Publícase
y júrase
la Constitución.
Recayó el nombramiento de gobernador de Madrid en Don Carlos de España; y el 13, por orden de lord Wellington, conforme a lo dispuesto por la Regencia del reino, se proclamó la Constitución formada por las Cortes generales y extraordinarias. Presidieron el acto Don Carlos de España y Don Miguel de Álava. El concurso, numerosísimo; los aplausos, universales. Se prestó el juramento el 14, por parroquias, según lo prevenido en decreto de 18 de marzo del año en que vamos. Los vecinos acudieron con celo vivísimo a cumplir con este deber, pronunciando dicho juramento en voz alta, y apresurándose espontáneamente muchos a responder aun antes que les llegase su turno; considerando en este acto no solo la Constitución en sí misma sino también, y más particularmente, creyendo dar en él una prueba de adhesión a la causa de la patria y de su independencia. Don Carlos de España y Don Miguel de Álava prestaron el juramento en la parroquia de Santa María de la Almudena. Llamó el primero la atención de los asistentes por los extremos que hizo, y palabras que pronunció en apoyo de la nueva ley fundamental, que según manifestó, quería defender aun a costa de la última gota de su sangre.
Wellington ataca
el Retiro.
A pesar de tales muestras de confianza y júbilo no se aquietaba Wellington hasta posesionarse del Retiro, y por tanto le cercó y le empezó a embestir a las seis de la tarde del 13. Habían establecido allí los franceses tres recintos. El primero, o exterior, le componían el palacio, el museo y las tapias del mismo jardín con algunas flechas avanzadas para flanquear los aproches. Formaba el segundo una línea de nueve frentes construidos a manera de obras de campaña, con un revellín además, y una media luna. Reducíase el tercero a una estrella de ocho puntas o ángulos que ceñía la casa llamada de la China, por ser antes fábrica de este artefacto.
El Retiro, morada antes de placer de algunos reyes austriacos, especialmente de Felipe IV, que se solazaba allí componiendo de repente obras dramáticas con Calderón y otros ingenios de su tiempo, y también de Fernando VI y de su esposa Doña Bárbara, muy dada a oír en su espléndido y ostentoso teatro los dulces acentos de cantores italianos; este sitio, recuerdo de tan amenas y pacíficas ocupaciones, habiendo cambiado ahora de semblante y llenádose de aparato bélico, no experimentó semejante transformación sin gran detrimento y menoscabo de las reliquias de bellas artes que aún sobrevivían, y la experimentó bien inútilmente, si hubo el propósito de que allí se hiciese defensa algo duradera.
Le toma.
Porque en la misma tarde del 13 que fue acometida la fortaleza, arrojó el general Pakenham los puestos enemigos del Prado y de todo el recinto exterior, penetrando en el Retiro por las tapias que caen al jardín botánico, y por las que dan enfrente de la plaza de toros, junto a la puerta de Alcalá. Y en la mañana del 14, al ir a atacar el mismo general el segundo recinto, se rindió a partido el gobernador, que lo era el coronel Lefond. Tan corta fue la resistencia, bien que no permitía otra cosa la naturaleza de las obras, suficientes para libertar aquel paraje de un rebate de guerrillas, pero no para sostener un asedio formal. Concediéronse a los prisioneros los honores de la guerra, y quedaron en poder de los aliados, contando también empleados y enfermos, 2506 hombres. Además 189 piezas de artillería, 2000 fusiles, y almacenes considerables de municiones de boca y guerra.
Proclama
del general Álava.
Para calmar los ánimos de los comprometidos con José, residentes todavía en Madrid, y atraer a nuestras banderas a los alistados en su servicio, o sea jurados, como los apellidaban, dio el general Álava una proclama concebida en términos conciliadores. Su publicación produjo buen efecto, y tal, que en pocas horas se presentaron a las autoridades legítimas más de 800 soldados y oficiales. Sin embargo, las pasiones que reinaban, y sobre todo la enemistad y el encono contra la parcialidad de José de los que antes se consideraban oprimidos bajo su yugo, fueron causa de que se motejase de lene y aun de impolítica la conducta del general Álava. Achaque común en semejantes crisis, en donde tienen poca cabida las decisiones de la fría razón, y sí mucho séquito las que sugieren propias ofensas, o irritantes y recientes memorias. Subieron las quejas hasta las Cortes mismas, y costó bastante a los que solo apetecían indulgencia y concordia evitar que se desaprobase el acertado y tolerante proceder de aquel general.
Reprehensible
porte
de Don Carlos
de España.