Abrí el portamonedas, y mostré el billete, razón soberana. Titubeaba aún. La desvié vivamente, y, ocultándome en lo sombrío del portal, me eché en el suelo, infecto y duro, y aguardé. La prójima, turbada, se encogió de hombros, y se decidió. Sus tacones magullaron mi brazo derecho, sin vigor ni saña.

—Fuerte, fuerte he dicho...

—¡Andá! Si la gusta... Por mí...

Entonces bailó recio sobre mis caderas, sobre mis senos, sobre mis hombros, respetando por instinto la faz, que blanqueaba entre la penumbra. No exhalé un grito. Sólo exclamé sordamente.

—¡La cara, la cara también!

Cerré los ojos... Sentí el tacón, la suela, sobre la boca... Agudo sufrimiento me hizo gemir.

La daifa me incorporaba, taponándome los labios con su pañuelo pestífero.

—¿Lo vé? La hice á usté mucho daño. Aunque me dé mil duros no la piso más. Si está usté guillada, yo no soy ninguna creminal, ¿se entera? ¡Andá! ¡En el pañuelo se ha quedao un diente!

El sabor peculiar de la sangre inundaba mi boca. Tenté la mella con los dedos. El cuerpo me dolía por varias partes.

—Gracias—murmuré, escupiendo sanguinolento—. Es usted una buena mujer. No piense que estoy loca. Es que he sido mala, peor que usted mil veces, y quiero espiar. Ahora ¡soy feliz!