—¡Perdón! ¡Perdón!
—¡Perdón! Yo no estoy aquí para eso—insiste Carranza, petrificado en ira—. Estoy para protestar de un crimen que la justicia no castigará, que el mundo desconoce, y que hasta tú eres capaz, con tu entendimiento dañino, de presentar como un poético rasgo de superioridad, como algo sublime... Porque tienes la soberbia infiltrada en el corazón, en ese perverso corazón que no sabe amar, que no sabe querer, que no lo supo nunca, y que no ha de aprenderlo!
Fulminaba ya Carranza en pie, excitándose con sus propias palabras, tronante de indignación. Y amenazó:
—Lo primero que haré, será impedir que esos desdichados padres sigan llamándote hija, lo cual es un escarnio... Y no te acuerdes más de tu antiguo amigo Carranza. Me has sacado de quicio; la locura es contagiosa. ¡No sé qué te haría! Se me pasan ganas de abofetearte... Es mejor que me retire... Adios, Lina; siempre he desconfiado de las hembras... Tú me enseñas que el abismo del mal sólo puede llenarlo la malignidad femenil. Siento haberme descompuesto tanto... Parezco un patán... ¡Agustín, pobre Agustín! ¡Quién me lo diría! ¡Y por mi culpa!
II
El portazo que pegó Carranza me retumbó en la cabeza, que un dardo agudo de jaqueca nerviosa atarazaba. Quizás se me hubiese quitado con tomar alimento, pero mi garganta, atascada, no permitía el paso ni aun á la saliva pegajosa y ardiente que escandecía, en vez de humedecerlas, mis fauces.
Salí del oratorio.—Me recogí á mis habitaciones. Un azogue no me consentía sentarme, ni echarme sobre la meridiana, ni hacer nada que aliviase mi desasosiego. Me contenía para no batir en las paredes la cabeza, para no romper y hacer añicos porcelanas, vidrios, cuadros; para no desgarrar mis propias ropas y el rostro con las uñas... Un reloj de onix y bronce, con su tic-tac monótono, me exasperaba. De un manotón, lo arrojé al suelo. El golpe paró el mecanismo. Al ruido, acudió mi doncella, la antigua Eladia, triunfadora del extranjero con los dos episodios desastrosos de Octavia y de Maggie...
—¡Jesús mil veces! Creí que era la señorita la que se había caído... ¿Recojo el reloj? ¡Qué lástima! Se ha roto por la esquina...
No contesté. Comprendía que no me hallaba en estado de responder de una manera conveniente. Sólo ordené:
—Mi abrigo de paño, mi sombrero obscuro.