado Soult que se hiciesen las siembras, como también aconteció en otras partes; porque al cultivador faltábale para ejecutar las labores semilla o ánimo, privado a cada paso del fruto de su sudor. Más adelante haremos mención, según se vayan desocupando las provincias, y según esté a nuestro alcance, de las contribuciones que los pueblos pagaron, de las derramas que padecieron. Cúmulo de males todos ellos que asolaban las provincias ocupadas, y las transformaban en cadáveres descarnados.
Abundancia
y alegría
en Cádiz.
¡Cuán otro semblante ofrecía Cádiz, a pesar del sitio y de los proyectiles que caían! Gozábase allí de libertad, reinaba la alegría, arribaban a su puerto mercaderías de ambos mundos, abastábanle víveres de todas clases, hasta de los más regalados; de suerte que ni la nieve faltaba, traída por mar de montañas distantes, para hacer sorbetes y aguas heladas. Sucedíanse sin interrupción las fiestas y diversiones, y no se suspendieron ni los toros ni las comedias; construyéndose al intento del lado del mar una nueva plaza de toros, y un teatro fuera del alcance de las bombas, para que se entregasen los habitantes con entero sosiego al entretenimiento y holganza.
Tareas
de las Cortes.
Allí las Cortes prosiguieron atareadas con aplauso muy universal. Organizar conforme a la Constitución las corporaciones supremas del reino, no menos que la potestad judicial y el gobierno económico de los pueblos, con los ramos dependientes de troncos tan principales, fue lo que llamó en estos meses la atención primera. Expidiéronse pues reglamentos individualizados y extensos para el consejo de Estado y tribunal supremo de justicia. Los recibieron también los tribunales especiales de guerra y marina, de hacienda y de órdenes, conocidos antes bajo el nombre de consejos; los cuales quedaron en pie, o por ser necesarios a la buena administración del estado, o por no haberse aún admitido ciertas reformas que se requería precediesen a su entera o parcial abolición. Las audiencias, los juzgados de primera instancia y sus dependencias se ordenaron y fueron planteando bajo una nueva forma. En el ramo económico y gobernación de los pueblos se deslindaron por menor las facultades que le competían, y se dieron reglas a las diputaciones y ayuntamientos. Faena enredosa y larga en una monarquía tan vasta que abrazaba entonces ambos hemisferios, de situación y climas tan lejanos, de prácticas y costumbres tan diferentes.
Libertad
de la imprenta
y sus abusos.
Abusos de la libertad de imprenta dieron ocasión a disgustos y altercados, y acabaron por excitar vivos debates sobre restablecer o no la Inquisición. A tanto llegó por una parte el desliz de ciertos escritores, y a tanto por otra la ceguedad de hombres fanáticos o apasionados. Se publicaban en Cádiz, sin contar los de las provincias, periódicos que salían a luz todos los días, o con intervalos más o menos largos. Pocos había que conservasen el justo medio, y no se sintiesen del partido a que pertenecían. Entre los que sustentaban las doctrinas liberales distinguíanse el Semanario patriótico, que apareció de nuevo después de juntas las Cortes, el Conciso, el Redactor de Cádiz, el Tribuno y otros varios. Publicaba uno el estado mayor general, moderado y circunscrito comúnmente al ramo de su incumbencia. Se imprimía otro bajo el nombre del Robespierre, cuyo título basta por sí solo para denotar lo exagerado y violento de sus opiniones. En contraposición, daban a la prensa y circulaban los del bando adverso periódicos no menos furiosos y desaforados. Tales eran el Diario mercantil, el Censor y el Procurador de la Nación y del Rey, que se publicó más tarde, y superó a todos en iracundos arranques y en personalidades. Otros papeles sueltos, o que formaban parte de un cuerpo de obra, salían a luz de cuando en cuando, como las Cartas del Filósofo rancio, sustentáculo de las doctrinas que indicaba su título; el Tomista en las Cortes, producción notable concebida en sentir opuesto; y la Inquisición sin máscara, cuyo autor, enemigo de aquel establecimiento, le impugnaba despojándole de todo disfraz o velo, con copia de argumentos y citas escogidas. Semejantes escritos u opúsculos arrojaban de sí mucha claridad y difundían bastantes conocimientos, mas no sin suscitar a veces reyertas que encancerasen los ánimos. Males inseparables de la libertad, sobre todo en un principio, pero preferibles por el desarrollo e impulso que imprimen, al encogimiento y aniquilación de la servidumbre.