Sexto ejército
español. Bloquea
varios puntos.

Igualmente favoreció los movimientos de lord Wellington el sexto ejército español, compuesto en su totalidad de 15.300 hombres, entre ellos unos 600 de caballería. Se adelantó en parte desde el Bierzo aquende los montes, y bloqueó los puntos de Astorga, Toro y Tordesillas. Toma
el de Tordesillas. En este pueblo abrigábanse fortificados en la iglesia 250 hombres, que se entregaron el 5 de agosto al brigadier Don Federico Castañón. Se metió al propio tiempo en España, con la milicia portuguesa de Tras-os-Montes, el conde de Amarante, y coadyuvó al plan general de los aliados cercando a Zamora.

No hizo en Valladolid larga parada lord Wellington, queriendo impedir la unión que se anunciaba del ejército enemigo de Portugal hacia la parte superior del Duero, con el otro que mandaba José. Por eso dejando al cuidado de su centro e izquierda el perseguimiento de Clauzel, movió el general inglés su derecha a lo largo del Cega, y sentó sus reales en Cuéllar el 1.º de agosto; día en que el rey intruso, desistiendo de todo otro intento, abandonó a Segovia pensando solo en recogerse a Madrid. No dudó sin embargo Wellington en proseguir inquietándole, porque, persuadido de que el ejército francés de Portugal, maltratado ahora, no podría en algún tiempo empeñarse en nuevas empresas, resolvió estrechar a José y forzarle a evacuar la capital del reino, cuya ocupación por las armas aliadas resonaría en Europa y tendría venturosas resultas.

Revuelve
Wellington
contra José.

Con este propósito levantó lord Wellington sus cuarteles de Cuéllar el 6 de agosto y, atravesando por Segovia, llegó a San Ildefonso el 8, en donde hizo alto un día para aguardar a que cruzase su ejército las sierras de Guadarrama. Había dejado en el Duero, al salir de Cuéllar, la división del general Clinton y la brigada de caballería del general Anson, a fin de observar aquella línea. El grueso de su ejército, viniendo la vuelta de Castilla la Nueva, pasó sin tropiezo alguno en los días 9, 10 y 11 los puertos de Guadarrama y Navacerrada. El general d’Urban, que precedía a todos con un cuerpo de caballería portuguesa y alemana, y tropas ligeras, Reencuentro
de Majadahonda. tropezó con 2000 jinetes enemigos, que, si bien al principio hicieron ademán de retirarse, tornaron en busca de los aliados, a quienes hallaron enfrente de Majadahonda. Ordenó d’Urban el ataque, mas los portugueses aflojaron, dejando en poder del enemigo 3 cañones y al vizconde de Barbacena, que se portó briosamente. Los alemanes, que estaban formados detrás del mismo pueblo de Majadahonda, sirvieron de amparo a los fugitivos y contuvieron a los franceses. Perdieron los aliados 200 infantes y 120 caballos en este reencuentro.

Retírase José
de Madrid.

Antes, y desde que se susurró entre los parciales del gobierno intruso el progreso de los ingleses y su descenso por las sierras de Guadarrama, trataron todos de poner en salvo sus personas y sus intereses. Cualesquiera precauciones no eran sobradas: los partidarios, que en todos tiempos batían sin cesar los caminos y sitios cercanos a la capital, habían acrecido ahora su audacia y apenas consentían que impunemente ningún francés suelto ni aficionado suyo asomase por fuera de sus cercas.

En momento tan crítico renovose, hasta cierto punto, el caso del día de Santa Ana en el año de 1809. Azorados los comprometidos con el gobierno intruso, acongojábanse, y previendo un porvenir desventurado, enfardelaban y se disponían a ausentarse. Los que les eran opuestos corrían alborozados las calles y se agolpaban a las puertas por donde presumían entrasen los que miraban como libertadores. Llegó el 11 de agosto y José salió de Madrid con parte de su ejército, encaminándose al Tajo; hicieron lo mismo en la mañana del día siguiente, aún temprano, las fuerzas que quedaban dentro y demás allegados, dejando tan solo en el Retiro una guarnición de 2000 hombres con el especial objeto de custodiar a los enfermos y heridos.

Entran
los aliados
en la capital.

Dadas las diez, y echadas las campanas a vuelo, empezaron poco después a pisar el suelo de la capital los aliados y varios jefes de guerrilla, señaladamente entre ellos Don Juan Martín el Empecinado y Don Juan Palarea. No tardó en presentarse por la puerta de San Vicente lord Wellington, a quien salió a recibir el ayuntamiento formado de nuevo, y le llevó a la casa de la villa, en donde, asomándose al balcón acompañado del Empecinado, fue saludado por la muchedumbre con grandes aclamaciones. Se le hospedó en Palacio, en alojamiento correspondiente y suntuoso. Las tropas todas entraron en la capital en medio de muchos vivas, habiéndose colgado y adornado las casas como por encanto. Obsequiaron los moradores a los nuestros y a los aliados con esmero y hasta el punto que lo consentían las estrecheces y la miseria a que se veían reducidos. Las aclamaciones no cesaron en muchos días, y abrazábanse los vecinos unos a otros, gozándose casi todos no menos en el contentamiento ajeno que en el propio.