Allí sostenían el peso de la guerra los ejércitos españoles primero y segundo, auxiliados de la expedición anglo-siciliana y de somatenes y cuerpos francos. Campeaba aquel en Cataluña, el otro en Valencia; algunas divisiones dentro de Aragón mismo. Tenía de ordinario el primer ejército su cuartel general en Vic, y constaba de unos 17.700 infantes y de 550 caballos. No estaban comprendidos en este número los somatenes. Cataluña.
Primer ejército. Era general en jefe Don Francisco de Copons y Navia, sucesor de Don Luis Lacy, y hasta su llegada, que se verificó en marzo, mandó interinamente el barón de Eroles. No desaprovechó este ocasión de molestar al francés, si bien estrenose por un acto de humanidad muy laudable, ajustando con el general enemigo un convenio dirigido a mejorar el trato de los prisioneros conforme a lo dispuesto antes y al derecho de gentes, hollado sobradas veces por ambas partes.
Los franceses de esta provincia, aunque sometidos, como todos los demás de la corona de Aragón, al mariscal Suchet, dependían inmediatamente del general Decaen, bajo cuyas órdenes se hallaban dos divisiones, capitaneadas la una por el general Maurice Mathieu, gobernador al propio tiempo de Barcelona, y la otra por el general Lamarque, que residía casi siempre en Gerona, ascendiendo la totalidad de ambas a 14.091 hombres de infantería con 876 jinetes. Había, además, en Tarragona una brigada de italianos compuesta de 2000, hombres que mandaba el general Bertoletti.
Seguían los españoles ahora en Cataluña un plan de campaña acomodado a las circunstancias del país y según el prudente querer de lord Wellington. Era este huir de acciones generales, estrechar al enemigo en las plazas, interrumpir sus comunicaciones, y arruinar y desfortalecer los puntos que se le tomasen. Obró de este modo el barón de Eroles, ayudado a veces cuando se acercaba a la costa por los buques británicos: así aconteció yendo sobre Rosas; así en una tentativa del lado de Tarragona, teniendo también la dicha de rechazar a los franceses en un reencuentro que tuvo con ellos en la Cerdaña.
Al promediar marzo, tomando Copons el mando, lleváronse adelante las empresas contra el enemigo fundadas en probabilidad de buen éxito, tocando a Eroles, como diligente y osado, ejecutar las más difíciles y arriesgadas. En el propio mes y antes de su remate se determinó acometer y desmantelar los puestos fortificados que conservaba el francés entre Tarragona y Tortosa, y amparaban comunicación tan importante. Tomó Eroles de su cuenta el empeño, y favorecido por la ayuda que le dio Mr. Adam, comandante del navío inglés Invencible, arrasó en el término de tres días varios de aquellos fuertes colocados en Perelló, Torre de la Granadella, venta de la Ampolla y otros sitios vecinos, cogiendo cañones, prisioneros, ganado y algunos buques menores.
Poco antes el brigadier Rovira había penetrado en Francia y metídose en Prats de Moló, pueblo murado en medio de las montañas, con un castillo fortalecido a la traza de Vauban. Ayudaron mucho a Rovira en su empresa el coronel Llauder y el capitán Don Nicolás Iglesias. Saquearon parte de la población, apoderáronse de dinero, y se llevaron rehenes y prisioneros, entre ellos a los comandantes de la plaza y del castillo. A la guardia nacional de los contornos, que acudió en socorro de los suyos, escarmentáronla los españoles, y cogieron a dos de sus jefes.
El Coll de Balaguer, Olot y otros puntos solían permanecer bloqueados por los nuestros, y hallándose durante el mes de mayo en observación de las avenidas del segundo Don Manuel Llauder, quisieron los franceses espantarle, y para ello aproximaron por la espalda una columna de 1500 hombres, dirigida por el coronel Marechal; de lo que noticioso Llauder, le salió al encuentro, el día 7 del propio mes, la vuelta del valle de Ribas, por donde los enemigos enderezaban su marcha. Trabose allí porfiado choque, y no solo se vieron los enemigos repelidos del todo, sino que también fueron desalojados por los nuestros de las alturas de Grast y Coronas, persiguiéndoles hasta más allá Llauder en persona, que se portó briosamente. En el espacio de siete a ocho horas que duró la refriega perecieron de los enemigos unos 300 hombres, quedando en nuestro poder 290 prisioneros, fusiles, mochilas y otros pertrechos. Por esta acción, en verdad señalada, agraciose años adelante a Don Manuel Llauder con el título de marqués del Valle de Ribas.
No pudieron, sin embargo, los españoles impedir que los enemigos, después de un movimiento hábil y concertado de todas sus fuerzas en Cataluña, socorriesen a mitad de mayo las plazas de Tarragona y Coll de Balaguer, escasas de medios, capitaneándolos Maurice Mathieu. Pero al tornar de su expedición espiolos Don Francisco Copons, que tuvo entonces tiempo de reunir alguna gente, y los aguardó en La Bisbal del Panadés, situándose en el Coll de Santa Cristina. Desde allí, incomodándolos bastante, los repelió en cuantas tentativas hicieron para destruirle, o a lo menos ahuyentarle, y les causó una pérdida de más de 600 hombres.
Segundo ejército.
Alojábase por lo común el cuartel general del segundo ejército en Murcia, a las órdenes de Don Francisco Javier Elío, apoyándose para sus operaciones en las plazas de Cartagena y Alicante, y consistiendo su fuerza en 34.900 hombres de infantería y 3400 de caballería, distribuidos en seis divisiones que regían Don Francisco Miyares, Don Pedro Villacampa, Don Pedro Sarsfield, Don Felipe Roche, Don Juan Martín el Empecinado y Don José Durán, si bien alguna de ellas varió después de jefe. Contábanse por separado, y permanecían en Alicante y sus alrededores, la expedición anglo-siciliana y la división mallorquina del mando de Whittingham. Las de Sarsfield, Villacampa, el Empecinado y Durán fueron las que, sosteniéndose en Aragón, guerrearon más en el invierno, arrimándose las de los dos primeros a Cataluña para favorecer aquellas maniobras, la del tercero a Soria y Navarra, y la del cuarto y último a Castilla la Nueva, poniéndose a veces todas de concierto para hacer incursiones que distraían al enemigo y le hostigaban. Parecidas estas peleas a las muchas ya referidas del mismo linaje, inútil se hace entrar aquí en sus pormenores, particularmente no habiendo entre ellas ninguna muy señalada, aunque molestas siempre al enemigo por doquiera, y en Madrid mismo, a cuyas puertas acercábase el Empecinado a la manera de antes, e interceptaba las comunicaciones con pueblos tan vecinos como Alcalá y Guadalajara, burlándose de los ardides y evoluciones que para destruirle verificó en abril el general Soult.
Hubiera valido más se redujesen a semejantes correrías las operaciones de este segundo ejército hasta que se abriese la campaña general proyectada por lord Wellington; pero el acaso, o más bien reprehensible negligencia, empeñole en refriegas en las que tocó desgraciadamente la peor parte a las divisiones suyas que se albergaban en Murcia, cuyos cuerpos habían comenzado a moverse en marzo, de acuerdo División
mallorquina. con la división mallorquina del mando de Whittingham y la expedición anglo-siciliana. Aquella tenía ahora unos 8939 infantes y 1167 caballos, hallándose la última reforzada con 4000 hombres que en diciembre anterior había traído de Palermo el general J. Campbell; Expedición
anglo-siciliana. mandaba a esta en la actualidad Sir Juan Murray, después de haber pasado su gobernación por las manos de Clinton y del mismo Campbell, ausente ya su primer caudillo, el general Maitland, por causa de enfermedad. Lord Guillermo Bentinck era el destinado para ponerse al frente, mas retardó su viaje, ocupado en Sicilia en otros asuntos: por manera que a esta porción del ejército británico le cupo la misma suerte en cuanto al mando que al otro suyo de Portugal en 1808, pendiendo la sucesión rápida ocurrida en los jefes de accidentes inesperados y de abusos y descuidos que nunca faltan aún en los mejores gobiernos.