Se le reúne
el sexto ejército
español.

Habían proseguido su movimiento las tropas aliadas, y el 16 juntóseles el sexto ejército español entre los pueblos de Villanueva de las Carretas, Pampliega y Villazopeque. Capitaneábalo Don Francisco Javier Castaños, y habíase ocupado mucho en su organización y mejora el general jefe de estado mayor Don Pedro Agustín Girón. Constaba su fuerza de unos 16.000 hombres, según arriba indicamos.

Entran
los aliados
en Burgos.

Pisaron los aliados las calles de Burgos el 18 de septiembre, acogiéndolos el vecindario con las usuales aclamaciones, turbadas un instante por desmanes de algunos guerrilleros que no tardó en reprimir Don Miguel de Álava.

Atacan el castillo.

El 19 procedieron los aliados a embestir el castillo de Burgos, circuido de obras y nuevas fortificaciones. Para ello colocaron una división a la izquierda del Arlanzón, e hicieron que otras dos, con dos brigadas portuguesas, vadeasen este río y se aproximasen a los fuertes, arrojando a los enemigos de unas flechas avanzadas. Situose en el camino real lo demás del ejército para cubrir el ataque.

En la antigüedad era este castillo robusto, majestuoso, casi inaccesible; y fortaleciole en gran manera Don Enrique II, el de las mercedes, arruinándose los muros notablemente en la resistencia empeñada que, dentro de él y contra los Reyes Católicos, hizo la bandería que llevaba el nombre del rey de Portugal. Mandole, no obstante, reedificar la reina Doña Isabel, y todavía se mantenía en pie cuando por los años de 1736 un cohete tirado de la ciudad en una fiesta le prendió fuego, sin que nadie se moviese a apagar las llamas, cuya voracidad duró algunos días. Domina el castillo los puntos y cerros que se elevan en su derredor, excepto el de San Miguel, del que le divide una profunda quebrada, y en cuya cima habían construido los franceses un hornabeque muy espacioso. Los antiguos muros del castillo eran bastante sólidos para sostener cañones de grueso calibre, y en una de las principales torres levantaron los franceses una batería acasamatada. Dos líneas de reductos rodeaban la colina, dentro de las cuales quedaba encerrada la iglesia de la Blanca, edificio más bien embarazoso que propio para la defensa. Componíase la guarnición de 2 a 3000 hombres, y la mandaba el general Dubreton.

Fiados los ingleses en su valor y en los defectos que notaron en la construcción de las obras, resolvieron tomarlas por asalto unas tras otras, empezando por el hornabeque de San Miguel, enseñoreador de todas ellas. Consiguieron apoderarse de este recinto en la noche del 19 al 20 de septiembre, si bien a costa de sangre, y con la desventura de no haber podido impedir la escapada furtiva de la guarnición francesa que se acogió al castillo, cuyas murallas pensaron los aliados acometer inmediatamente, casi seguros de coronar luego con sus armas hasta las almenas más elevadas.

Nombran
las Cortes
general en jefe
a Lord
Wellington.

Pero frustrándoseles sus esperanzas, dásenos vagar para que refiramos lo que ocurrió con motivo de una medida tomada por las Cortes en este tiempo, que, aunque motejada de algunos, fue en la nación universalmente aplaudida. Queremos hablar del mando en jefe de los ejércitos españoles conferido a lord Wellington. Vimos en un libro anterior la resistencia de las Cortes en acceder a los deseos de aquel general, que, por el conducto de su hermano Sir Enrique Wellesley, había pedido el mando de las provincias españolas limítrofes de Portugal. Pareció entonces prematuro el paso por la sazón en que se dio, y por no concurrir todavía en la persona del lord Wellington condiciones suficientes que coloreasen la oportunidad de la medida. Mas orlada ahora la frente de aquel caudillo con los laureles de Salamanca, y con los que le proporcionaron las inmediatas y felices resultas de tan venturosa jornada, habían cambiado las circunstancias, juzgando muchos que era llegado el tiempo de poner bajo la mano firme, vigorosa y acreditada de lord Wellington, duque de Ciudad Rodrigo, la dirección de todos los ejércitos españoles; mayormente cuando se hallaba ya a la cabeza de las tropas británicas y portuguesas, convertidas por sus victorias en principal centro de las operaciones activas y regulares de la guerra. Tomó cuerpo el pensamiento que rodaba por la mente de hombres de peso entre varios diputados, aun de aquellos que antes habían esquivado la medida y que siempre se mostraban hoscos a intervenciones extrañas en los asuntos internos. El diputado por Asturias Don Andrés Ángel de la Vega, afecto a estrechar la alianza inglesa, apareció como primer apoyador de la idea, ya por las felices consecuencias que esperaba resultarían para la guerra, ya por estar persuadido de que cualquiera mudanza política en España, intrincada selva de intereses opuestos, necesitaba para ser sólida de un arrimo extraño, no teniéndole dentro; y que este debía buscarse en Inglaterra, cuya amistad no comprometía la independencia nacional, como sucedía entonces con Francia, sujeta a un soberano que no soñaba sino en continuas invasiones y atrevidas conquistas.