Tuvieron también los franceses mala salida en un primer ataque que intentaron contra Castro-Urdiales. Mandaba ya el ejército enemigo del Norte el general Clauzel, sucesor de Caffarelli, y queriendo asegurar más y más la costa de cualquier desembarco que trazasen los ingleses, pensó en apoderarse de Castro-Urdiales, puerto abrigado y bueno para el cabotaje y buques menores, situado en la provincia de Santander, partido de Laredo. Tiene la villa 3000 habitantes, y la circuye un muro antiguo torreado que corre de mar a mar, y cierra el istmo que sirve de comunicación a península tan reducida. En ambos extremos de la muralla habíanse establecido dos baterías, divisándose en la parte opuesta al istmo, avanzada al mar, la iglesia parroquial y el castillo, fundado sobre un peñasco que domina la playa; saliendo de aquí hacia el este, unidas por dos arcos, escarpadas rocas que a causa de su mucha altura resguardan de los noroestes el puerto, hallándose colocada en su remate una ermita con la advocación de Santa Ana. Había de guarnición en la plaza 1000 hombres, y artillaban sus adarves unas 22 piezas. Era gobernador Don Pedro Pablo Álvarez.
Vinieron sobre Castro el 13 de marzo Palombini con su división italiana, y el mismo Clauzel acompañado de un batallón francés y 100 caballos. Llegados que fueron, examinaron las avenidas del puerto, y se decidieron a acometer los muros por escalada en la noche del 22 al 23; lo que se les frustró, rechazándolos la guarnición gallardamente, ayudada del fuego de buques ingleses que por allí cruzaban. Aguardó Clauzel entonces refuerzos de Bilbao, que no acudieron, amagada aquella villa por algunos cuerpos españoles de las mismas provincias Vascongadas. Y con eso, y adelantarse por un lado a Castro Don Juan López Campillo al frente del segundo batallón de tiradores de Cantabria, y por otro Don Gabriel de Mendizábal seguido de algunas fuerzas, Frústraseles
su intento. desistió Clauzel de su intento, yéndose en la noche del 25 al 26 de mayo, después de haber abandonado escalas y muchos pertrechos. En seguida, y para no perder del todo el fruto de su expedición, se acercaron los enemigos a Santoña, y metieron dentro socorros de que estaba falta la plaza, tornando a Bilbao hostigados por los nuestros, y llenos de molestia y cansancio.
Segundo ataque
contra Castro.
Al principiar mayo emprendieron de nuevo los franceses el cerco de Castro-Urdiales, sirviéndose para ello de la división de Palombini y de la del general Foy, procedente de Castilla la Vieja. La guarnición se preparó a rebatir los ataques, aproximándose en su auxilio fuerzas inglesas de mar que mandaba el capitán Bloye. Verificaron los enemigos su propósito, teniendo para lograrle que asediar con regularidad tan débil plaza. Los cercados hicieron sus salidas y retardaron los trabajos, pero no pudieron impedir que la flaqueza de los muros cediese pronto al constante fuego del sitiador. Aportillada brecha, se halló practicable el 11 de mayo en el ángulo inmediato al convento de San Francisco. No por eso se dieron los nuestros a partido, y una y dos veces rechazaron las embestidas de los acometedores, alentando a los nuestros el brioso gobernador Don Pedro Pablo Álvarez. Duró tiempo la defensa, a la que contribuyó no poco el vecindario, hasta que, cargando gran golpe de enemigos y entrando a escalada por otros puntos, refugiáronse los sitiados en el castillo y desde allí fuéronse embarcando con muchos habitantes a bordo de los buques ingleses por el lado de la ermita de Santa Ana. Quedáronse en el castillo dos compañías, aguantando los acometimientos del francés sin alejarse hasta haber arrojado al agua los cañones y varios enseres. De los postreros que dejaron la orilla fue el gobernador Don Pedro Pablo Álvarez, digno de loa y prez. El historiador Vacani, allí presente, dice en su narración: «La gloria de la defensa, si no igualó a la del ataque [cuenta que habla boca enemiga], fue tal, empero, que la guarnición pudo jactarse de haber obligado al ejército sitiador a emplear muchos medios y muchas fuerzas...» Toman
los franceses
la villa. Era, por tanto, acreedora la población a recibir buen trato; que los bríos del adversario, más bien que venganza e ira, infundir deben admiración y respeto en un vencedor de generoso sentir. Aquí sucedió muy al revés: los invasores entraron a saco la villa, pasaron a muchos por la espada, pusieron fuego a las casas, y ya no hubo sino lástimas y destrozos. En vano quiso impedir estos males el general Foy: los italianos dieron la señal de muerte y ruina, y no tardaron los franceses en seguir ejemplo tan inhumano.
Correrías
y hechos
de Mina
y los suyos.
Compensábanse tales quebrantos y agravios con los que padecían los enemigos en otros lugares. Espoz y Mina era de los que más pronto procuraban tomar de ellos cumplida satisfacción y desquite. Su pelear no cesaba, ni tampoco sus movimientos, comenzando el año de 1813 por arrimarse a Guipúzcoa y recoger en Deva municiones, vestuarios y 2 cañones de batir que los ingleses le regalaron; con cuya ayuda pudo ya en 8 de febrero poner cerco a Tafalla, recinto guardado por 400 franceses. En esto andaba cuando, noticioso de que venía sobre él de Pamplona el general Abbé, a quien había escarmentado el 28 de enero en Mendívil, dividió sus fuerzas, dejando una parte en el sitio y saliendo con la otra al encuentro de los enemigos. Dio con ellos en paraje inmediato a Tievas, y logró aventarlos, revolviendo sin dilación sobre Tafalla para continuar estrechando el asedio. Abrió allí brecha, y al ir a asaltar el fuerte, en 10 de febrero rindiéronsele los franceses. Inutilizó Mina las obras que estos habían practicado, y demolió los edificios en que aún podían volver a encastillarse, y de los que tenían fortalecidos algunos. Otro tanto ejecutó en Sos, si bien la guarnición se salvó ayudada por el general Paris que a tiempo vino en socorro suyo de Zaragoza. Destruíanse así en grave perjuicio de los enemigos los puntos fortificados que tenían para asegurar sus comunicaciones.
Oficiales y partidas dependientes de Mina hacían a veces excursiones, algunas muy de contar. Atrevida y aun temeraria fue la de Fermín de Leguía, quien, acercándose con solos 15 hombres muy a las calladas y hora de media noche al castillo de Fuenterrabía, subió primero acompañado de otro a lo alto, y matando al centinela, apoderáronse ambos de las llaves dando entrada por este medio a los que se habían quedado fuera. Juntos desarmaron y cogieron a 8 artilleros enemigos que estaban dentro, clavaron un cañón y arrojaron al mar las municiones que no pudieron llevar consigo, prendiendo por último fuego al castillo. Hiciéronlo todo con tal presteza que al despertarse la corta guarnición que dormía en la ciudad, habían los nuestros tomado viento, y no osaron los franceses perseguirlos recelando fuese mucho su número, encubiertos los pocos con la oscuridad de la noche.
Por su lado, incansable siempre, Mina tuvo el 31 de marzo otro reencuentro en Lerín y campos de Lodosa con una columna enemiga que desbarató, llevando la palma en aquella jornada la caballería, cuyos jinetes cogieron 300 prisioneros. Incomodado Clauzel de tan continuadas pérdidas y menoscabo en su gente, quiso como jefe del ejército francés del Norte, poniéndose de acuerdo con el general Abbé, que mandaba en Pamplona, estrechar a Mina batiendo el país y cercándole como si fuera a ojeo y cacería de reses. Cada uno de dichos generales salió de diverso punto, y Clauzel, después de reforzar a Puente la Reina, y de apostar en Mendigorría un destacamento, avanzó yendo la vuelta del valle de Berrueza. Pero Mina, haciendo una rápida contramarcha, habíase ya colocado a espaldas del francés, obligando en 21 de abril a los de Mendigorría a que se rindiesen. En lo que restaba de mes y posteriormente no alzó mano Clauzel en el acosamiento de Mina, entrando asimismo Abbé en el Valle de Roncal, en donde, si por una parte trató bien a los prisioneros, por otra no dejó de quemar los hospitales y sus enseres, y de abrasar en Isaba muchas casas y edificios. Hubo aún nuevas marchas y contramarchas, inútiles todas; por lo que, desesperanzado Clauzel de aniquilar al guerrillero español, escribía al rey intruso no poder verificarlo sin mayores fuerzas, pues su contrario no arriesgaba choques sino sobre seguro, acometiendo solo a cuerpos sueltos inferiores en número. Sin embargo, Mina, vivamente estrechado, tuvo ya en una de sus maniobras que tomar rumbo a Vitoria para guarecerse del ejército aliado que avanzaba, y a cuyos movimientos favorecieron también los suyos, trayendo siempre a Clauzel divertido y embarazado.
Estos fueron los acontecimientos más de referir que ocurrieron por estas partes de la Península antes de abrirse la gran campaña que empezó con el estío. Veamos lo que pasó en la corona de Aragón por el propio tiempo.
Acontecimientos
en la Corona
de Aragón.