Entre los flojos descargos que alegó Don Cristóbal de Góngora en respuesta a las fundadas y vigorosas razones que le presentaron en la sesión indicada los diputados García Herreros y Traver, graduose a primera vista como de alguna fuerza el de que la Regencia se había visto obligada a obrar así por el espectáculo lastimoso que se presentaba en los pueblos de andar los religiosos a bandadas sin encontrar asilo en donde recogerse. Mas, bien examinado este descargo, carecía de fundamento lo mismo que todos los otros, porque si en realidad era tan desgraciada la suerte de los exclaustrados, ¿qué causa impedía auxiliarlos, según estaba prevenido, echando mano de las rentas de los mismos conventos, y bastando las de los ricos con muchas sobras a sufragar, no solo los gastos suyos, sino los de los que se consideraban pobres? ¿No era preferible semejante medio al de permitir se apoderasen de las casas y los bienes, antes de decretar la conveniente reforma? Pues, o esta no se verificaba entonces, y patentes daños resultarían para el estado y aun para la Iglesia; o si después, claro era que mayores obstáculos se ofrecerían, y mayor y más doloroso el sacrificio pedido a los regulares. Y por otra parte, ¿probábase de un modo cierto que la suerte de los exclaustrados fuese tan aciaga y mísera? ¿Imploraban la piedad de los fieles públicamente y de montón durante el dominio de los franceses? No. ¿Osaron aparecer vestidos con el hábito de religioso? Menos aún. Y ¿en qué consistía diferencia tan notable? En que el gobierno de José, vigoroso con el auxilio extranjero, y no protector de aquellas casas, estorbaba se representasen escenas tales de puro escándalo, al paso que la Regencia y sus autoridades las aplaudían y quizá las preparaban, rebuscando pretextos de restablecer sin mesura y tasa las comunidades religiosas. No se diga motivó la vista repentina de tantos frailes en las ciudades y poblaciones evacuadas el que se agolparon a ellas los residentes en las libres, porque pocos y muy contados fueron los que abandonaron su domicilio ordinario: habíanse los más quedado en sus respectivos distritos. Ni durante aquel tiempo se oyó hablar de sus apuros y extremada escasez: todos o los más tuvieron modo de subsistir honesto. Y ¿era imposible ahora lo que entonces no...? ¿Escaseaba de proporción el gobierno legítimo para suministrarles el debido sustento y una decente manutención, dueño de los muchos recursos que en sus manos ponía la suspensión mandada de repoblar semejantes establecimientos? Tampoco pedían eso los vecinos de los países desocupados, ni siquiera pensaban en ello los más. Acordámonos que en los dominados mucho tiempo por el invasor habíanse las gentes desacostumbrado en tan gran manera a ver el hábito religioso, tan venerado antes, que los primeros regulares que se pasearon así vestidos en las poblaciones grandes como Madrid y otras, tuvieron que esconderse para huir de la curiosidad y extrañeza con que los miraba y seguía el vulgo, en particular los muchachos que nacieran o habían crecido durante la ocupación francesa. Por tanto, las peticiones sobre restablecer las comunidades procedieron tan solo de manejos de los ayuntamientos o de algunos interesados, siéndole muy fácil al gobierno patentizar tales amaños para caminar en seguida con paso firme a la reforma prudente de los regulares, y de modo que, cubriendo las justas necesidades de estos, no se viesen desatendidos ni los intereses del estado ni los del culto.

Pero restablecidas ya varias casas, y tomadas por la Regencia otras providencias, ofrecía obstáculos retroceder y desbaratar lo hecho, según querían las comisiones reunidas. Por lo tanto, pidiose a las mismas nuevo dictamen, que dieron en 8 de febrero y aprobaron las Cortes en sesiones sucesivas, promulgándose de resultas un decreto acerca de la materia en 18 del propio mes. Considerósele a este como provisional y sin perjuicio de las medidas generales que en adelante pudieran adoptarse. Las del actual decreto eran en sustancia: 1.º: Permitir la reunión de las comunidades consentidas por la Regencia, con tal que los conventos no estuviesen arruinados, y vedando pedir limosna para reedificarlos. 2.º: Rehusar la conservación o restablecimiento de los que no tuviesen 12 individuos profesos. 3.º: Impedir que hubiese en cada pueblo más de uno del mismo instituto. Y 4.º: Prohibir que se restableciesen más conventos, y se diesen nuevos hábitos hasta la resolución del expediente general.

A pesar de que a algunos parecerán mancas y no bastantes para su objeto tales resoluciones, seguro es que si se hubieran puesto en práctica con tesón, y cumplido a la letra durante sucesivos años el decreto que las comprendía, la reforma del clero regular hubiérase verificado ampliamente y por medios suaves. Pero la mano destruidora del bien que, empuñando en 1814 una aguzada y cortante hoz, la extendió a ciegas y locamente sobre todas las providencias que emanaron de las Cortes, tampoco olvidó esta, y la segó muy por el pie.

Mudanza
de la Regencia
y sus causas.

A otras mudanzas también de entidad dieron origen estas reformas de la Inquisición y los regulares. Debe contarse como la más principal la remoción de la Regencia que gobernaba entonces la monarquía. Casi nunca conforme en sus procedimientos con los deseos de las Cortes, desviose cada vez más y se apartó, si cabe, del todo, luego que Don Juan Pérez Villamil ocupó el puesto que dejó vacante por dimisión voluntaria el conde del Abisbal, lo cual, habiendo ocurrido en septiembre de 1812, coincidió con los importantes acontecimientos que sobrevinieron en la propia sazón. Íbase en ella desembarazando de enemigos nuestro territorio, tocando al gobierno en ocasión tan crítica obrar con el mayor pulso, y bien le era menester cuando de nada menos se trataba que de plantear la administración en todas sus partes, introducir las nuevas leyes, apaciguar las pasiones, recompensar servicios, aliviar padecimientos, echar un velo sobre extravíos y errores, y ganar en fin las voluntades de todos, usando de suavidad con unos y de firmeza con otros. Requeríase para ello maestría suma, el tino de hombres resueltos y probados, que supiesen sobreponerse a las preocupaciones y exageradas demandas de partidos extremos y resentidos. Tres eran estos en los pueblos evacuados: el del rey intruso, el de los opuestos a las reformas, y el de sus amigos y defensores. No muy numeroso el primero, tenía sin embargo raíces, no tanto por afición, cuanto por el temor de que, ahondando en vidas pasadas, se descubriesen compromisos, aun en donde ni siquiera se recelaban: dolencia que acompaña a las disensiones largas y domésticas. Era de todos el segundo partido el más crecido y fuerte, y en el que si bien muchos anhelaban por reformas respecto del gobierno antiguo, no las querían amplias, ni tan allá como las Cortes, desfavoreciendo a estas el que se asemejasen varias de sus mudanzas a otras de José, no permitiendo a veces los intereses individuales y los apasionados afectos de aquellos tiempos distinguir la diferencia que mediaba entre ambas autoridades de tan opuesto origen. Aunque más circunscrito el partido tercero y último (el de los amigos de las reformas) era su influjo grande y su pujanza mucha, abanderizándose generalmente en él la mocedad y los hombres ilustrados, que tenían a las Cortes por apoyo y principal arrimo.

En vez la Regencia de mostrarse desnuda de aficiones, declarose casi abiertamente por los enemigos de las reformas, tirando a incomodar a los comprometidos con José, y desatendiendo indebidamente a los que pertenecían al tercer partido; por lo cual, estribando su política en medidas exclusivas y de intolerancia, adolecieron sus providencias de este achaque y de inclinaciones parciales. El nombramiento de empleados y jueces, asunto difícil siempre y en tales crisis muy arduo, tachose, y en general fundadamente, de desacertado, escogiendo hombres poco discretos que atizaban el fuego en lugar de apagarle, y desunían los ánimos lejos de concordarlos. Nacieron de aquí universales quejas, hijas algunas de males reales, muchas, como acontece, de imaginarios o muy ponderados, a que daban plausible pretexto el desacuerdo y desvaríos de la Regencia, poco cauta en su conducta, y nada cuidadosa de evitar se le atribuyesen las desgracias que procedían de trastornos anteriores, como tampoco de moderar las esperanzas sobrado lisonjeras que se formaban los pueblos con la evacuación enemiga. Cosa en que deben reparar mucho los repúblicos advertidos, porque la muchedumbre irrefleja, propensa en demasía a esperar venturas y a que se cicatricen añejas llagas con solo cambiar de gobierno, enfurécese al verse chasqueada y se desalienta en igual proporción y en contrario sentido de aquello mismo que primero le daba bríos.

Al ruido de las representaciones y lamentos desatentada la Regencia, antes de examinar bien el origen de ellos y de apurar si provenían de determinaciones equivocadas o de desmaño y manejos torcidos de sus empleados, o bien de males inherentes a los tiempos, o si de todo junto, para ir aplicando los convenientes remedios sin espantarse ni inclinar su balanza a uno ni a otro lado; atropellose, y achacando a las trabas que se ponían al gobierno por las nuevas instituciones los desmanes y osadía de muchos y la culpa del desasosiego y daños que aquejaban a los pueblos, pidió a las Cortes se suspendiesen varios artículos de la Constitución. Error grave querer suspender en parte aquella ley apenas planteada, que gozaba de popularidad, y cuyos efectos ventajosos o perjudiciales no podían todavía sentirse.

Sirvió de particular motivo para la demanda una conspiración descubierta, según se contaba, en Sevilla contra las Cortes y la Regencia, habiéndose de resultas formado causa a varios individuos, para cuya prosecución pronta y fácil exigíase a dicho del gobierno la suspensión de ciertos artículos constitucionales, entre los que estaban comprendidos algunos que no pertenecían a la dispensa de formalidades que, en los procesos y en determinados casos, consentía la nueva ley fundamental, sino a otras disposiciones de más sustancia. Las Cortes no accedieron a la demanda de la Regencia por no creer fuese grave la conspiración denunciada, y tener sospechas de que se abultaba su importancia para arrancar de ellas el consentimiento apetecido.

No muy satisfechas ya desde antes del proceder del gobierno, quedáronlo aún menos con este incidente, entibiándose la buena avenencia entre ambas autoridades, y aumentándose la discrepancia, que rayó en aversión de resultas del asunto de los frailes, cuyos trámites y final remate por el propio tiempo hemos referido ya.

En consecuencia, no desperdiciando coyuntura las Cortes de hostigar al gobierno, ofrecióseles una oportuna con motivo de discutirse el dictamen de cierta comisión encargada del examen de memorias presentadas por los secretarios del despacho, en que cada uno daba cuenta del estado de sus respectivos ramos. Aparecieron los ministros durante los debates en mala y desgraciada postura, trayéndolos los diputados a mal traer con preguntas y réplicas. El de la guerra, Don José Carvajal, que vimos desafortunado y de fofo y mermado seso allá en Aragón, fingiose malo por no comparecer, y los de hacienda y estado Don Cristóbal Góngora y Don Pedro Gómez Labrador tampoco representaron lucido papel, escasos de razones y confundiendo o desfigurando los hechos en sus discursos. Como individuo de la comisión díjoles el conde de Toreno, (* Ap. n. [21-28].) entre otras cosas, en la sesión de 7 de febrero:[*]