En Toledo, si bien las producciones del Greco, de Luis Tristán y Juan Bautista Maíno estuvieron más al abrigo del ojo escudriñador del francés, no por eso dejaron de sentirse allí pérdidas muy lamentables, pues en 1808 estrenáronse las tropas del mariscal Victor con poner fuego, por descuido o de propósito, al suntuoso convento franciscano de San Juan de los Reyes que fundaron los católicos monarcas Don Fernando y Doña Isabel, cuyo edificio se aniquiló, desapareciendo entre las llamas y escombros su importantísimo archivo y librería; y ahora para despedirse en 1813 los soldados del invasor que a lo último ocuparon la ciudad, quemaron en gran parte el famoso alcázar, obra de Carlos V, y en cuyo trazo y fábrica tuvieron parte los insignes arquitectos Covarrubias, Vergara y Herrera. Que no parece sino que los franceses querían celebrar sus entradas y salidas en aquel pueblo con luminarias de destrucción.
No podía en el rebusco quedar olvidado el Escorial, y entre los muchos despojos y riqueza que de allí salieron, deben citarse los dos primorosos y selectísimos cuadros de Rafael, Nuestra Señora del Pez y la Perla. Varios otros los acompañaron muy escogidos, ya que no de tanta belleza.
En Madrid habíanse formado depósitos para la conservación de las preciosidades artísticas de los conventos suprimidos, en las iglesias del Rosario, Doña María de Aragón, San Francisco y San Felipe, y nombrádose además comisiones a la manera de Sevilla para poner por separado las producciones del arte que fuesen de mano maestra y pareciesen más dignas de ser trasladadas a París y colocadas en su museo. Varias se remitieron, y se apoderaron de otras los particulares, siendo sin embargo muy de maravillar se libertasen de esta especie de saqueo las más señaladas obras que salieron del pincel divino de nuestro inmortal Don Diego Velázquez. Arrebataron, sí, los encargados de José, entre otros muchos y primorosos cuadros, las Venus del Ticiano que se custodiaban en las piezas reservadas de la real academia de San Fernando, y el incomparable de Rafael, perteneciente al real palacio, conocido bajo el nombre del Pasmo de Sicilia, que se aventajaba a todos y sobresalía por cima de ellos maravillosamente.
(* Ap. n. [22-6].)
Estas últimas pinturas, junto con las de Nuestra Señora del Pez y la Perla,[*] aunque se las apropió José, restituyéronse a España en 1815 al propio tiempo que las destinadas al museo de París; mas hallábase ya la madera tan carcomida y tan arruinadas ellas que se hubieran del todo descascarado y perdido, en especial la del Pasmo, si Mr. Bonnemaison, artista de aquella capital, no las hubiese trasladado de la tabla al lienzo con destreza y habilidad admirables: invento no muy esparcido entonces y de que quisieron burlarse los que no le conocían.
Los archivos, las secretarías, los depósitos de artillería e ingenieros y el hidrográfico, el gabinete de Historia natural y otros establecimientos, viéronse privados también de muchas preciosidades, modelos y documentos entresacados de propósito para llevarlos a Francia. Sería largo y no fácil de relatar todo lo que de acá se extrajo. Estos objetos y los cuadros expresados de Rafael y Ticiano además de otros muchos iban en el convoy que escoltaba el general Hugo al salir de Madrid.
(* Ap. n. [22-7].)
En Castilla la Vieja padeció mucho el archivo de Simancas,[*] de donde tomaron los franceses documentos y papeles de grande interés, en especial los que pertenecían a los antiguos estados de Italia y Flandes; asimismo el testamento de Carlos II, de que a dicha se conservaba un duplicado en otra parte. Algunos han sido devueltos en 1816: han retenido otros en Francia, reclamados hasta ahora en vano. Hubo en aquel archivo gran confusión y trastorno no solo por el destrozo que la soldadesca causó, sino igualmente porque habiéndose después metido dentro los paisanos de los alrededores, arrancaron los pergaminos que cubrían los legajos y sobre todo las cintas que los ataban, con lo que sueltos los papeles mezcláronse muchos y se revolvieron. También las bellas artes tuvieron sus pérdidas en aquella provincia, y sin detenernos a hablar de otras, indicaremos el desaparecimiento por algunos años de tres pinturas de Rubens, muy famosas y de primer orden, que adornaban el retablo mayor y los dos colaterales del convento (* Ap. n. [22-8].) de religiosas franciscas de la villa de Fuensaldaña.[*]
No iremos más allá en nuestro escudriñamiento sobre tanto saqueo y despojos, que ya parecerá a algunos fuera de lugar; si bien en medio del ruido y furor bélico se espacia el ánimo y descansa hablando de otros asuntos, y sobre todo del ameno y suave de bellas artes, aunque sea para lamentar robos y pérdidas de obras maestras y su alejamiento del suelo patrio.
Cierto que mucha de tanta riqueza yacía como sepultada y desconocida, ignorando los extraños la perfección y muchedumbre de los pintores de nuestra escuela. El que se difundiesen ahora sus producciones por el extranjero, los sacó de oscuridad y les dio nuevo lustre y mayores timbres a la admiración del mundo; resultando así un bien real y fructuoso de la misma ruina y escandaloso pillaje. Madre España de esclarecidos ingenios, dominadora en Italia y Flandes cuando florecían allí los más célebres artistas de aquellos estados, recogió inmenso tesoro de tales bellezas, guardándole en sus templos y palacios. Mucho le queda aún a pesar de haber soltado los diques a la salida, ya la guerra, ya la desidia de unos y los amaños y codicia de otros. Tiempo es que los repare y cierre el amor bien entendido de las artes, y la esperanza de días más venturosos.