Viose también justamente galardonado, si bien de otra manera, el general Don Miguel de Álava, recibiendo del ayuntamiento de Vitoria, a nombre del vecindario, una espada de oro, en que iban esculpidas las armas de su casa y las de aquella ciudad, de donde era natural. Testimonio de amor y reconocimiento muy grato al general, por haber conseguido la eficacia y celo de este preservar a sus compatriotas de todo daño y tropelías después de la batalla dada casi a sus puertas.
Persíguese
a los franceses
por el camino
de Pamplona.
Encomendose al centro y derecha del ejército aliado la persecución del grueso del enemigo, que se retiraba en desorden camino de Pamplona, quemando, asolando y cometiendo mil estragos en los pueblos del tránsito. Una intensa lluvia que duró dos días estorbó a lord Wellington acosar más de cerca a sus contrarios, los cuales iban tan depriesa y despavoridos que al llegar a Pamplona quisieron saltar por cima de las murallas, estando cerradas las puertas, y deteniéndolos solo el fuego que les hicieron de dentro. Celebraron allí los jefes enemigos un consejo de guerra en que trataron de volar las fortificaciones y abandonar la plaza. Opúsose José, pensando sería útil su conservación para proteger la retirada y no causar en los suyos mayor desánimo; mandando de consiguiente abastecerla de cuanto a la fuerza o de grado pudiera recogerse en aquellos contornos: último acto de soberanía que ejerció, instable siempre la suya, transitoria y casi en el nombre. Llegaron los aliados a la vista de Pamplona en sazón en que no estaba aún lejana la retaguardia francesa, que caminaba, como lo demás del grueso de su ejército, en busca de la tierra nativa.
Y por el de Irún.
En tanto que así obraba el centro y derecha de los aliados, otra incumbencia cupo a toda la izquierda. La parte de esta que se componía de las tropas españolas bajo Don Pedro Agustín Girón, y la división que se le agregó de D. Francisco Longa, tuvieron orden de dirigirse por la calzada que va de Vitoria a Irún tras del convoy que había salido de aquella ciudad en la madrugada del 21; y así lo verificaron el 22 aunque tarde, aguardando subsistencias, y forzados también a contramarchar durante corto rato por la voz esparcida de que Clauzel se hallaba próximo con rumbo a Vitoria. Incidentes que retrasaron algo en aquel día el movimiento del general Girón, si bien la presencia de la fuerza de Longa, que iba delantera, aceleró la partida de los enemigos de Mondragón, a quienes se cogieron 90 prisioneros, quedando herido levemente el general Foy, y 300 hombres fuera de combate.
Y noticioso Wellington de que los españoles de Girón podrían tener que habérselas, no solo con la división francesa de Maucune que escoltaba el convoy antes expresado, sino además con Foy y los italianos, determinó que Graham con toda la izquierda británica fuese en apoyo de los nuestros, tomando la ruta traviesa del puerto de San Adrián que enlaza el camino real de Irún con el de Pamplona, y que se enderezase a Villafranca, poniéndose, si dable fuera, a la espalda del general Foy. Dilación en el recibo de las órdenes, el mal tiempo y lo perdido de aquel camino, de suyo agrio y muy escabroso, no consintieron que Sir Thomas Graham se menease tan pronto como era de desear.
Bien le vino a Foy la tardanza para proceder más desahogadamente. Este general, de condición activa y emprendedora, no había descansado desde el momento en que tomó a Castro-Urdiales, afanado de continuo en perseguir a los batallones vascongados, en cuyas peleas distinguiose por nuestra parte el coronel Don Antonio Cano. Nada importante había Foy alcanzado cuando José le ordenó acudir a Vitoria en socorro suyo. Apresurose Foy a cumplir con lo que se le prevenía, y se colocó entre Plasencia y Mondragón, llamando a sí para engrosar su gente las guarniciones de varios puntos fortalecidos. Entre ellas contábase como de las principales la de Bilbao, en donde estaban los italianos y el general Rouget, quienes el 20 evacuaron la villa, y tan depriesa, que si bien clavaron la artillería, dejaron intactas las fortificaciones, aguijados por las órdenes de Foy, y también por Don Gabriel de Mendizábal, que dejando alguna fuerza en el bloqueo de Santoña, uniose sobre aquella comarca con casi toda la séptima división, que componían los batallones vascongados.
Reencuentro
en Mondragón.
Uniéronse los italianos y franceses en Vergara, a cuyo movimiento, feliz para ellos, favoreció mucho la resistencia que, aunque costosa, hizo al efecto en Mondragón el general Foy. Este capitaneó en seguida la retirada de aquellas tropas, que juntas ascendían a 12.000 hombres, con gran valor y presencia de ánimo, desvelándose por su conservación, expuesta bastantemente porque amenazábalos por el frente Don Pedro Agustín Girón y por la espalda el general Graham. Afortunadamente para Foy, librole de infausto suceso su presteza, y la tardanza en la marcha del inglés nacida de lo que hemos apuntado. En Villafranca. Por manera que al llegar Graham a Villafranca, encontrose el día 24 de junio solo ya con la retaguardia enemiga, desalojada también en breve de los puestos que ocupaba a la derecha del Oria, fronteros al pueblo de Olaberría. Situáronse en seguida cerca de Tolosa de Guipúzcoa todas las fuerzas que gobernaba Foy, cubriendo el camino de Francia y el que de allí se dirige a Pamplona, con ademán de hacer rostro a los aliados. Aquella noche se unió al general Graham la división de Longa, y tres cuerpos de la gente de D. Pedro Agustín Girón, quien maniobró acertadamente al avanzar a Vergara, destacando por su derecha, camino de Oñate, al citado Longa, con intento de que apretase al enemigo por su flanco izquierdo del lado de la cuesta de Descarga. Evolución que aceleró la marcha de los enemigos y los molestó.
En Tolosa.