—Mira, Lina, ya otra vez quisiste... Y entonces, como ahora, te contesto: ¿de cuándo acá, entre nosotros, confesión? Tú has dicho siempre que yo era demasiado amigo tuyo para hacer un confesor bueno. Eso de confesión... es cosa seria.

—Serio también lo que he de decirle.

—No importa... Hazme el favor, Lina, de dispensarme. Para el caso de desahogar tu corazón, es igual que me hables fuera del tribunal de la penitencia. Para los fines espirituales, muy fácilmente encontrarás otro mejor que yo...

—Y el amigo... ¿me guardará el mismo secreto?

—El mismo, exactamente el mismo. Si quieres, la conferencia se verificará en el oratorio. Me consideraré tan obligado á callar como si te confesase... Tengo mis razones...

Nos dirigimos al oratorio de doña Catalina Mascareñas, Yo me había limitado á refrescarlo y arreglarlo un poco. En el altar campeaba, en un buen lienzo italiano, la figura noble de la Alejandrina. Al lado de mi reclinatorio, en marco de oro cincelado, de su estilo, brillaba la famosa placa del XV, que llevé á Alcalá el día en que Carranza nos leyó la historia. ¡Cuánto tiempo me parecía que hubiese transcurrido desde aquella tarde lluviosa y primaveral! Evoqué la misteriosa sensación del canto de las niñas:

«¡Levántate, Catalina,
levántate, Catalina,
que Jesucristo te llama!»

Me senté en mi reclinatorio, y en un sillón el canónigo. Hablé como si me dirigiese á mi propia conciencia. Carranza me escuchaba, demudado, torvo, con los ojos entrecerrados, velando los relampagueos repentinos de la mirada. Al llegar al punto culminante, á aquél en que se precisaba mi responsabilidad, ya no acertó á reprimirse.

—¡Hola! ¡Vamos, si me lo daba el corazón! Te lo juro; yo lo sospechaba; ¡lo sospechaba! No eso mismo precisamente; cualquier atrocidad, en ese género... ¡Ahí tienes por qué no he querido confesarte! ¡No llega á tanto mi virtud! ¡Absolverte yo del... del asesinato...!

—¡Asesinato!