Al evocar aquel período, recuerdo que me sorprendió algún tanto la placidez que demostró Agustín, después de sus arrebatos de Annecy, revestidos de un carácter de violencia sombría y halagadora. Placidez apasionada, galante, tierna, pero placidez. ¿Esperaba yo que me aplicase antorchas encendidas? ¿Quería un martirio ferozmente amoroso? Hubo monerías, hubo mil gentilezas. Brasas bien contenidas dentro de una estufa correcta, con guardafuego de bronce.

—Acuérdate, Agustín, de que eres mi novio...

Cambiaba con estas palabras el giro de la conversación. Salían á relucir por centésima vez mis cualidades, lo que me diferenciaba del resto de las mujeres del mundo, lo que explicaba aquel sentimiento único, elevado á la máxima potencia, inspirado por mí... Almonte sabía expresar á la perfección los matices de su sentir. Hubo momentos en que se me impuso la convicción. Sin duda, en realidad, yo le había caído muy hondo. No usaba, para probármelo, de excesivas hipérboles, ni de imágenes coloristas, á lo árabe; su modo de cortejar tenía algo de sencillo, natural y fuerte.

—Lo eres todo para mí. Haz la prueba de dejarme. Allí se habrán concluído la carrera y las ilusiones de Agustín Almonte. Unete conmigo, y verás... Nadie abrirá huella como la que yo abra. Cada hombre encuentra en su camino cientos de mujeres, y sólo una decide de su existir. Hay una mujer para cada hombre. Esa eres tú, para mí. ¿Te extraña que no te deshaga en mis brazos, sin esperar...? Es que te respeto, ¡con un respeto supersticioso! Y es que, á fuerza de quererte, sé quererte de todas maneras... La manera de amistad, la que primero contratamos, persiste. Sólo que va más allá de la amistad, y es un cariño... un cariño como el que se tiene á las madres y á las hermanas, por quienes no habría peligro que no arrostrásemos... ¡Qué dicha, arrostrar peligros por tí! ¡Salvarte, á costa de mi existencia!

He recordado después, en medio de otras orientaciones, esta frase del proco. Las ondas del aire, agitadas por la voz, deciden del destino. Parece que la palabra se disuelve, y, sin embargo, queda clavada, hincada no se sabe dónde, traspasando y haciendo sangrar la conciencia.

En la mía, algo daba la voz de alarma. Por mucho que había querido yo mantenerme más alta que las turbieces del amorío, era como si alguien, envuelto en barro, pretendiese no mancharse con él. Ejemplo de esta imposibilidad me la había dado un espectáculo natural, el de la junción del Arve, que baja de los desfiladeros, con el Ródano. Es el Arve furioso torrente que desciende de los glaciares del Mont Blanc, engrosado por el derretimiento de las nieves, y cruza el valle de Chamounix. Arrastra légamo disuelto; su color, de leche turbia y sucia, y la espuma amarillenta que levanta, contrastan con el Ródano cerúleo, zafireño, en cuyo seno va á derramar la impureza. Introducido ya el torpe río, violando con ímpetu la celeste corriente, no quiere ésta sufrir el brutal acceso, y no mezcla sus aguas, de turquesa líquida, con las ondas de lodo. La línea de separación entre el agua virginal y el agua contaminada, es visible largo tiempo. Al cabo, triunfa el profanador, mézclanse las dos linfas, y la azul, ya manchada y mancillada, no recobrará su divina transparencia, ni aun próxima á perderse y disolverse en el mar inmenso...

—Tal va á ser mi suerte...—pensaba, releyendo estrofas de Lamartine, ni más ni menos que si estuviésemos en la época de los bucles encuadrando el óvalo de la cara y las mangas de jamón. ¡Bah! En secreto, aún se puede leer á Lamartine... Mi desquite es leerlo á solas... Agustín acaso me embromaría, si le cuento este ejercicio rococó.

Arrebujada en mis encajes antiguos avivados con lazos de colores nuevos, de blanda y fofa cinta liberty; mientras Maggie, silenciosa, dispone mi baño y coloca en orden la ropa que he de ponerme para bajar á almorzar, mis atavíos de turista, mis faldas cortas de sarga ó franela tennis, mis blusas «camisero» de picante airecillo masculino, mi calzado á lo yankee, yo aprendo de memoria, puerilmente.

«Ainsi, toujours poussés vers de nouveaux rivages, dans la nuit éternelle emportés sans retour, ne pourrons nous jamais, sur l’ócean des âges jeter l’ancre un seul jour...?»

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