«El dictamen de la comisión está reducido a dos puntos: examen de las memorias de los secretarios del despacho, acompañado de las reflexiones que han parecido oportunas, y su dictamen particular, deducido del juicio que de ellas ha formado. Las memorias y discursos de los secretarios del despacho fueron provocadas por unas proposiciones del señor Argüelles aprobadas por el Congreso, y pasadas a la Regencia para que contestase a ellas. Cuatro son las proposiciones... La primera se dirigía a averiguar las providencias adoptadas por la Regencia para levantar y organizar ejércitos, particularmente en las provincias de Andalucía, Extremadura y las dos Castillas; la segunda, a las medidas que hubiese tomado para recoger los efectos abandonados por el enemigo; la tercera enderezábase a saber la opinión de la Regencia sobre las causas que habían producido la disminución y deplorable estado del ejército de Galicia; y la cuarta, la confianza que le inspiraban los jefes políticos enviados a las provincias. Quiere decir que tres de las cuatro proposiciones inmediata y directamente hablan de la parte militar, y así es que el secretario del despacho de la Guerra dio un informe más extenso que los demás compañeros suyos. Siento que la indisposición que ha acometido a este señor le impida asistir al Congreso, pues nos podría ilustrar sobre las contradicciones que aparecen en su memoria, deshacer las equivocaciones en que haya incurrido la comisión, y satisfacer a los reparos y réplicas que de nuevo se nos ofrecía hacerle. Reproduciré algunos de los puntos más esenciales, ya para que si se hallan instruidos tengan a bien respondernos los secretarios del despacho que se hallan presentes, ya también para que los diputados con todo acuerdo apoyen o impugnen a la comisión. Con dolor ha encontrado esta, al examinar la parte de guerra, un desorden que no era concebible. No se halla, ni se espere hallar, una organización vasta y perfecta que abrace la distribución de ejércitos, el repartimiento de su fuerza, el número de divisiones de que debiera constar cada uno, la proporción entre las respectivas armas de caballería, infantería y artillería; no la relación indispensable y necesaria entre los gastos de su manutención y los medios con que se contaba; no orden en la parte de hacienda militar; no una táctica uniforme y fija; no, nada de esto; tal vez parecería demasiado; pero ni siquiera se ha pensado en la menor de estas cosas: por lo que resulta de la memoria del secretario del despacho, providencias escasas y descosidas, abandono en su misma ejecución, y una inconexión tan grande entre ellas que solo puede ser hija del descuido más culpable. La comisión se ha hecho cargo de las circunstancias en que la nación se ha visto; ofrecían grandes obstáculos para seguir una misma regla en todas las provincias; pero no cree que impidiesen adoptar en unas un plan fijo, y en otras acomodarlo a las variaciones que dictase su posición. Además, después que la España se ha ido evacuando, ¿qué causas estorbaban el haber meditado un plan general para estas provincias del mediodía? ¿Qué el tener un sistema arreglado en Galicia, provincia extensa y de recursos, y que afortunadamente se halla libre de enemigos hace tanto tiempo?... La falta de medios es la queja más frecuente del secretario del despacho de la guerra para cubrir el desorden que se nota; pero ¿cómo nos podrá persuadir de su verdad cuando el gobierno procura por todos los medios aumentar el número de hombres de los ejércitos, los que, según la memoria de este secretario, han recibido un incremento considerable desde el mes de febrero del año pasado acá? Pues, ¿cómo la Regencia acrecentaría este número, si no fuera porque antes había consultado los medios con que contaba? Y ¿cómo entonces se lamenta de su escasez el secretario del despacho? Una de dos, o este señor se equivoca, o la Regencia procedió ligeramente, cuidándose solo de amontonar hombres que nominalmente, y nada más, reforzasen nuestros ejércitos. La comisión en su informe ha desentrañado bien esta cuestión...»

Omitimos otros pormenores del citado discurso y del rumbo que la discusión llevó, por no apartarnos demasiadamente de nuestro propósito. Pero en ella trazose un cuadro fiel, si bien lóbrego y de tintas muy pardas, del estado administrativo de la nación, de que fueron causa descuidos de la Regencia, los estragos e índole de la guerra, y, antes que todo, el atraso y escasez entre nosotros de conocimientos prácticos de verdadera y bien entendida administración: los cuales se alcanzan tarde aun en los países más cultos, engañados los hombres al estallar de los trastornos políticos con el falso halago de teorías nuevas, en apariencia perfectas, aunque en realidad defectuosas; y llegándose solo a razón poco a poco y después de muchas caídas. Tenían estas que ser mayores y más frecuentes en España, nación rezagada, en donde los ministros, por ilustrados que sean, vagarán errantes todavía durante años, faltos de buena ayuda o circuidos tan pronto de hombres meramente especulativos, tan pronto de empleados antiguos llenos de preocupaciones y añejos estilos; siendo de advertir, además, que los experimentos en semejante materia son casi siempre costosos, y muy contingentes en sus resultas por rozarse en la aplicación con los intereses más esenciales de toda sociedad humana, y hasta con su vida y andar habitual.

Pero la discusión suscitada perjudicó al gobierno en la opinión, y acreciéronse entre él y las Cortes los disgustos y sinsabores, a punto que se creía próximo un rompimiento desagradable y ruidoso. Y no faltó quien sospechase irían las cosas muy allá, suponiendo en la Regencia, o en alguno de sus individuos, la mira siniestra de destruir las Cortes, o de tomar por lo menos providencias violentas con los principales caudillos del partido liberal. Daban para ello pie indiscreciones de amigos de la misma Regencia, artículos amenazadores de periódicos que la defendían, conversaciones livianas de alguno de sus ministros, tanteando el modo de pensar de ciertos jefes de la guarnición; también el acercarse al Puerto de Santa María tropas, bajo pretexto de que se fuera formando el ejército de reserva llamado de Andalucía, y, en fin, la presencia allí del conde del Abisbal, a quien se le consideraba ofendido por su salida de la Regencia, y capaz de meterse en cualquier empeño, por arrojado que fuese, con tal que satisficiese rencorosos enojos; y eso que no se le tachaba aún de veleidoso y mudable, ni con justicia podía comparársele entonces, como quizá después, a aquel Planco, (* Ap. n. [21-29].) de quien los antiguos dijeron que era [*] morbo proditor.

Traía muy alterados los ánimos la coincidencia de tales hechos, llegando a su colmo el desasosiego y la inquietud de los liberales al cundir la nueva, en la noche del 7 de marzo, de que Don Cayetano Valdés, gobernador de Cádiz, acababa de ser exonerado de su puesto por la Regencia, acto que se miró como precursor de violencias, e indicante de que se quería seguir por el escabroso y ahora olvidado sendero de lo que antes se llamaba razón de estado.

Confirmaba más y más semejante recelo el haber recaído el mando militar y político en Don José María Alós, gobernador de Ceuta, sujeto a quien se tenía entonces por de opiniones del todo opuestas a las del partido reformador, y que habiendo venido a Cádiz pocos días antes y conferenciado largamente con la Regencia, parecía destinado a cumplir órdenes ilegales y de atropellamiento, ya respecto de las Cortes, ya de sus individuos. A lo menos hubo de esto entre los diputados repetidos indicios y aun avisos, los cuales ahora mismo creemos no carecían de fundamento.

El Don Cayetano, de quien ya hemos tenido tanta ocasión de hablar honrosamente, infundía en todos confianza ciega, y mientras él permaneciese mandando, nadie temía que la Regencia saltase fuera del círculo de sus facultades, no siendo hombre Valdés de entrar en manejos ni ligas, ni de apartarse del orden legal, y sí solo marino rígido, cortado a la traza y modelo que en nuestra mente formamos de un español antiguo, de un Don Álvaro de Bazán, o de un Antonio de Leyva.

Para descubrir la causa primera de la separación de Valdés, será bien volver al asunto de la abolición del Santo Oficio. Dijimos entonces habían decidido las Cortes se leyese en todas las parroquias de la monarquía por tres domingos consecutivos un manifiesto en que se exponían los fundamentos que se habían tenido presentes para decretar dicha abolición; providencia que tomada solo con el buen deseo de ilustrar la opinión de los pueblos, interpretáronla torcidamente los partidarios de la Inquisición, y la miraron como inmoderado e insultante abuso del triunfo obtenido. Con eso, en Cádiz y otros puntos, crecieron cada día más los enredos y maquinaciones de los fanáticos y sostenedores de rancias y falsas doctrinas, ya porque victoriosas las armas aliadas, y libres muchas provincias, despertábase a la esperanza la ambición de todos, ya porque, dando la reforma agigantados pasos, temíanse sus enemigos que si se descuidaban no podrían contener el rápido progreso de aquella, ni avasallar a los que la protegían y le daban impulso. Era centro de semejantes manejos el nuncio de su Santidad, Don Pedro Gravina, hermano del general Don Federico que mandaba la escuadra española en el combate de Trafalgar, y pereció gloriosamente de heridas recibidas allí. Apoyaban al nuncio varios obispos que tenían sus diócesis en provincias ocupadas, y se habían acogido a las libres, señaladamente a Mallorca y Cádiz, e igualmente, aunque por debajo de cuerda, estimulábale a la oposición la misma Regencia, gobernada ahora por Don Juan Pérez Villamil.

Que se urdía trama entre individuos del clero contra el decreto de la Inquisición y la lectura del manifiesto, traslucíase por muchas partes; y al fin se tuvieron noticias ciertas de ello por medio de un aviso secreto que recibió el diputado eclesiástico Don Antonio Oliveros, de que se había pasado al cabildo de la catedral de Cádiz cierta circular, haciéndole sabedor de un acuerdo tomado en la misma ciudad entre varios prelados y personas conspicuas para impedir sin embozo la publicación en los templos del citado manifiesto. Directamente también el nuncio ofició (* Ap. n. [21-30].) sobre ello a la Regencia [*] en 5 de marzo, extendiendo sus reclamaciones hasta contra el decreto mismo de la supresión de la Inquisición, que ofendía [según expresaba] «a los derechos y primacía del romano Pontífice, que la había establecido como necesaria y muy útil al bien de la Iglesia y de los fieles.» Y es de advertir que esta nota se escribió en derechura a la Regencia, y se puso en manos de su presidente, sin remitirla por el conducto regular del ministerio de estado.

Requeríase, para la ejecución de lo que se proyectaba, la separación de Valdés, aunque no fuesen tan allá como algunos se imaginaban los aviesos intentos de los maquinadores, y se limitasen solamente a estorbar la lectura del manifiesto y publicación en las iglesias del decreto de abolición del Santo Oficio. Porque Valdés no chanceaba cuando hablaban las leyes, y a él correspondía, como autoridad suprema de Cádiz, hacer que en esta ciudad se cumpliesen las dadas por las Cortes respecto de la Inquisición. Que no era, además, partidario suyo habíalo probado ya felicitando a las Cortes por haberla suprimido, a la cabeza del ayuntamiento gaditano, cuya corporación presidía.

Tocaba ser el domingo 7 de marzo cuando en Cádiz debían leerse por primera vez el manifiesto y decretos insinuados. Con los rumores y hablillas que habían corrido, ansiaban todos llegase aquel día, y asombrados quedaron al cundir la noticia, en la noche del sábado 6, de haber la Regencia del reino quitado el mando al gobernador militar y jefe político Don Cayetano Valdés. No tuvo por tanto efecto, en la mañana del domingo, lo providenciado por las Cortes, permaneciendo silenciosos los templos, sin que se leyese en sus púlpitos nada de lo mandado acerca de Inquisición. Tal desobedecimiento alteró sobremanera a los diputados liberales y al público sensato, recelándose muchos fuese cierto que se quería atropellar alevemente a varios individuos de las Cortes; plan atribuido a la Regencia, cuyos malos deseos, por más que se comprimiesen y ocultasen, traslucíanse y reverberaban.