Juicio
sobre la marcha
de Wellington.
El modo glorioso y feliz con que en menos de un mes habían los aliados llevado a cabo una marcha que, concluyendo en las provincias Vascongadas, había empezado en Portugal y en los puntos opuestos y distantes de Galicia, Asturias y Extremadura, alentaba a todos, recreándose de antemano con la placentera idea de una victoria completa y cercana. Más de una vez hemos oído de boca de lord Wellington, en conversación privada, que nunca había dudado del buen éxito de la acción que entonces se preparaba, seguro de los bríos y concertada disciplina de sus soldados. Tan ilustre caudillo acreció justamente su fama en el avance y comienzo de esta nueva campaña. Calcular bien y con tino las marchas, anticiparse a los designios del enemigo y prevenirlos, tener a este en continua arma y recelo, y obligarle a abandonar casi sin resistencia sus mejores puestos, estrechándole y jaqueándole siempre, digámoslo así, por su flanco derecho, maniobras son de superior estrategia, merecedoras de eterno loor; pues en ellas, según expresaba el mariscal de Sajonia, aunque en lenguaje más familiar, consiste el secreto de la guerra.
Enfrente ahora uno de otro los ejércitos combatientes, parecía ser esta ocasión de hablar de la batalla que ambos trabaron luego. Mas suspenderémoslo por un rato, atentos a echar antes una ojeada sobre la evacuación de Madrid y ocurrencias habidas con este motivo.
Evacúan
por última vez
a Madrid
los franceses.
Desde el tiempo en que José saliera de aquella capital en marzo, fueron también retirándose muchas de las tropas francesas que allí había, quedando reducido a número muy corto las que se alojaban en toda Castilla la Nueva. Motivo por el cual los invasores trataron con más miramiento y menor dureza a los vecinos, aunque no por eso dejasen de gravarlos con contribuciones extraordinarias y pesadas. Mandaba últimamente en Madrid el general Hugo, y a él le tocó evacuar por postrera vez la capital del reino. Refiere este en las memorias que ha escrito lo que entonces le acaeció, (* Ap. n. [22-3].) y entre otras cosas cuenta [*] que poco antes de su salida habíansele hecho proposiciones, de que tuvo noticia José, según las cuales ofrecía pasarse a las banderas del intruso un cuerpo entero del ejército español. Presumimos quiera hablar del tercero como más inmediato. El duque del Parque le mandaba, y guiaban sus divisiones generales fieles siempre, honrados y de prez; y si lo fueron en los días de mayor tribulación para la patria, ¿qué traza lleva que pudieran variar y tener aviesos intentos en los de prosperidad y ventura? Ahora ni el interés hubiera estimulado a ello a hombres que fuesen de poco valer y baja ralea, ¡cuánto menos a caudillos ilustres, de muchos servicios y de esforzados pechos! Nosotros hemos tratado de apurar la verdad del hecho, y ni siquiera hemos hallado el menor indicio ni rastro de tan extraña negociación, y eso que nos hemos informado de personas imparciales muy en disposición de saber lo que pasaba. Creemos por tanto que hay grave error en el aserto del general francés, haciéndole la merced, para disculpar su proceder liviano, de que sorprendieron su buena fe embaidores o falsos mensajeros.
Gran convoy que
llevan consigo
y manda Hugo.
El embargo de caballerías y carruajes, anunciador de la partida de los enemigos y sus secuaces, empezó el 25 de mayo, y el 27 quedó evacuada del todo la capital; rompiendo el 26 la marcha un convoy numerosísimo de coches y calesas, de galeras, carros y acémilas en que iban los comprometidos con José, sus familias y enseres, y además el despojo que los invasores y el gobierno intruso hicieron de los establecimientos militares, científicos y de bellas artes, y de los palacios y archivos; despojo que fue esta vez más colmado, porque sin duda le consideraron como que sería el último y de despedida.
Despojos
de pinturas,
y de los
establecimientos
públicos
en varias partes.
Había comenzado el primero ya desde 1808, y se había extendido a Toledo, al Escorial y a las ciudades y sitios que encerraban en ambas Castillas, así como en las Andalucías y otras provincias, objetos de valor y estima. Recogió Murat en su tiempo varios de ellos principalmente del real palacio y de la casa del príncipe de la Paz, parando mucho su consideración los cuadros del Correggio de que casi se llevó los pocos que España poseía, entre los cuales merece citarse (* Ap. n. [22-3]bis.) el llamado la Escuela del amor [*] que fue de los duques de Alba, prodigiosa obra de aquel inimitable ingenio.
Después contose entre las señaladas rapiñas la que verificó cierto general francés, muy conocido, en el convento de dominicas de Loeches, lugar de la Alcarria, y fundación del conde duque de Olivares, (* Ap. n. [22-4].) de donde se llevó afamados [*] cuadros de Rubens, que al decir de Don Antonio Ponz, (* Ap. n. [22-5].) eran [*] «de lo más bello de aquel artífice en lo acabado, expresivo, bien compuesto y colorido.»