—Perdóname... Perdóname...

VII
Dulce dueño.

I

Al llegar á Madrid, en Enero, todavía muy floja y decaída, me ven sucesivamente dos ó tres doctores de fama. Hablan de nervios, de depresión, de agotamiento por sacudimiento tremendo; en suma, Perogrullo. Hacen un plan, basado principalmente en la alimentación. El uno me prescribe leche y huevos, el otro, nuez de kola y vegetales, puches y gachas á pasto, aquél me receta baños tibios, purés, jamón fresco, carnes blancas... y, sobre todo, ¡calma! ¡descanso! ¡sedación! Mi sistema nervioso puede hacerme una jugarreta... En suma, trasluzco que temen si mi razón... ¡La razón! ¡Qué saben ellos de mi arcano!

Por egoísmo—no por atender á la salud—he cerrado la puerta á los curiosos, á los noticieros, á los impresionistas. Así que empiezo á reponerme algo, recobrando, gracias á la proximidad de la primavera, una apariencia de fuerza, no puedo negarme á la entrevista trágica con el padre y la madre de Agustín Almonte. Cuando el padre recogió el cuerpo del hijo, en Suiza, yo deliraba y me abrasaba de calentura en el hotel.

Ellos creen que mi larga enfermedad, mi estado de abatimiento, de «neurastenia», dicen los médicos en su jerga especial, no reconocen otra causa que la impresión de la desgraciada muerte de su hijo, mi futuro. La leyenda ha rodado: es original notar cómo, bajo su varita de bruja, se ha transformado la esencia los hechos, sin alterarse en lo más mínimo lo apariencial. Los dos enamorados «bogábamos en silencio»—recuérdese á Lamartine—sin otra preocupación que la de soñar que el amor, según nos enseña el poeta, no es eterno, que tan deliciosas horas huyen, y deben aprovecharse con avidez. Eramos una pareja á la cual «todo sonreía», á la cual estaban preparados destinos triunfales. De súbito, el Léman hinchó su seno pérfido, pegó el horrible salto de dos metros cincuenta, y nuestra barca nos volcó. Agustín, aterrado, gritó al barquero la consigna de salvarme, y quiso intentarlo él, á su vez; el grueso abrigo, empapado, le arrastró al fondo, mientras á mí el suizo me libraba de una muerte cierta. Al recobrar el conocimiento y saber la tremenda verdad, el dolor estuvo á punto de acabar también con mi vida. Aquella tristeza honda, aquella postración, eran tributo pagado por mi alma al sufrimiento de tal pérdida. Se había tronchado la flor preciosa de mis cándidas ilusiones. Cosa muy tierna, muy interesante. Los párrafos que nos consagraban los periódicos, al publicar nuestros retratos (obtenido el mío con estratagemas de pieles rojas cazadores, pues yo me resistía horripilada á la «información gráfica»), eran de una sensibilidad vehemente, elegiaca. Recibí entonces, de desconocidos, cartas febriles, en que se traslucía un amor reprimido, pronto á crecer y estallar.

Y fué preciso fijar hora y día para recibir á los padres sin consuelo, que vinieron, acompañados de Carranza, involuntario autor de la tragedia; el que, ceñida la mitra, empuñado el báculo, había de bendecir nuestros desposorios...

Al asomar en el quicio de la puerta las dos figuras enlutadas, me levanto, me adelanto; y, sin dar tiempo á mi saludo, unos brazos débiles, de mujer enferma y atropellada por los años, se ciñen á mi garganta; y en mi rostro siento el contacto de una piel rugosa, seca, calenturienta, y escucho un balbuceo truncado: «¡Mi hij... mi hij... mío del al... mío!..» y lágrimas de brasa empiezan á difluir por mis propias mejillas, á calentarlas, á quemar mi piel como un cáustico, á llegar hasta mi boca, que la sofocación entreabre, y en la cual un sabor salado, terrible, me introduce la amargura de nuestra vida, la nada de nuestro existir... Y este abrazo, que me mata, dura un cuarto de hora, eterno, sin que cese la congoja de la madre, sin que se interrumpa su mal articulada queja, el correr de su llanto, el jadear de su flaco pecho...

El padre, más sereno,—al fin han corrido meses—, convenientemente triste, ahogado por el asma, interviene y desanuda el lazo, cooperando Carranza á la obra.