—¡Estás herida! ¡Pero si te falta un diente! ¡Jesús! ¡Qué ha sucedido, Lina! ¡Pequeña! ¡Criatura! ¿Qué te ha pasado, qué?
—Nada, nada ha sucedido.., Permítame que no lo cuente. Un incidente sin importancia...
—No me digas eso... ¡Herida! ¡Un diente roto!
—Por favor...
Le imploro con tal urgencia, que, aterrado por dentro, se calla. Mi misterio, al fin, ha sido siempre impenetrable para él.
—Hágase como quieras... ¿Estás mejor? ¿A ver estas manecitas? ¿Este pulso? Parece que no lo tienes.
—Tengo pulso; ya no se me caen de debilidad los párpados... Me encuentro fuerte. Oigame, Farnesio, por su vida. Sin esperar más que al correo de mañana, al primero, va usted á escribir á mi tío, el de Granada: á D. Juan Clímaco.
—Pero...
—Sin pero. Va usted á escribirle, diciéndole—¡atención!—que estoy dispuesta á restituirle lo que indebidamente heredé.
Se tambaleó aquel hombre, al peso y á la pujanza del martillo que hería su cráneo. Sus ojos vagaron, alocados, por mi semblante. Su lengua se heló sin duda, porque no formó sonidos: no hubo protesta verbal. La protesta estuvo en la actitud, semejante á la del que llevan al suplicio.