También el enemigo tornó a pisar la tierra de Francia, dejando solo 2 divisiones en el puerto de Echalar, a las que desalojó Wellington por medio de una combinada maniobra de las divisiones cuarta, séptima y ligera, que sucedió bien y completamente.
Aunque lejana la fuerza principal del cuarto ejército español del teatro de estos combates, no por eso permaneció ociosa. Supo su general Don Pedro Agustín Girón, al amanecer del 1.º, lo acaecido cerca de Pamplona, y previendo que alguna columna enemiga se replegaría por Santisteban, permitió inquietarla a Don Francisco Longa, que se lo propuso, mandando además a Don Pedro de la Bárcena ocupar con la primera brigada de su división los puntos de Vera y Lesaca. Sobre aviso Longa, y noticioso de que los enemigos iban de retirada, adelantó 3 compañías al puente de Yanci, que, si bien ciaron en un principio, volvieron en sí acudiendo Bárcena, y disputaron juntos el paso a los franceses, durante cinco horas, el día 1.º de agosto. Obligados los enemigos a rehacerse, tomaron nuevas precauciones para vencer tan inesperada resistencia, pero gastando en ello mucho tiempo, dieron lugar a que despacio y ordenadamente se replegasen los nuestros refugiándose en las alturas. Reencuentro fue este glorioso y que mereció alabanzas de lord Wellington. Ascendió la pérdida del ejército aliado en tan diversos combates y peleas a 6000 hombres entre muertos, heridos y extraviados. Pasó de 8000 la de los franceses.
Capacidad y consumada pericia desplegaron lord Wellington y el mariscal Soult en aquellas jornadas que malamente llamaron algunos batalla de los Pirineos. Fueron por ambos lados muy acertadas y bien entendidas las marchas y movimientos, ya perpendiculares ya en dirección paralela que cada cual imaginó o se vio obligado a practicar, graduándose esta de parte muy importante y difícil en el arte de la guerra, si bien adecuada para que el hombre de profundo ingenio desdoble sus facultades empleadas a la vez en percibir muchos objetos y en abrazar número grande de combinaciones; sobre todo siendo, como aquí, el campo de la lid un país quebrado y montuoso, lleno de desfiladeros, tropiezos, tornos y revueltas, en donde no es muy hacedero al general en jefe obrar desembarazadamente y con voluntad exclusiva y pronta.
Se estrecha
de nuevo
a San Sebastián.
Pensaron ahora los aliados en apretar más y más el sitio de San Sebastián. Suspendido este en julio, emprendiose de nuevo el 24 de agosto, haciendo propósito los ingleses de franquear más las brechas anteriores y abrir otra en el semibaluarte de Santiago a la izquierda del frente principal. Para ello aumentaron baterías en el istmo y también al otro lado del Urumea. Igualmente desembarcaron fuerzas en la isla de Santa Clara, roca erguida a la boca del puerto, y la tomaron, como asimismo a unos 30 soldados que la guardaban.
La asaltan
los aliados.
Apareciendo ya entonces buenas y practicables las brechas, dispúsose todo para dar el asalto el 31 de agosto. Las once de la mañana eran y hora de la baja marea cuando salieron de las trincheras las columnas de ataque. Fue este impetuoso, recibiéndole los enemigos serena y briosamente. Larga y reñida contienda se trabó, con visos ya de malograrse para los aliados, si a dicha no se hubiese prendido fuego a un acopio de materias combustibles almacenadas cerca de la brecha, causando tal estampido y retumbo que se sobrecogieron los enemigos y espantaron, aprovechándose de ello los anglo-portugueses para apoderarse de la cortina y meterse dentro de la ciudad. La entran
a viva fuerza. Retiráronse apriesa los franceses y se refugiaron en el castillo, cogiendo los aliados unos 700 prisioneros. Tuvieron los sitiadores más de 500 muertos y sobre 1500 heridos: contose entre los primeros al ilustre ingeniero sir Ricardo Fletcher, principal trazador de las líneas de Torres Vedras. Con la lluvia y el humo denso oscureciose la tarde del 31; por el contrario la noche que brilló clara y resplandeciente, si bien con llamas lúgubres encendidas quizá o al menos atizadas por el vencedor desalumbrado y perdido.
Se incendia
y la saquean
los anglo-portugueses.
Melancolízase y se estremece el ánimo solo al recordar escena tan lamentable y trágica, a que no dieron ocasión los desapercibidos y pacíficos habitantes, que alegres y alborozados salieron al encuentro de los que miraban como libertadores, recibiendo en recompensa amenazas, insultos y malos tratos. Anunciaban tales principios lo que tenían aquellos que esperar de los nuevos huéspedes. No tardaron en experimentarlo comportándose en breve los aliados con San Sebastián como si fuese ciudad enemiga, que desapiadado y ofendido conquistador condena a la destrucción y al pillaje. Robos, violencia, muertes, horrores sin cuento sucediéronse con presteza y atropelladamente. Ni la ancianidad decrépita, ni la tierna infancia pudieron preservarse de la licencia y desenfreno de la soldadesca, que furiosa forzaba a las hijas en el regazo de las madres, a las madres en los brazos de los maridos, y a las mujeres todas por doquiera. ¡Qué deshonra y atrocidad! Tras ella sobrevino al anochecer el voraz incendio; si casual, si puesto de intento, ignorámoslo todavía. La ciudad entera ardió, solo 60 casas se habían destruido durante el sitio: ahora consumiéronse todas excepto 40, de 600 que antes San Sebastián contaba. Caudales, mercadurías, papeles, casi todo pereció, y también los archivos del consulado y ayuntamiento, precioso depósito de exquisitas memorias y antigüedades. Más de 1500 familias quedaron desvalidas, y muchas saliendo como sombras de en medio de los escombros, dejábanse ver con semblantes pálidos y macilentos, desarropado el cuerpo y martillado el corazón con tan repetidos y dolorosos golpes. Ruina y destrozo que no se creyera obra de soldados de una nación aliada, europea y culta, sino estrago y asolamiento de enemigas y salvajes bandas venidas del África. Las autoridades españolas pusieron sus clamores en el cielo, y el ayuntamiento y muchos vecinos reunidos en la comunidad de Zubieta elevaron a lord Wellington enérgicas y sentidas, aunque inútiles, representaciones; lo mismo que al gobierno supremo de la nación: siendo dignas de inmortal memoria las actas de tres sesiones que se celebraron en aquel sitio dirigidas a enjugar las lágrimas de tantos infelices, y a poner algún remedio en tales desdichas y a tan acerbos males. Pues no desmayados ni abatidos los que allí acudieron, no solo emplearon sus tareas en tan laudable y santo objeto, sino que quisieron también hacer que de entre sus cenizas renaciese la ciudad a ejemplo de lo que practicaron sus mayores con el antiguo y arruinado pueblo de Oiasso en los siglos XII y XV, reinando Don Sancho el Sabio de Navarra y los Reyes Católicos. Reedificose ahora San Sebastián en pocos años a expensas de los moradores y a impulso de sus infatigables esfuerzos, siguiéndose en su construcción una nueva y hermoseada traza, con lo que volvió a levantarse aquella ciudad más galana, elegante y bella.
Cuarto ejército
español.