«¿Un jour, t’en souvient il? nous voguions en silence...»

Parecía el poeta traducir la sorda inquietud de mi espíritu, que tantas veces se preguntaba porqué todo es transitorio. Y si la idea de lo inmundo no puede asociarse á la del amor, tampoco podrá la de lo transitorio y efímero. ¡Un amor que se va de entre los dedos! La pena de lo deleznable, aquí la situó Lamartine, en este lago Leman por él tan de relieve pintado, al suplicarle que conserve, por lo menos, el recuerdo de lo que pasó, de lo que creyó llenar el mundo.

«Q’uil soit dans ton repos, q’uil soit dans tes orages, beau lac, et dans l’aspect de tes riants coteaux, et dans ces noirs sapins, et dans ces rocs sauvages, qui pendent sur tes eaux!...»

¿Fué la lectura... la lectura, la melodía, el suspiro contenido, nostálgico, de este sentir anticuado ya, lo que me hizo culpable de un pecado tan grave, tan irreparable?... ¿Podrá serme perdonado nunca?

Yo no sé cómo nació en mí la inconcebible idea. Mejor dicho: no considero que se pueda calificar de idea; á lo sumo, de impulsión. Y ni aun de impulsión, si se entiende por tal una volición consciente. Fué algo nubloso, indefinido; no me es posible recoger la memoria para retroceder hasta el origen de la serie de hechos que produjo la catástrofe. Ningún juez del mundo encontraría base para imputarme responsabilidad. Todos me absolverían. Sólo yo, aunque no acierte á precisar circunstancias, conozco que hubo en mí ese hervor que prepara sucesos y que, en vaga visión, hasta los cuaja y esculpe de antemano. Hay un extraño fenómeno psicológico, que consiste en que, al oir una conversación ó presenciar el desarrollo de una escena, juraríamos que ya antes habíamos escuchado las mismas palabras, asistido á los mismos acontecimientos. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿En qué mundo? Eso no lo sabríamos explicar; es uno de los enigmas de nuestra organización. Tal hubo de sucederme con lo que pasó en el lago. No sólo no me sorprendió, sino que me parecía poder repetir, antes de que hubiese sucedido, frases, conceptos y detalles relacionados con un hecho tan extraordinario y, si se mira como debe mirarse, tan imprevisto... Porque ¿quién afirmaría que lo preví? ¿Que pude preverlo ni un solo instante? Y si no lo preví, si no cooperé á que sucediese por una serie de flexiones y de movimientos de la voluntad, ¿cómo pudo volver á mi conciencia en forma de estado anterior de mi conocimiento? Repito que mis nociones se confunden y mi parte de responsabilidad constituye para mí terrible problema...

Lo que sé decir es que, según avanzaba nuestro noviazgo y se acercaba la fecha de que se convirtiese en tangible realidad; según mi futuro—ya no debo llamarle proco,—extremaba sus demostraciones y apuraba sus finezas; á medida que debiera yo ir penetrándome del convencimiento de que en él existía amor, y amor impregnado de ese anhelo de sacrificio que ostenta los caracteres del heroísmo moral, una zozobra, una impulsión indefinible nacía en mí, que revestia la forma de un ansia de vida activa y agitadamente peligrosa, en medio de una naturaleza que cuenta al peligro entre sus elementos de atracción. En vez de gustarme permanecer horas largas y perezosas en la veranda ó en el salón de lectura, ataviada, adornada, perfumada, escuchando á Agustín, en plática alegre y reflexiva, experimentaba continuo afán de conocer los aspectos de la montaña, de recorrerla, de afrontar sus caprichos aterradores.

—¿No habíamos quedado en que no éramos alpinistas? ¿Que no le haríamos competencia á Tartarín?—preguntaba Almonte sin enojo.—¿Quieres que justifique mi apellido? Hágase como tú desees... pero permíteme lamentarlo, porque así pierdo algún tiempo de cháchara deliciosa.

Y, provistos de guías, realizamos expediciones alpestres. Me lisonjeaba la esperanza de tropezar con cualquiera de las variadas formas del alud, fuese el alud polvoriento, esa lluvia de nieve fina como harina, que entierra tan rápidamente á los que alcanza, fuese el que precipita de golpe un enorme témpano, fuese el lento desgaje casi insensible y traidor, el alud resbalón que, con pérfida suavidad, se lleva los abetos y las casas; fuese el más terrible de todos, el sordo, el que está latente en el silencio y estalla fulminante, con espantosa impetuosidad, al menor ruido, al tintinear de la esquila de una cabra. Como no estábamos en primavera, no me tocó sino el alud teatral é inofensivo, el sommer-lauissen, semejante á un río de plata rodeado de espuma de nieve. Cuando le anunció un redoble hondo, parecido al del trueno, miré á Agustín, por si palidecía. Lo que hizo fué fruncir las cejas imperceptiblemente.

Sufrimos, eso sí, una borrasca de nieve, y regresamos al hotel perdidos, excitando la respetuosa admiración de Maggie, para quien sólo merece ser persona el que corre estos azares.

La borrasca de nieve no fué un peligro; fué una aventura tragicómica; estábamos ridículos, mojados, tiritando, con la nariz roja, la ropa ensopada, el pelo apegotado y lacio. En desquite, los Alpes nos ofrecieron su magia, sus cimas iluminadas por el poniente, inflamadas y regias. Al ocultarse el sol, el firmamento, á la parte del Oeste, en las tardes despejadas, luce como cristal blanco, y en las nubosas, sobre el mismo fondo hialino, se tiñe de cromo, de naranja, de rubí auroral, transparente. Volviéndose hacia el Este, densa tiniebla cubre la llanura, mientras las cúspides de las montañas resplandecen como faros, y la zona distante de las cumbres intermedias adquiere una veladura de púrpura sombría. Y la sombra asciende, asciende, no lenta, sino con trágicos, rápidos pasos, y la lucería de la montaña muere, cediendo el paso al tinte cadavérico de su extinción. Ya el sudario obscuro envuelve la montaña, y el cielo, en vez de la blancura reluciente de antes, ostenta un carmín sangriento; la cabellera negra de la sombra hace resaltar los bermejos labios. Un azul de metal empavonado asoma después en el horizonte, y por un momento la montaña resucita, resurge, vuelve á ceñirse el casco de oro. ¡Misterioso fenómeno, sublime! Una noche en que lo presenciábamos, mi pecho se hinchó, mi garganta se oprimió, mis ojos se humedecieron, y tartamudeé, estrechando la mano de Agustín, acercándome á su oído, con ojos delicuescentes: