Proponíase José guardar la defensiva, hasta que todas o la mayor parte de las tropas suyas que estaban allí separadas se le agregasen, para lo que contaba con su ventajosa estancia y con el pausado proceder de Wellington, que equivocadamente graduaban algunos de prudencia excesiva. Sustentábale en su pensamiento el mariscal Jourdan, hombre irresoluto y espacioso hasta en su daño, y más ahora que recordaba pérdidas que padeció en Arnsberg y Wurzburgo por haber entonces destacado fuerzas del cuerpo principal de batalla.
También Wellington titubeaba sobre si emprendería o no una acción campal, y proseguía en su incertidumbre cuando, hallándose en las alturas de Nanclares de Oca, recibió aviso del alcalde de San Vicente de cómo Clauzel había llegado allí el 20, y pensaba descansar todo aquel día. Al instante determinó acometer el general inglés, calculando los perjuicios que resultarían de dar espera a que los enemigos tuviesen tiempo de ser reforzados.
Batalla
de Vitoria.
Rompió el ataque desde el río Bayas, moviéndose primero, al despuntar de la aurora del día 21 de junio, la derecha aliada que regía el general Hill. Consistía su fuerza en la segunda división británica, en la portuguesa del cargo del conde de Amarante, y en la española que capitaneaba Don Pablo Morillo, a quien tocó empezar el combate contra la izquierda enemiga atacando las alturas: ejecutolo Don Pablo con gallardía, quedando herido, pero sin abandonar el campo. Reforzados los contrarios por aquella parte, sostuvo Hill también a los españoles, los cuales consiguieron al fin, ayudados de los ingleses, arrojar al francés de las cimas. Entonces Hill cruzó el Zadorra en la Puebla, y embocándose por el desfiladero que forman las alturas y el río, embistió y ganó a Subijana de Álava, que cubría la izquierda de las líneas del enemigo, quien, conociendo la importancia de esta posición, trató en vano de recobrarla, estrellándose sus ímpetus y repetidas tentativas en la firmeza inmutable de las filas aliadas.
Moviose también el centro británico, compuesto de las divisiones tercera, cuarta, séptima y ligera. Dos de ellas atravesaron el Zadorra tan luego como Hill se enseñoreaba de Subijana, la cuarta por el puente de Nanclares, la ligera por Tres Puentes, llegando casi al mismo tiempo a Mendoza la tercera y séptima que guiaba lord Dalhousie, cruzando ambas el Zadorra por más arriba: siendo de notar que no hubiesen los franceses roto ninguno de los puentes que franquean por allí el paso de aquel río: tal era su zozobra y apresuramiento.
Puesto el centro británico en la siniestra orilla del Zadorra, debía proseguir en sus acometimientos contra el enemigo y su principal arrimo, que era el cerro artillado. Providenciolo así Wellington, como igualmente que el general Hill no cesase de acosar la izquierda francesa, estrechándola contra su centro y descantillando a este, si ser podía. Mantuviéronse firmes los contrarios, y forzados se vieron los ingleses a acercar dos brigadas de artillería que batiesen el cerro fortalecido. Al fin cedieron aquellos, si bien después de largo lidiar, y su centro e izquierda replegáronse vía de la ciudad, dejando en poder de la tercera división inglesa 18 cañones. Prosiguieron los aliados avanzando a Vitoria, formada su gente por escalones en dos y tres líneas; y los franceses, no desconcertados aún del todo, recejaban también en buen orden, sacando ventaja de cualquier descuido, según aconteció con la brigada del general Colville que, más adelantada, desviose y le costó su negligencia la pérdida de 550 hombres.
Mientras que esto ocurría en la derecha y centro de los aliados, no permanecía ociosa su izquierda, junta toda o en inmediato contacto; porque la gente de Don Pedro Agustín Girón, que era la apostada más lejos, saliendo de Valmaseda llegó el 20 a Orduña yendo por Amurrio, y al día siguiente continuó la marcha avistándose su jefe el día 21 con el general Graham en Murguía. Allí conferenciaron ambos breves momentos, aguijado el inglés por las órdenes de Wellington para tomar parte en la batalla ya empezada; quedando la incumbencia a Don Pedro de sustentar las maniobras del aliado, y entrar en lid siempre que necesario fuese.
No antes de las diez de la mañana pudo Graham llegar al sitio que le estaba destinado. En él tenían los enemigos alguna infantería y caballería avanzada sobre el camino de Bilbao, descansando toda su derecha en montes de no fácil acceso, y ocupando con fuerza los pueblos de Gamarra Mayor y Abechuco, considerados como de mucha entidad para defender los puentes del Zadorra en aquellos parajes. Atacaron las alturas por frente y flanco la brigada portuguesa del general Pack y la división española de Don Francisco Longa, sostenidas por la brigada de dragones ligeros a las órdenes de Anson, y la quinta división inglesa de infantería, mandada toda esta fuerza por el mayor general Oswald. Portáronse valientemente españoles y portugueses. Longa se apoderó del pueblo de Gamarra Menor, enseñoreándose del de Gamarra Mayor, con presa de 3 cañones, la brigada de Robinson, que pertenecía a la quinta división. Procedió Graham en aquel momento contra Abechuco, asistido de la primera división británica, y logró ganarle cogiendo en el puente mismo 3 cañones y 1 obús. Temiendo el enemigo que, dueños los nuestros de aquel pueblo, quedase cortada su comunicación con Bayona, destacó por su derecha un cuerpo numeroso para recuperarle. En balde empleó sus esfuerzos: dos veces se vio rechazado, habiendo Graham previsivamente y con prontitud atronerado las casas vecinas al puente, plantado cañones por los costados, y puesto como en celada algunos batallones que hicieron fuego vivo detrás de unas paredes y vallados. Logró con eso el inglés repeler un nuevo y tercer ataque.
Pero no le pareció aún cuerdo empeñar refriega con dos divisiones de infantería que mantenían de reserva los franceses en la izquierda del Zadorra, aguardando para verificarlo a que el centro e izquierda de los enemigos fuesen arrojadas contra Vitoria por el centro y derecha de los aliados. Sucedió esto sobre las seis de la tarde, hora en que abandonando el sitio las dos divisiones citadas, temerosas de ser embestidas por la espalda, pasó Graham el Zadorra, y asentose de firme en el camino que de Vitoria conduce a Bayona, compeliendo a toda la derecha enemiga a que fuese vía de Pamplona.
No hubo ya entonces entre los franceses sino desorden y confusión: imposible les fue sostenerse en ningún sitio, arrojados contra la ciudad o puestos en fuga desatentadamente. Abandonáronlo todo, artillería, bagajes, almacenes, no conservando más que un cañón y un obús. Perdieron los enemigos 151 cañones, y 8000 hombres entre muertos y heridos; 5000 no completos los aliados, de los que 3300 eran ingleses, 1000 portugueses y 600 españoles. No más de 1000 fueron los prisioneros, por la precipitación con que los enemigos se pusieron en cobro al ser vencidos, y por ampararlos lo áspero y doblado de aquella tierra. Gran presa
que hacen
los aliados. José, estrechado de cerca, tuvo al retirarse que montar a caballo y abandonar su coche, en el que se cogieron correspondencias, una espada que la ciudad de Nápoles le había regalado, y otras cosas de lujo y curiosas, con alguna que la decencia y buenas costumbres no permiten nombrar.