—¡Asesinato! Has asesinado á quien valía mil veces más que tú. ¡No extrañes que me exprese así! Quería yo mucho á Agustín, y será eterno mi remordimiento por haberle puesto en tus manos, conociéndote como te conozco. Te conozco desde que me hiciste otras confidencias inauditas, inconcebibles. ¡Tampoco quise ser confesor tuyo entonces! Mujeres como tú, doblemente peligrosas son que las Dalilas y que las Mesalinas. Estas eran naturales, al menos. Tú eres un caso de perversión horrible, antinatural, que se disfraza de castidad y de pureza. ¡En mal hora naciste!
Callé, y sujeté mi congoja, con férrea voluntad, palideciendo. Carranza insistió.
—En tus degeneraciones modernistas, premeditaste un suicidio, acompañado de un homicidio. Buscaste la catástrofe entre desprendimientos de aludes y desgajes de montañas, y al ver que no la encontrabas así, acudiste á las traiciones del lago. Si esto te falla, habrías echado mano de la bomba de un dinamitero... ¡Ó del veneno! ¡Eres para envenenar á tu padre!
—Como no estamos confesándonos, Carranza—declaro, sacudido el pecho por el martilleo de la ansiedad—me será permitido defenderme. Algo puedo alegar en mi defensa. Almonte fué menos noble que yo. Habíamos celebrado un pacto; nos uníamos amistosamente para la dominación y el poder, descartando lo amoroso. Y lo quiso todo, y representó la comedia más indigna, la del amor apasionado, ardiente, incondicional... Y me juró que por mi vida daría la suya... ¡Me juró esto!; por tal perjurio murió él, y yo he caído en lo hondo...!
Mi ademán desesperado comentó la frase.
—¡Eres una desdichada! ¿Qué crimen es jurarle á una mujer... esas tonterías? ¿Acaso tú querías á Agustín tanto, tanto, como en las novelas?
—¡Si yo no le he querido jamás, ni á él, ni á ninguno! Y como no le quería, no se lo he dicho. No mentí. ¡Mentir, qué bajeza! Agustín no era caballero, no era ni aun valiente. Por miedo á morir, me dió con el codo en el pecho, me golpeó, me rechazó. Y, la víspera, aseguraba...
Carranza, sin fijarse en el lugar, que merecía respeto, hirió con el puño el brazo del sillón, y masculló algo fuerte que asomaba á sus labios violáceos, astutos, rasurados, delineados con energía.
—¡Mira, Lina, yo no quiero insultarte; eres mujer... aunque más bien me pareces la Melusina, que comienza en mujer y acaba en cola de sierpe! Hay en ti algo de monstruoso, y yo soy hombre castizo, de juicio recto, de ideas claras, y no te entiendo, ni he de entenderte jamás. Te resististe, en otro tiempo, á entrar monja. Bueno; preferías, sin duda, casarte. Nada más lícito. Te regala la suerte una posición estupenda; ya eres dueña de elegir marido, entre lo mejor. Tu posición se ha visto luego amenazada, por las... circunstancias... que no ignoras: te busco la persona única para salvarte del peor naufragio; esa persona es un hombre joven, simpático, el hombre de mañana—¡pobre Agustín! ¡si esto clama al cielo!—y tú no sosiegas, víbora...—¡Dios me tenga de su mano!—hasta que le matas... ¡Y luego, hipócritamente, recibes á los padres, te dejas besar por la madre, por esa Dolorosa! Tu castigo vendrá, vendrá... En primer lugar, te quedarás pobre... porque ahora no hay quien le meta el resuello en el cuerpo á D. Juan Clímaco... ¡Y, en segundo... no sé si hallarás confesor que te absuelva! ¡Es que esto subleva, Lina! ¡En mal hora, en mal hora te hice yo conocer á aquel hombre, digno de una mujer que no fuese un fenómeno de maldad... y de maldad inútil! ¡Porque ahí tienes lo que indigna, que no se sabe ni se ve el objeto de tus delitos... de tus crímenes!
Sollozando histéricamente, caigo de rodillas, y repito la palabra que está fija en mi pensamiento, la palabra de los vencidos: