Cruzado el Duero por los cuerpos que ocupaban antes la izquierda, correspondiéndose ya todos entre sí, prosiguió su marcha el general inglés, dejando en Zamora municiones y efectos de guerra, y para su custodia a la segunda división española, que tenía también gente suya repartida en Ciudad Rodrigo, Salamanca y Toro. Andaban los franceses algo desalentados con irrupción tan súbita, en especial por ser inesperado el modo como Wellington la verificara. Así, sus medidas resintiéronse de apresuramiento, e indicaban sobresalto y dudas.

Distribuidas ahora sus fuerzas entre Valladolid, Tordesillas y Medina, se retiraron detrás del Pisuerga, que también abandonaron, marchando en líneas convergentes camino de Burgos. Allí se trasladó el intruso, habiendo salido de Palencia el 6 de junio, en cuya ciudad hizo corta parada viniendo de Valladolid. Le siguieron sus tropas, estrechadas cada vez más por lord Wellington, quien atravesó el Carrión el 7, y adelantando su izquierda en los días 8, 9 y 10, cruzó también el Pisuerga, no apresurando su marcha el 11, y dando el 12 descanso a su gente excepto a la de la derecha, a la cual ordenó avanzar a Burgos y reconocer la situación del enemigo, con deseo de obligarle a que desamparase el castillo o a que, para defenderle, reconcentrase allí sus fuerzas. Al poner en obra el general Hill por mandato de Wellington esta operación, descubrió a los enemigos apostados en unas alturas próximas al pueblo de Hormaza, con su siniestro costado en frente de Estépar. Acometiolos, mas ellos se echaron atrás, si bien en la mejor ordenanza, aguantando sin descomponerse repetidas descargas de la artillería volante, manejada con destreza por el mayor Gardiner. Perdieron sin embargo los franceses varios prisioneros y un cañón, y se situaron después en las riberas de los ríos Arlanzón y Urbel, que con las lluvias habían cogido mucha agua, retirándose solo de aquel puesto durante la noche, después de haber evacuado a Burgos el 14 de junio.

Verificáronlo así, acosados constantemente y ceñidos de cerca por los aliados, que llevaban casi siempre abrazada la derecha enemiga. También por la opuesta hostigábalos Don Julián Sánchez y otros guerrilleros revueltos y a la continua, como si ya no tuviesen bastante los franceses con sentir sobre sí el fatigoso y no interrumpido látigo de un ejército bien ordenado, que marchaba a sus alcances con presunción de vencer. Abandonan
los franceses
y vuelan
el castillo
de Burgos. Abandonaron los enemigos el castillo de Burgos, desfortaleciéndole antes y arruinándole hasta en sus cimientos. El modo como lo ejecutaron dio lugar a siniestras interpretaciones; porque, conservándose dentro desde el último sitio muchos proyectiles todavía cargados, acaeció que, al reventar las minas practicadas para derribar los muros, volaron también muchas bombas y granadas que causaron estrago notable. Escritores ingleses han afirmado que el enemigo procedió así para aniquilar los cuerpos de las tropas aliadas que se arrimasen a tomar posesión de la ciudad y del castillo. Por el contrario los franceses, que achacan tan lamentable contratiempo a mero olvido de la guarnición. Nos inclinamos a lo último; mas sea de ello lo que fuere, cierto que de la explosión resultaron destrozos grandes, padeciendo la catedral bastante con el estremecimiento, no menos que muchas casas y otros edificios. Redújose el castillo a un confuso montón de ruinas y escombros.

Tomó José, al desocupar a Burgos, la ruta de Vitoria, yendo por Pancorbo y Miranda de Ebro, si bien no muy de priesa. Era su propósito trasladarse al otro lado de este río para poner más en resguardo las estancias de su ejército, aproximándole a la raya de Francia, y engrosándole, además, con el suyo del Norte y otras tropas que lidiaban en aquel distrito. Desbaratar en todo o en parte semejantes intentos, y asegurar sin tropiezo el paso del Ebro, debía ser la mira del general británico, para aprovechar después la primera oportunidad de combatir con ventaja. Tal fue en efecto, no teniendo que hacer para alcanzarla más que perseverar en el plan de marchas y movimientos que desde un principio había trazado. Firme en él, dispuso que su izquierda siguiese maniobrando para amagar siempre la derecha enemiga, y ganarle a veces la delantera. Cruzan
los aliados
el Ebro. Así fue que dicha izquierda buscó la ribera alta del Ebro para pasarle, marchando a su derecha no muy lejos con el centro lord Wellington, y después a las inmediaciones y siniestro lado de la carretera que va a Pancorbo y Miranda el general Hill. Tocando ya al Ebro todo el ejército, le cruzaron el 14 por Polientes los españoles del mando de Don Pedro Agustín Girón, que formaban el extremo del costado de Graham, y cruzole también el mismo día este general por San Martín de Elines, lugares ambos situados en el valle de Valderredible. Las demás tropas aliadas, con Wellington e Hill a su cabeza, atravesaron el Ebro el 15; algunas por los mismos parajes que Graham y los españoles, el mayor número por Puente-Arenas, en la merindad de Valdivielso. Al día siguiente, todo el ejército se movió sobre la derecha, si bien apartándose algún tanto los españoles, que tuvieron orden de tirar más a la izquierda por el valle de Mena con dirección a Valmaseda, a donde llegaron el 18. Agregose a Graham en Medina de Pomar Don Francisco Longa con su división.

Penalidades del
ejército aliado.

La marcha fue en realidad penosa, señaladamente en los últimos días; los caminos, ásperos de suyo e impracticables para el carruaje, estábanlo ahora más con las copiosas lluvias que sobrevinieron, teniendo a menudo el brazo del gastador que allanar el terreno, y aun abrir paso que franquease la ruta al soldado y diese a la artillería transitable carril. Hubo escasez de víveres, y a veces apretó el hambre por la priesa del caminar, la pobreza de la tierra y la devastación que había producido guerra tan prolongada; pero hízose todo llevadero con la esperanza de un cambio próximo y venturoso obtenido por medio de inmediatos triunfos.

Movimientos
de los franceses
y algunos
choques.

Azoró a los franceses y los desconcertó el rápido andar de los aliados, y el verlos al otro lado del Ebro, casi impensadamente, teniendo con eso que desistir de cualquiera empresa enderezada a defender el paso de aquel río. Por tanto, el día 18 salió el grueso del ejército enemigo de Pancorbo, dejando solo de guarnición en el castillo sobre 1000 hombres, y se encaminó a Vitoria. Al avanzar los aliados, tenían de observación los franceses algunos cuerpos apostados en Frías y en Espejo, que se replegaron el 18 a San Millán y a Osma de Álava. Atacó a los primeros el general Alten y los ahuyentó, cogiéndoles 300 prisioneros; obligó Graham a los últimos a retirarse, acometiendo el 19 Wellington mismo, asistido de sir Lowry Cole, a la retaguardia francesa situada en Subijana-Morillas y en Pobes, con la dicha de forzarla a desamparar su puesto y a que buscase abrigo en el grueso de su ejército, que venía de Pancorbo. Esta aparición repentina e inesperada de los aliados en las montañas de Vizcaya y Álava, y el haberse aproximado a Bilbao, hallándose ya en Valmaseda el centro del cuarto ejército español bajo las órdenes de Don Pedro Agustín Girón, impelió igualmente a los enemigos a reconcentrar las fuerzas suyas de aquellas partes, conservando solo los puntos de la mayor importancia, y abandonando los que no lo eran tanto. Con este propósito embarcaron los franceses el 22 de junio con premura la guarnición de Castro-Urdiales trasladándola a Santoña, que avituallaron competentemente, y en breve también dejaron libre a Guetaria, manteniéndose firmes en Bilbao, donde se alojaban italianos de los que Palombini, ahora ya ausente, había traído de Castilla. Foy, que recorría antes la tierra, tomó asimismo disposiciones análogas, según veremos después. Bloqueaba a Santoña Don Gabriel de Mendizábal con parte de la séptima división del cuarto ejército, o sea batallones de las provincias Vascongadas.

Situación
respectiva
de los ejércitos.

De este relato colígese claramente la situación respectiva de los ejércitos enemigos, y cuán próxima se anunciaba una batalla campal. Deseábala lord Wellington, y para empeñarla había tratado de reconcentrar sus fuerzas algo desparramadas, llamando a sí la izquierda extendida hasta Valmaseda, y haciéndola venir por Orduña y Munguía sobre Vitoria. Tenía el general inglés su centro y sus cuarteles el 20 en Subijana-Morillas, no lejos de su derecha, manifestándose todo el ejército muy animoso e impaciente de que se trabase pelea. Ocupaban ya entonces los franceses, mandados por José, las orillas del Zadorra y cercanías de Vitoria.