—Nos iremos pronto... Antes quiero despedirme del Léman, al cual conozco que profesaré siempre una fanática devoción. ¿No te gusta á ti el lago?

—Me gusta lo que te guste—fué su aquiescencia, demasiado pronta, demasiado análoga á la que se manifiesta á los antojos de las criaturas.

Entonces, obedeciendo á un estímulo ignorado, reservadamente, llamé al barquero que solía servirnos, un mocetón rubio, atlético, y le interrogué con habilidad refinada y discreta, para averiguar cuándo existen contingencias de tormenta en el Oceano en miniatura.

—Ahora es el momento—respondióme el mozo helvético, con cara cerrada é insensible, de hombre acostumbrado á seguir las manías arriesgadas de los ingleses.—Estos días hay lardeyre, y cuando lo hay...

¿Lardeyre?—repetí.

—El flujo y reflujo del lago, que es señal de tempestad.

—Quinientos francos si me avisas cuando esté más próxima y nos previenes la barca.

Cuarenta y ocho horas después vino el aviso. Me acuerdo de que por la mañana Agustín me propuso pasar la jornada en Coppet, para ver la residencia y el retrato de madama de Staël. Vivamente, sin razonar, me había negado. Bien engaritados en nuestros gruesos abrigos de paño, caladas las gorrillas de visera, de cuarterones, que habíamos comprado iguales, tomamos asiento en la barca. Soplaba cierzo de nieve. El agua, siniestramente azulosa, palpitaba irregularmente, como un corazón consternado. Sentía la proximidad de la convulsión que iba á sufrir, y se crispaba, turbada hasta el fondo.

Bogábamos en silencio, como los amantes inmortalizados por Lamartine, aunque el líquido ensueño del agua que duerme no nos envolvía. Agustín parecía preocupado. Aprovechándome de que el barquero no sabía español, entablé la conversación, advirtiéndole que, en efecto, no faltaría algún motivo de aprensión á quien no tuviese el alma muy bien puesta. El latigazo hizo su efecto. Las mejillas pálidas de frío se colorearon y las cejas se juntaron, irritadas.

—Yo no soy de los que eligen un porvenir sin lucha ni riesgo, Lina... En cada profesión hay su peculiar heroísmo... Buscar peligros por buscarlos, es otra cosa, y creo que debiéramos volver á tierra, porque el lago presenta mal cariz... A no ser que halles placer. Entonces... es distinto.