Tratose ahora de ahuyentar de Tolosa al francés, y de enseñorear la posición que ocupaba. Entre seis y siete de la tarde del día 25 empezó el ataque general. Apoyábase la izquierda del enemigo en un reducto casi inexpugnable, contra cuyo sitio marchó Longa por Alzo sobre Lizarza; descansaba su derecha en una montaña que cortaba por el frente un profundo y enriscado barranco, y se encargó a Don Gabriel de Mendizábal, que se había adelantado de Azpeitia, el maniobrar por este lado del mismo modo que Longa por el opuesto. Enseñoreaban además los franceses la cima de una montaña interpuesta entre las carreteras de Vitoria y Pamplona, de donde los arrojó con gran valor y maestría el teniente coronel británico de nombre Williams. Perdieron también los enemigos las demás posiciones, atacadas vigorosamente por todas las tropas combinadas, distinguiéndose las españolas en varios parajes. Foy, presente en muchos, hizo en todos gloriosa y atinada resistencia. Al fin abrigose a la villa, la cual hallábase fortificada y era arduo tomarla, y más de rebate. Las puertas de Castilla y Navarra barreadas, y aspillerados los muros, diversos conventos y edificios fortalecidos, dándose entre sí la mano, y además en la plaza o centro un fortín portátil de madera, a traza de los fijos y por lo común de piedra o material, que ahora llaman Blockhaus; formando el todo un conjunto de defensas que podía ofrecer resistencia vigorosa y larga. Sin embargo, acometida de firme la villa, abandonáronla los franceses y la entraron los aliados, ya muy de noche, con aplauso y universales vítores de los vecinos.
Se replegó a Andoain el general Foy y cortó el puente; deteniéndose Graham dos días en Tolosa, por querer cerciorarse antes del avance de Wellington por su derecha, camino de Pamplona. Don Pedro Agustín Girón parose menos, y prosiguió adelante yendo tras Foy, que cejó metiéndose en Francia sin gran detención, sabedor de la retirada de José y puesto ya en cobro el convoy que Maucune escoltaba, y por cuya salvación suspiraban los contrarios tanto.
Arroja
el general Girón
a los franceses
del otro lado
del Bidasoa.
Llegado que hubo a Irún el general Girón, pensó en atacar la retaguardia enemiga que todavía conservaba algunos puestos en la frontera española, encargando la ejecución al brigadier Don Federico Castañón, quien desalojó bizarramente a los enemigos que estaban colocados delante del puente del Bidasoa, siendo destinados para la acometida el regimiento de la Constitución, que guiaba su coronel Don Juan Loarte, y la compañía de cazadores del segundo regimiento de Asturias. Permanecieron los franceses no obstante inmobles en las cabezas fortificadas del puente, y para arrojarlos de ellas dispuso Girón traer una compañía de artillería de a caballo, manejada por Don Pablo Puente, y pidió a los ingleses otra de la misma arma, que se presentó luego al mando del capitán Dubourdieu, juntas las cuales diose comienzo a batir vigorosamente las obras de los contrarios, quienes, sufriendo mucho, volaron las de la izquierda del río y quemaron el puente. Sucedió esto en 1.º de julio a las seis de la tarde; día y hora memorable en la que adquirió Don Pedro Agustín Girón, primogénito entonces del marqués de las Amarillas y hoy duque de Ahumada, la apetecida gloria de haber sido el primero que por este lado arrojó fuera del suelo patrio las tropas de los enemigos.
Se rinden
los fuertes
de Pasajes.
Al propio tiempo apoderose Don Francisco Longa de los fuertes de Pasajes, puerto importante, rindiéndosele 147 hombres de que constaba la guarnición, incluso el gobernador. Y como iba de dicha, también se hizo dueño de los de Pancorbo el conde del Abisbal, situados en garganta angosta que circuyen empinadísimos montes, por donde corre estrechado el camino que va de Vitoria a Burgos. También
los de Pancorbo. Eran dos, el llamado de Santa María, en paraje inferior, y el de Santa Engracia, que se miraba como el más principal. Ganose aquel por asalto el 28 de junio, y capituló el otro dos días después, privado de agua y amenazado de ruina por los fuegos de una batería que con gran presteza se construyó, bajo la dirección del comandante de ingenieros Don Manuel Zapino, en la loma de la Cimera; habiendo ideado el modo de subir las piezas, y ejecutádolo hábil y rápidamente los oficiales de artillería Ferraz, Saravia y Don Bartolomé Gutiérrez. También se distinguió el brigadier Don José Latorre, que se hallaba a la cabeza de la infantería empleada en el sitio. Quedaron prisioneros unos 700 hombres junto con su comandante, apellidado de Ceva. No tardó Abisbal en ponerse en marcha, debiendo encaminar sus pasos, según órdenes de lord Wellington, por Logroño y Puente la Reina a Pamplona, a cuyos alrededores llegó en los primeros días de julio.
Persiguen
los ingleses
por Navarra
hasta Francia
a José.
No le podía estorbar ya en su marcha el general Clauzel, de cuyas operaciones daremos en breve cuenta, teniendo antes que terminar la narración de las maniobras de las tropas aliadas que dejamos a la vista de Pamplona. De ellas, las que componían la derecha del ejército siguieron, al mando de sir Rowland Hill, el rastro de José y su ejército, el cual se metió en Francia por tres de las cinco principales comunicaciones que tiene la Navarra con aquel reino, a saber: 1.º, por el puerto de Arraiz en el valle de Ulzama con rumbo a Donamaría y valle de San Esteban de Lerín hasta Lesaca y Vera, partido de las Cinco Villas de la Montaña, internándose luego en Francia con dirección a Urrugne. Iba por aquí el ejército enemigo llamado del Centro, y en su compañía José, afligido y triste. Al tocar las cumbres que parten términos entre ambos reinos saludaron los soldados franceses con lágrimas de regocijo el suelo de la patria que muchos no habían visto años hacía, echando sus miradas deleitosamente por las risueñas y frondosas márgenes del Nive y el Adour, verdegueantes, tranquilas y ricas, y a sus ojos aún más bellas en la actualidad, comparándolas con la tierra de España inquieta y turbada ahora, de naturaleza por este lado desnuda, y de severo y ceñudo aspecto. 2.º, Por Velate y Valle de Baztán, pasando el puerto de Maya, y de allí a Urdax hasta salir de los lindes españoles. Y 3.º y último, por Roncesvalles, de recuerdo triste para el francés a dicho de romanceros, atravesando por Valcarlos y yendo a parar a San Juan de Pie de Puerto. Los ejércitos de Portugal y Mediodía que fueron los que marcharon por los dos puntos postreros, diéronse la mano entre sí y con el del Centro, alargándola luego a las demás tropas de su nación que habían cruzado por el Bidasoa. Púsose Hill a caballo en las montañas observando la tierra enemiga, mas sin emprender cosa importante, conforme a instrucciones de lord Wellington, no olvidándose este tampoco de Clauzel, contra quien destacó fuerzas considerables de su centro.
Clauzel,
su avance
y retirada.
Aquel general habíase acercado a Vitoria al día siguiente de la batalla, ignorando lo que ocurría y en cumplimiento de mandato expreso de José. Observábale siempre Don Francisco Espoz y Mina, a quien se había agregado Don Julián Sánchez con sus jinetes, y ambos por orden de lord Wellington circuíanle y le molestaban de modo que marchaba como aislado y a ciegas. Estaba ya adelantada a estas horas en Vitoria la sexta división inglesa del cargo del mayor general Pakenham, única que no tomara parte en la batalla, habiendo quedado apostada en Medina de Pomar para asegurar el arribo al ejército de socorros y municiones de boca y guerra. Su presencia, y la certeza de lo sucedido, retrajo a Clauzel de proseguir adelante, y retrocediendo abandonó a Logroño el 24 de junio acompañado de la guarnición, y marchó lo largo de la izquierda del Ebro, cuyo río pasó por el puente de Lodosa, llegando a Calahorra el 25. Supo el 26, entrando en Tudela, que venían sobre él respetables fuerzas de los aliados, y llevándose igualmente consigo la gente que custodiaba aquella ciudad, partió la vuelta de Zaragoza. No era de más su precaución y recelos, pues en efecto Wellington, según apuntamos antes, había destacado ya de las cercanías de Pamplona tres divisiones suyas, y mandado además a Pakenham, y a otra división que se hallaba en Salvatierra, siguiesen detrás del enemigo por las orillas del Ebro, juzgando sería aquella suficiente fuerza para escarmentar a Clauzel, si insistía en mantenerse en Navarra. No lo hizo este así, y por tanto avanzaron los ingleses más allá de Tudela, dejando al cuidado de Mina picar la retirada de los contrarios y observar sus movimientos.