En los primeros días de septiembre había tomado el mando del segundo y tercer ejército, como sucesor de Don José O’Donnell, el general Don Francisco Javier Elío, de vuelta a España del mando que vimos se le había dado en el Río de la Plata. Aunque su llegada no influyese notablemente en mejorar las operaciones de aquel distrito, no dejaron por eso de realizarse con ventaja algunas excursiones, sobre todo las ya indicadas de la Mancha Excursiones
suyas
en la Mancha. que capitaneó el mismo Elío, en donde se recobró el 22 de septiembre el castillo de Consuegra, que tenía 290 hombres de guarnición, después de siete días de resistencia esforzada. Suceso este con otros parecidos que molestaban al francés, no parando sin embargo en ellos su principal consideración, fija en los acontecimientos más generales de los ejércitos aliados de Castilla; por los que, vislumbrando el mariscal Suchet los peligros a que se hallaría expuesto más adelante, redobló su cuidado ya tan vivo, fortificando varios pasos y avituallando y mejorando las plazas fuertes. Ni desatendió la ciudad misma de Valencia, Medidas
de precaución
de Suchet. en donde, entre otros preparativos y defensas, dispuso aislar el edificio de la aduana, vasto y sólido, derribando una iglesia que le dominaba, y colocando además unos morteros que infundiesen respeto en la población, caso de que intentara desmandarse. Llevaba Suchet la mira, al tomar estas providencias, no solo de repeler cualquier ataque del ejército aliado y de enfrenar a los habitadores, sino también la de conservar ciertos puntos que le ofreciesen mayor comodidad de reconquistar la provincia, si las vicisitudes de la guerra le obligasen a evacuarla momentáneamente.
Sucesos
de Aragón.
No fueron por este tiempo de mayor entidad comparadas con las de ambas Castillas y Andalucía, las ocurrencias de las otras provincias del mando del mariscal Suchet, como lo eran Aragón y Cataluña. Incesantes peleas, reencuentros, sorpresas difíciles de relatar, si bien inquietadoras para el enemigo, fueron el entretenimiento afanoso y bélico de aquellas comarcas. Y la Regencia deseosa de darle impulso, multiplicando focos de resistencia, nombró comandante general de Aragón a Don Pedro Sarsfield, a cuyo reino pasó este desde Cataluña acompañado de algunos cuadros del ejército bien aguerridos y disciplinados. En su primera incursión avanzó Sarsfield a Barbastro, entró en la ciudad el 28 de septiembre, y se hizo dueño de los muchos repuestos que había acopiado allí el enemigo. En los otros meses hasta fin del año este jefe, Mina y otros partidarios desasosegaron mucho al enemigo por la izquierda del Ebro, y por la derecha Gayán, Villacampa, y en ocasiones Durán, el Empecinado y diversos caudillos no cesaron de maniobrar poniendo en aprieto en diciembre a los que guarnecían el castillo de Daroca, y en mucho riesgo de perderse al general Severoli al frente de una columna bastante considerable. Zaragoza misma, en donde continuaba mandando el general Paris, estuvo a punto más de una vez de caer en manos de los españoles.
Sucesos
en Cataluña.
En Cataluña procuraba Don Luis Lacy que no se abatiese el valor de los habitantes, dando pábulo al ardimiento común en cuanto lo consentían sus recursos, cada día más limitados con la pérdida de las plazas fuertes y principales puertos, y no teniendo apenas otro abrigo ni apoyo más que el de la lealtad y constancia catalanas.
Eroles, Manso, Miláns y otros jefes sostenían la lucha con el mismo brío que antes; favoreciendo las empresas, siempre que eran del lado de la costa, el comodoro inglés Codrington, que surcaba por aquellos mares e incendió y cogió varios buques surtos en el puerto de Tarragona. Frecuentemente encruelecíase la guerra por ambas partes, sin haber causa fundada que disculpase encarnizamiento tan porfiado. Era, sin embargo, por lo común primer móvil de los rigores más inhumanos el gobernador francés de Lérida Henriod, en otra ocasión citado, a cuyas demasías respondía, y a veces con sobras, Don Luis Lacy. Cierto que inquietaban con razón a los franceses continuadas tramas; mas un leve indicio, una delación infame o una mera cavilación bastaban a menudo para sumir en calabozos y aun para llevar al cadalso a respetables ciudadanos. Nos inclinamos a contar en las de este número una conspiración preconizada por el general Decaen, que dio lugar a la prisión del comerciante de Barcelona Don José Baigés y de otros 22 individuos. Imputábaseles el crimen de querer envenenar la guarnición entera de aquella plaza: atrocidad que a ser cierta hubiera merecido un ejemplar castigo; pero a la cual no dio crédito Don Luis Lacy, y la conceptuó invención de la malevolencia, o traza buscada de intento para deshacerse de los que por su patriotismo y arrojo causaban sombra a los invasores y sus secuaces: razón que le impelió a publicar con toda solemnidad un decreto mandando tratar con la misma severidad con que fuesen tratados los últimamente perseguidos en Barcelona a otro igual número de prisioneros franceses. La amenaza impidió se verificasen posteriores procedimientos por ambas partes; y duélenos ver empleados a guerreros ilustres en retos tan carniceros e impropios de la noble profesión de las armas.
Situación de
Lord Wellington
en Castilla
la Vieja.
Páginas más gloriosas, si bien deslustradas alguna vez, va ahora a desdoblar la historia, refiriendo las campañas sucesivas de lord Wellington, importantes y de pujanza para acabar de afianzar la libertad española. Recordará el lector que anunciamos en otro lugar haber salido aquel caudillo de Madrid el 1.º de septiembre con dirección a Arévalo, en donde había mandado reunir sus principales fuerzas. Le acompañaron en sus marchas las divisiones de su ejército primera, quinta, sexta y séptima, quedando en Madrid y sus cercanías la tercera con la ligera y cuarta.
Avanza a Burgos.
Al aproximarse los anglo-portugueses evacuaron los enemigos a Valladolid, cuya ciudad habían ocupado de nuevo, entrando Clauzel en Burgos, ya de retirada, el 17 del propio septiembre. No continuó este mandando su gente largo tiempo, pues reuniéndosele luego que salió de Burgos el general Souham con 9000 infantes del ejército del Norte, se encargó al último la dirección en jefe de toda esta fuerza.