—¡Dios!

—¿Quieres saber lo que te pasa, Lina mía? amonestó luego él, en la veranda.—Que te estás embriagando de poesía, y se te va subiendo á la cabeza. ¡Oh, lírica, lírica incorregible! Y el caso es que me parecía haberte curado ó poco menos... Niña, en interés tuyo, dejemos los Alpes; vámonos al muy prosaico y complaciente París. Así como así, tienes que dar allí muchos barzoneos por casas de modistas intelectuales...

—¡No sigas, Agustín!—imploré.—No sigas...

—¿Qué te pasa?

—Que todo eso que me estás diciendo ya me lo habías dicho... no sé cuándo... no sé dónde.—Y con voz ahogada, palpitando, reconocí:

¡Tengo miedo!

—¡Miedo tú!—sonrió Agustín.

—Miedo á lo desconocido... ¿No comprendes que entramos en la región de lo desconocido, de lo extraño?

—Lo que comprendo es que no te conviene Suiza. Este país pacífico te alborota, Lina; es preciso que yo dé un objeto concreto á tu grande alma, para que no sea un alma enfermiza, torturada y con histérico. Piensa en tí misma, Lina. Piensa en nuestro amor...

¿Por qué habló de amor y jugó con la palabra sacra? Sería que su destino lo quiso así. Recuerdo haberle respondido: