Tomado el castillo de la Aljafería, recibió Mina orden de Wellington para avanzar a Sangüesa y favorecer el asedio de Pamplona, guarneciendo a Zaragoza con un batallón, y destacando contra Jaca y Monzón otros 2, que debían comenzar el bloqueo de aquellas plazas.
Suchet se retira
más allá
de Tarragona.
Claramente advirtió Suchet entonces cuán imposible le era sostenerse en sus estancias, y cuán ocioso además, dueños ya los españoles de casi todo Aragón. Por tanto, dispuso cruzase su ejército el Ebro del 14 al 15 de julio por Mequinenza, Mora y Tortosa, ordenando antes al general Isidoro Lamarque recoger y poner en cobro las cortas guarniciones de Belchite, Fuentes, Pina y Bujaraloz; difícil, si no, el desencerrarlas después. Conservó a Mequinenza, y de gobernador, con 400 hombres, al general Bourgeois; no desamparando tampoco a Monzón, por considerar ambos puntos como avanzados resguardos de la plaza de Lérida, cuyos muros visitó, removiendo a su gobernador, el aborrecido Henriod, molestado de gota y de inveterados achaques, y poniendo en su lugar al citado Lamarque.
Pasó en seguida Suchet con su ejército a Reus, Valls y Tarragona, en cuyo recinto mandó preparar hornillos para volar las fortificaciones en caso de que se aproximasen los aliados, encargando la ejecución a la diligencia y buen tino del general Bertoletti. Hecho lo cual, trasladose a Villafranca del Panadés, tierra feraz y pingüe, y de donde, sin alejarse mucho de Tarragona, dábase la mano con Barcelona y el general Decaen.
Le incomodan
y avanzan
los españoles.
Por su parte los españoles moviéronse también: Copons, para incomodar el flanco derecho de Suchet y cortarle los víveres; lord Bentinck y la expedición anglo-siciliana con la división de Whittingham y el tercer ejército bajo del duque del Parque, avanzando al Ebro y cruzándole por un puente volante que echaron en Amposta, protegidos en sus maniobras por la marina inglesa. Tampoco omitieron destacar al paso gente que ciñese la plaza de Tortosa, empezando a embestir ya el 29 de julio la de Tarragona. Siguió ocupando el segundo ejército el reino de Valencia, y bloqueó los puntos en que había quedado guarnición enemiga, excepto la división de Sarsfield, que no tardó en pasar a Cataluña.
Estado
de Aragón.
Aquí los dejaremos por ahora a unos y a otros, queriendo echar una ojeada sobre el estado de estas provincias recién evacuadas. En Aragón habíase mantenido viva la llama del patriotismo, especialmente en ciertas comarcas, bien que yaciesen los ánimos caídos y amortiguados por el yugo que de continuo pesaba sobre ellos. Invariables los naturales en sus pensamientos, ayudaban debajo de mano, si no podían de público, la buena causa, y elevaban siempre al cielo fervorosas oraciones por el triunfo de ella, después de servirla a la manera que les era lícito; y en Zaragoza no se limitaban a encerrar en sus pechos la tristeza y duelo, sino que aún vestían luto en lo interior de las casas en los días y anuales de calamidades y desdichas públicas.
Contribuciones
que pagó.
Hiciéronse allí sentir mucho las cargas y exacciones, sobre todo en un principio, que fueron pesadas y sin cuento. Más llevaderas parecieron al encargarse Suchet del mando, no porque se aminorasen en realidad, sino por el orden y mayor justicia que adoptó aquel mariscal en el repartimiento. Entraron en las arcas de los recibidores generales franceses de Aragón desde 1810 hasta la evacuación en 1813 gruesas sumas, no incluyéndose en ellas lo exigido en 1809, ni el valor de las raciones ni otras derramas de cuantía echadas por los jefes y por varios subalternos. Y si a esto se agrega lo que por su lado cobraron los españoles, calcularse ha fácilmente lo mucho que satisfizo Aragón, aprontando tres y cuatro veces más de lo que acostumbraba en tiempos ordinarios cuando la riqueza y los productos, siendo muy superiores, favorecían también el pago de los impuestos.