La mujerzuela me miró con una especie de respeto, asustada, sin cesar de enjugarme la cara y la boca, á toquecitos suaves.
—¡Válgame Dios! ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Pobre señora! ¡Vaya! Si tuvo usted algún descuidillo... ¡Gran cosa! Pa eso somos mujeres. Miste, ahora me arrancan á mí el alma primero que pegarla un sopapo... ¿Quiere que vaya á buscar un poco de anisado? Está usté helá... ¿La traigo algo de la farmacia? Dos pasos son...
La contuve. La remuneré, doblando la suma. La sonreí, con mis labios destrozados. Y, renaciendo en mí el ser antiguo, la dije:
—¡Otra penitencia mayor!... Deme un abrazo... Un abrazo de amiga.
¿Entendía? Ello es que me estrechó, conmovida, vehemente, protectora. Entré en la farmacia, donde lavaron con árnica diluída mi rostro, vendándolo. Vi la curiosidad en sus agudas miradas, en sus preguntas tercas. Tomé un coche de punto, di las señas de mi casa. Al llegar, dolorida y quebrantada, pero calmada y satisfecha, me miré al espejo; ví el hueco del diente roto... Al pronto, una pena...
—La Belleza que busco—pensé—ni se rompe, ni se desgarra. La Belleza ha empezado á venir á mí. El primer sacrificio, hecho está. Ahora, el otro... ¡Cuanto antes!
Serían las diez, cuando Farnesio acudió á mi llamamiento, y se precipitó á mí, viéndome tendida en la meridiana, vendada la mejilla, con los ojos desmayados y la rendida actitud de los que han agotado sus fuerzas y reposan.
—¿Qué tienes? ¿Dolor de muelas? ¿Llamo al médico? ¡Dí, niña!
—Nada... Un caldo... un poco de Jerez en él... Me siento débil. Tráigame el caldo usted mismo...
Contento, afanoso, lo enfrió, dosificó el Jerez. Viéndomelo deglutir, parecía él también reanimarse. Al desviar la venda, al abrir yo la boca, una exclamación.