—Hallo placer.

Calló de nuevo. Insistí.

—¿Qué puede suceder?

—Que venga la crecida y se nos ponga el bote por montera.

—En ese caso, ¿me salvarías?

—¡Qué pregunta, mi bien! Agotaría, por lo menos, los medios para lograrlo.

—¿Es cierto que me quieres?

Suspirante, caricioso, llegó su cuerpo al mío, y efusionó:

—¡Tanto, tanto!

De seguro le miré con un infinito en la delicuescencia de mis pupilas. Era que creía. ¡Qué bueno es creer! Es como una onda de licor ardiente, eficaz, en labios, garganta y venas... Tuve ya en la boca la orden de volver al muelle, del cual nos habíamos distanciado hasta perderlo de vista... La lengua no formó el sonido. Muda, me dejé llevar. Una voluptuosidad salvaje empezaba á invadirme; percibía con claridad que era el momento decisivo...