Igual suerte cupo a todo el convoy que estaba a la izquierda del camino de Francia saliendo de Vitoria. Era de grande importancia, y se componía de carruajes y de varios y preciosos enseres pertenecientes a generales y a personas del séquito del intruso: también de artillería allí depositada, y de cajas militares llenas de dinero, que se repartieron los vencedores, y de cuya riqueza alcanzó parte a los vecinos de la ciudad y de los inmediatos barrios. Estableciose en el campo un mercado a manera de feria, en donde se trocaba todo lo aprehendido, y hasta la moneda misma, llegando a ofrecerse ocho duros por una guinea como de más fácil transporte. Perdido quedó igualmente el bastón de mando del mariscal Jourdan, que viniendo a poder de lord Wellington, hizo este con él rendido y triunfal obsequio al príncipe regente de Inglaterra, quien remuneró al ilustre caudillo con el de feld-mariscal de la Gran Bretaña, merced otorgada a pocos.

¡Qué de pedrería y alhajas, qué de vestidos y ropas, qué de caprichos al uso del día, qué de bebidas también y manjares, qué de municiones y armas, qué de objetos en fin de vario linaje no quedaron desamparados al arbitrio del vencedor, esparcidos muchos por el suelo, y alterados después o destruidos! Atónitos igualmente andaban y como espantados los españoles del bando de José que seguían al ejército enemigo, y sus mujeres y sus niños, y las familias de los invasores, poniendo unos y otros en el cielo sus quejidos y sus lamentos. Quién lloraba la hacienda perdida, quién al hijo extraviado, quién a la mujer o al marido amenazados por la soldadesca en el honor o en la vida. Todo se mezcló allí y confundió. Aquel sitio representábase caos de tribulación y lágrimas, no liza solo de varonil y carnicero combate.

Quiso lord Wellington endulzar en algo la suerte de tanto infeliz enviando a muchos, en especial a las mujeres de los oficiales, a Pamplona con bandera de tregua. Y esmerose en dar a la condesa Gazan particular muestra de tan caballeresco y cortesano porte, poniéndola en libertad después de prisionera, y permitiéndola además ir a juntarse con su esposo conducida en su propio coche, que también había sido cogido con la demás presa.

(* Ap. n. [22-9].)

Asemejose el campo de Vitoria en sus despojos a lo que Plutarco [*] nos ha transmitido del de la batalla de Iso, teniendo solo los nuestros menor dicha en no haber sido completa la toma del botín, como entonces lo fue con la entrega de Damasco, pues ahora salvose una parte en un gran convoy que salió de Vitoria escoltado por el general Maucune a las cuatro de la mañana del mismo día 21. En él iban los célebres cuadros del Ticiano y de Rafael expresados antes, muestras y ejemplares del gabinete de historia natural, y otros efectos muy escogidos. Impidieron el alcance y el entero apresamiento del convoy refuerzos que este recibió, y azares de que luego daremos cuenta.

Han comparado algunos esta jornada de Vitoria a la que no lejos del propio campo vio España en el siglo XIV, en cuya contienda también se trataba de la posesión de un trono, apareciendo por un lado ingleses y el rey Don Pedro, y por el otro franceses y Don Enrique el Bastardo. (* Ap. n. [22-10].) Pero si bien allí, según nos cuenta la crónica,[*] empezaron las escaramuzas cerca de Aríñez, y por lo mismo en paraje inmediato al sitio de la presente batalla, en un recuesto que desde entonces lleva en el país el nombre de Inglesmendi, que quiere decir en vascuence cerro de los ingleses, no se empeñó formalmente aquella sino en Navarrete y márgenes del Najerilla, no siendo tampoco exacto ni justo formar parangón entre causas tan desemejantes y entre príncipes tan opuestos y encontrados por carácter y origen.

Golpe terrible fue para los franceses la pérdida de batalla tan desastrada, viéndose desnudos y desposeídos de todo, hasta de municiones, y acabando por destruirse la disciplina y virtud militar de sus soldados, ya tan estragada. Sus apuros en consecuencia crecieron en sumo grado, porque abandonadas tantas estancias en lo interior de España, no defendidas las del Ebro, y repelidos y deshechos sus batallones en el país quebrado de las provincias Vascongadas, nada les quedaba, ni tenían otro recurso sino evacuar a España y sustentar la lid dentro de su mismo territorio. Notable mudanza y trastrocamiento que convertía en invadido al que se mostraba poco antes invasor altanero.

Gracias
que se conceden
a lord Wellington.

Por tan señalada victoria viose honrado lord Wellington con nuevas mercedes y recompensas, además de la del cargo de feld-mariscal de que ya hemos hecho mención. El parlamento británico votó acción de gracias a su ejército, y también al nuestro; lo mismo las Cortes del reino, las que, a propuesta de Don Agustín de Argüelles, concedieron a lord Wellington por decreto de 22 de julio, para sí, sus herederos y sucesores, el sitio y posesión real conocido en la vega de Granada bajo el nombre del Soto de Roma, con inclusión del terreno llamado de las Chanchinas, dádiva generosa de rendimientos pingües.

Testimonio de
agradecimiento
al general Álava.