En aquella sazón, no obstante lo resuelto, tropezose para llevar a efecto la providencia de las Cortes con los mismos obstáculos que en tiempo de la Junta central; y se nombró para removerlos y tratar a fondo el asunto una comisión, compuesta de los señores obispo de Mallorca, Muñoz Torrero, Valiente, Gutiérrez de la Huerta y Pérez de la Puebla. Creíase entonces que estos señores por la mayor parte se desviarían de restablecer la Inquisición. No cabía duda en ello respecto del señor Muñoz Torrero, y también se contaba como de seguro con el obispo de Mallorca, quien, si no docto a la manera del anterior diputado, no por eso carecía de conocimientos, manifestando además celo por la conservación de los derechos del episcopado, usurpados por la Inquisición. A los señores Valiente y Gutiérrez de la Huerta los reputaban muchos en aquel tiempo por hombres despreocupados y entendidos, y de consiguiente adversarios de dicho tribunal. No así se pensaba del señor Pérez, que fue siempre muy secuaz suyo.
Llegado en fin el momento de que la comisión evacuase su informe, opinó la mayoría, por convicción, por recelo o por personal resentimiento, que se dejasen expeditas las facultades de la Inquisición, y que dicho tribunal se pusiese desde luego en ejercicio. Hízose este acuerdo en julio de 1811. Mas como la cuestión se había ido ilustrando entre tanto y tomado revuelo la oposición al Santo Oficio, empozose por mucho tiempo lo resuelto en la comisión. Agacháronse, por decirlo así, los promovedores, aguardando ocasión oportuna; y presentósela, según queda dicho, el libro de Don Bartolomé Gallardo, y no la desaprovecharon.
Sesión importante
para restablecer
la Inquisición.
Y ahora siguiendo de nuevo el curso de la narración suspendida arriba, referiremos que en aquel día 22 de abril el ya citado Don Francisco Riesco, doliéndose amargamente de lo postergado que se dejaba el negocio de la Inquisición, pidió se diese sin tardanza cuenta del expediente que presumía despachado por la comisión. En efecto, acababan de recibirlo los secretarios; y tanta priesa corría la aprobación del informe dado, que ni siquiera permitían los partidarios de la Inquisición que se registrase, según era costumbre. Diligente conato que les dañó en vez de favorecerlos.
Dañáronles también ciertas precauciones que habían tomado, pues se figuraron que no les bastaba contar con la mayoría en las Cortes, sino se escudaban con el público de las galerías. Así fue que muy de madrugada las llenaron de ahijados suyos, con tan poco disimulo que entre los concurrentes se divisaban muchos frailes, cuya presencia no se advertía en las demás ocasiones. Pensamiento muy desacordado, además de anárquico, porque daban así armas al bando liberal que no pecaba de tímido, y volvían contra ellos las mismas de que se habían valido en sus reclamaciones contra los susurros, y alguna vez desmanes de los asistentes a las sesiones.
La del 22 de abril amaneció muy sombría, pues el triunfo de la Inquisición socavaba por sus cimientos las novedades adoptadas, y pronosticaba persecuciones con la completa ruina además del partido reformador. Por lo tanto, decidiose este a echar el resto y aventurarlo todo antes de permitir su total destrucción; mas trató primero de maniobrar con destreza para evitar estruendos; lo cual consiguió bien y cumplidamente.
Entablado asunto tan grave, diose principio a los debates por leer el dictamen de la comisión, que llevaba la fecha atrasada del 30 de octubre de 1811, y le había extendido el señor Valiente estando ya en el navío Asia. Indicamos en su lugar, cuando la desgracia ocurrida a dicho diputado en 26 de octubre, que más adelante referiríamos en qué se había ocupado luego que se halló a bordo de aquel buque. Pues esta fue su tarea, a nuestro entender no muy digna, en especial siendo el señor Valiente de ideas muy contrarias, y llevando su opinión visos de venganza por el ultraje padecido.
Reducíase el dictamen de la comisión, según apuntamos antes, a reponer en el ejercicio de sus funciones al consejo de la suprema Inquisición, añadiendo solo ciertas limitaciones relativas a los negocios políticos y censura de obras de la misma clase. No firmó el dictamen, como era natural, el señor Muñoz Torrero, ni tampoco puso su voto por separado: pendió de falta de tiempo. «La víspera por la tarde [dijo] habíanle llamado los señores de la comisión que estaban presentes; y convenídose, a pesar de las reflexiones que les hizo, en adoptar el dictamen extendido por el señor Valiente sin variación alguna.» No negó en su contestación el señor Gutiérrez de la Huerta la verdad de lo alegado por el señor Muñoz Torrero; mas conceptuaba ser el asunto demasiadamente obvio para sobreseer en su discusión por tiempo indeterminado.
Prosiguiendo el debate se encendieron más y más los ánimos, a punto que las galerías, compuestas al principio de los espectadores que hemos dicho, se desmandaron y tomaron parte en favor de los defensores de la Inquisición; y acordámonos haber visto algunos frailes desatarse en murmullos y palmoteos sin cordura, y olvidados del hábito que los cubría. No se arredraron los liberales; antes bien les sirvió de mucho un celo tan indiscreto.
Se esquiva el
restablecimiento
de la Inquisición.