—¿Va á salir la señora? ¿Telefoneo que enganchen?

—¡Mi abrigo, mi sombrero! repito, con tal tono, que Eladia se precipita.

Cinco minutos después, estoy en la calle. Yo misma no sé á dónde voy. La especie de impulsión instintiva que á veces me ha guiado, me empuja ahora. Voy hacia mí misma... Vago por las vías céntricas, en que obscurece ya un poco. Salgo de la calle del Arenal, subo por la de la Montera, mirando alrededor, como si quisiera orientarme. Penetro en una calleja estrecha, que abre su boca fétida, sospechosa, asomándola á la vía inundada de luz y bulliciosa de gente. A la derecha, hay un portal de pésima traza. Una mujer, de pie, envuelta en un mantón, hace centinela. Me acerco resueltamente á la venal sacerdotisa.

—¿Qué se la ofrece á usted, señora? ¿Eh, señora?

—¿Quiere usted hacerme un favor?

—¿Yo... á usté? Hija, eso, según... ¿Qué favor la puedo yo hacer? ¡Tié gracia!

El vaho de patchulí me encalabrinaba el alma, me nauseaba el espíritu.

—El favor... ¡no le choque, no se asuste! Es... pisotearme.

—¿Qué está usté diciendo? ¿Señora, está usté buena, ó hay que amarrarla? ¡Miusté que... Pa guasas estamos!

—Un billete de cincuenta pesetas, si me pisotea usted, pronto, y fuerte.