¿En qué lo conocí? No sé, pero algo de físico hubo en ello. Una electricidad pesada y punzadora serpeaba por mis nervios. Densos nubarrones se amontonaban. La barca gemía; miré al barquero; en su rostro demudado, las mordeduras del cierzo eran marcas violáceas. Me hizo una especie de guiño, que interpreté así: «¡Valor!» Y en el mismo punto, sucedió lo espantable: una hinchazón repentina, furiosa, alzó en vilo el lago entero; era la impetuosa crecida, súbita, inexplicable, como el hervor de la leche que se desborda. El barco pegó un brinco á su vez y medio se volcó. Caí.

Desde entonces, mis impresiones son difíciles de detallar. Conservé, sin embargo, bastante lucidez, y como en pesadilla ví escenas y hasta escuché voces, á pesar de que el agua se introducía en mis oídos, en mi boca. Mecánicamente, yo braceaba, pugnaba por volver á la superficie. A mi lado pasó un bulto, luchando, casi á flor de agua.

—¡Agustín!—escupí con bufaradas de líquido.—¡Sálvame, Agustín!

Una cara que expresaba horrible terror flotó un momento, tan cercana, que volví á dirigirme á ella, y sin darme cuenta, me así al cuello del otro desventurado que se ahogaba. Dos brazos rígidos, crispados, me rechazaron; un puño hirió mi faz, un esguince me desprendió; la expresión del instinto supremo, el ansia de conservar la vida, la vida á todo trance, la vida mortal, pisoteando el ideal heroico del amor... Antes de advertir en mi cabeza la sensación de un mar de púrpura, de un agua roja y hormigueante, como puntilleada de obscuro, tuve tiempo de soñar que gritaba (claro es que no podría):

—¡Cobarde! ¡Embustero!

Y lo demás, por el barquero lo supe. El forzudo suizo, despedido también en aquel brinco furioso de dos metros de agua, pero maestro en natación, trató de pescar á alguno de los dos turistas locos, que con los abrigos, densos como chapas de plomo, se hundían en el lago. Pudo cojerme de un pie, dislocándomelo por el tobillo. La barca, felizmente, no estaba quilla arriba. Me depositó en ella y trató de maniobrar para descubrir á mi compañero. Pero Agustín derivaba ya hacia los lagos negros, límbicos, en que nadan las sombras dolientes de los que mueren sin realizarse...

Y cuando después de mi larga, nueva fiebre nerviosa, mucho más grave que la de Madrid, volví á coordinar especies, encontré á mi cabecera á Farnesio, envejecido, tétrico. De la catástrofe había hablado la prensa mundial en emocionantes telegramas de agencias; éramos «los dos amantes españoles» víctimas de una romántica imprudencia en el lago. En España, mi ignorado nombre se popularizó; mi figura interesaba, mi enfermedad no menos, y el revuelo en el mundo político por la desaparición de Almonte fué desusado. ¡Aquel muchacho de tanto porvenir, de tantas promesas! El desolado padre, llamado á Ginebra por el atroz suceso, se llevó un frío despojo al panteón de familia, en la Rioja... Toda la ambición se encerró en un nicho de ladrillo y cal, en esperanza de un mausoleo costeado por amigos, gente del distrito, núcleo de partidarios fieles...

Y don Genaro, gozoso al verme abrir los ojos, repite:

—No morirás... No morirás... ¡Estabas aquí tan sola! ¿No sabes, criatura? Tu Maggie y tu Dick, cuando te trajeron expirante, aprovecharon la ocasión y desaparecieron con tu dinero y tus joyas... Creo que se entendían, á pesar de la diferencia de años... Ella se emborrachaba... ¡Qué pécora! En América estarán...

—Dejarles—respondo; y tomando la mano de Farnesio, la llevo á los labios y articulo: