Campaña
principiada
en el norte
de Europa.
Dieron abril y mayo las primeras señales del asombroso estremecimiento que iba de nuevo a conmover el mundo, y hacer más caediza la suerte de cuerpos e individuos, de estados y coronas. Fue una de ellas la salida de Napoleón de París en 15 de abril para empezar la campaña en Alemania; y fue otra el haber lord Wellington alzado sus cuarteles a mitad de mayo para abrir también la suya en Castilla y continuarla hasta los Pirineos, y aun dentro de la Francia misma. En aquella viose todavía equilibrado en un principio el poder del emperador francés con el de los soberanos del norte, cautivadas algún tiempo las fantasías de la fortuna por el coloso que la había tenido como aprisionada y rendida no pocos años; También
en España. en la última salieron vencedores siempre en los más empeñados reencuentros, rompiendo por cima de valladares y obstáculos los intrépidos aliados. Siendo solo propio de esta historia el detenernos a referir lo tocante a los acontecimientos postreramente indicados, pasaremos a verificarlo, prescindiendo, a lo menos por ahora, de los demás ocurridos fuera del suelo peninsular.
Al moverse tenía lord Wellington bajo de sus inmediatas órdenes 48.000 hombres de su nación, 28.000 portugueses, y además las divisiones españolas del cuarto ejército que se alojaban a su derecha, con las que del mismo permanecían en el Bierzo y Asturias, ascendiendo juntas a 26.000 combatientes. Movimientos
de los aliados
hacia el Duero. Fue la marcha de los aliados por este orden. La caballería, que había invernado en los alrededores de Coímbra, púsose en movimiento por Oporto a Braga para pasar desde allí a Braganza, en donde debían darse la mano con la izquierda de los suyos, gobernada por Sir Thomas Graham, quien cruzó el Duero en Portugal cerca de Lamego; maniobra que se practicó sin que los franceses la barruntasen, proveyéndose los aliados fácilmente de barcas sin excitar sospecha, por la abundancia que de ellas había con motivo de haber los ingleses habilitado para su abastecimiento la navegación del Duero hasta donde el Águeda descarga en él sus aguas. Colocáronse así, a la derecha de aquel río, cinco divisiones de infantería y dos brigadas de caballería, sobrecogiendo a los enemigos que se figuraban vendrían sus contrarios solo por la izquierda. Tuvieron los anglo-portugueses tropiezos en su marcha por lo escabroso del país y estrechuras de los caminos, mas todo lo venció la perseverancia británica. Asegurada la izquierda, y amagado el francés por la derecha del Duero, alzó lord Wellington sus reales a la propia sazón, saliendo de Freineda el 22 de mayo, acompañado de dos divisiones inglesas, otra portuguesa, y alguna fuerza de caballería. Juntósele en Tamames la mayor parte de la segunda división española del mando de Don Carlos España [la restante quedó en Ciudad Rodrigo], perteneciendo a ella los jinetes de Don Julián Sánchez: y todos se encaminaron al Tormes, vía de Salamanca. Sobre el mismo río, pero del lado de Alba, formando la derecha, moviose Sir Rowland Hill, y con él la primera división española que capitaneaba Don Pablo Morillo, quien venía de la Extremadura, habiendo pasado los puertos que la dividen de León y Castilla.
Disponíanse los enemigos a contrarrestar la marcha de los aliados, reunidos en Castilla la Vieja los ejércitos suyos llamados del Centro, Mediodía y Norte, y a su frente José en persona, manteniendo aún sus cuarteles en Valladolid. Fuera su primer intento defender el paso del Duero, si no se lo desbarataran las acertadas maniobras de los ingleses poniéndose a la derecha del mismo río. Sin embargo, se trabaron choques antes de abandonar aquella línea. Guarnecía a Salamanca la división de Villatte con tres escuadrones, quien evacuó la ciudad al aproximarse lord Wellington, colocándose en unas alturas inmediatas, de donde le arrojaron el general Fane, atravesando el Tormes por el vado de Santa Marta, y el general Alten, que lo verificó por el puente. Villatte perdió municiones, equipajes y muchos hombres entre muertos y heridos, con 200 prisioneros. Retirose por Encina a Babilafuente, uniéndosele cerca del lugar de Huerta un cuerpo de infantería y caballería procedente de Alba de Tormes, de cuyo punto los había echado Don Pablo Morillo, cruzando el río con gran valentía, y distinguiéndose al enseñorearse de la puente los cazadores de la Unión y Doyle.
Cooperación
del cuarto
ejército.
El centro del cuarto ejército español, antes sexto, acantonado en el Bierzo, y la quinta división también suya, situada en Oviedo, concurrieron, según hemos insinuado, al movimiento general y de avance. Preparábase el 29 de mayo el general Don Pedro Agustín Girón, que mandaba en jefe en ausencia de Don Francisco Javier Castaños, a celebrar el 30 en Camponaraya los días del rey Fernando por medio de paradas y simulacros guerreros, cuando recibió orden de lord Wellington, duque de Ciudad Rodrigo, para ponerse sin dilación en marcha sobre Benavente y en contacto con la izquierda del ejército aliado, huyendo de dar la suya al enemigo, en términos de evitar cualquiera refriega que no fuese general o de concierto. No tardó Don Pedro en cumplir con lo que se le encargaba, y trasladando el mismo día 29 su cuartel general a Ponferrada, entró ya el 2 de junio en Benavente. Vadearon sus tropas el Esla al amanecer del 3 en Castropepe y Castillo, arruinado por los enemigos el puente de Castrogonzalo, y llegaron por la noche a Villalpando en donde descansaron el 4, agregándoseles allí la quinta división que venía de Asturias y mandaba Don Juan Díaz Porlier. Hiciéronse las marchas muy ordenadamente, y empezáronse a coger los frutos de los ejercicios militares del invierno y primavera, y los de una rígida y conveniente disciplina.
Prosiguen
su marcha
los aliados.
Hacia estas partes y derecha del Duero habíase dirigido ya no solo la izquierda inglesa, guiada por el general Graham, sino también el centro de su ejército, capitaneado por lord Wellington en persona. Dueño este de Salamanca, hizo allí alto dos días, reuniendo su centro y derecha entre el Tormes y el Duero inferior. Marchó el 29 la vuelta de Miranda, ciudad de Portugal fronteriza a las márgenes del último río, cuyas aguas cruzó por aquí el general inglés acompañado solo del centro que se juntó el 30 con la izquierda en Carbajales; todos los puentes, excepto el de Zamora, habían permanecido destruidos desde la retirada del ejército británico en el otoño, o habíanlo sido de nuevo por el francés cuando se hallaban reparados. Quisieron en seguida los ingleses pasar el Esla, tributario del Duero, por un vado próximo al mismo Carbajales, pero siendo de dificultoso tránsito echaron un puente y lo verificaron el 31.
Desprevenidos los franceses, no tenían en aquellas orillas sino un piquete, y por tanto no ofrecieron resistencia notable. Los movimientos de los aliados habíanse ejecutado con tales precauciones y celeridad que los ignoraba del todo el enemigo, quien percibió ahora claramente el sabio y bien entendido plan de lord Wellington; conociendo, aunque tarde, ser inútil y ya imposible sostener la línea del Duero. En consecuencia inhabilitaron sus tropas en Zamora el puente que habían conservado reparado, retirándose de aquella ciudad y de Toro, en donde entraron los aliados, trabándose después en Morales, vía de Tordesillas, un choque en que los franceses experimentaron bastante pérdida, y lució por su brío la caballería de Don Julián Sánchez.
Parose lord Wellington en Toro así para dar tiempo a que toda su gente se le reuniese como también para que las tropas de su derecha, que guiaba sir Rowland Hill, pasasen el Duero. Todo se ejecutó a su sabor y cual tenía ordenado; hallándose ya en comunicación y aun en inmediato contacto el ejército de Galicia, o sea centro del cuarto español, cuyos reales alojáronse el 6 de junio en Cuenca de Campos, día en que los de Wellington se establecieron en Ampudia, pueblo vecino.