Me levanté, le eché los brazos al cuello, junté á la suya mi cara dolorida. Las ternezas, las caricias, ablandaron su pena. Recobró el habla. Me insultó.
—¿Pero qué estás diciendo, necia, loca, insensata...? Yo eso no lo escribo. ¡No faltaba más!
—Venga usted aquí... Si usted no lo escribe, lo escribo yo, y es igual. Fíjese bien. El testamento de... la tía Catalina, no es válido. En mi nacimiento hay superchería. Lo sabe usted mejor que yo, y nada de esto debe sorprenderle. Reflexione usted. De ahí puede salir algo muy serio; corre usted peligro, lo corro yo. Afuera codicia, afuera riquezas temporales. Me pesan sobre el corazón, como una losa. Crea usted que en mi determinación hay prudencia, aunque no es la prudencia lo que me mueve. No le quiero engañar: no es la prudencia. Es... otra cosa...
—Cavilaciones, disparates... ¡Delirios!
—¡No, amigo mío, mi amigo, mi protector, á quien no he agradecido bien su cariño! Disparates fueron otros... ¡Tantos! Crea usted que he despertado de mi pesadilla; que ahora es cuando veo, cuando entiendo, cuando vivo de veras, en la verdad. Y deseo, con ansia sedienta, ser pobre.
—¡Pobre! ¡Pobre tú!
—¿Pero ya no se acuerda usted de que lo he sido muchos años...? Y aquella era una pobreza relativa. Hoy ansío salir por ahí, pidiendo ó trabajo ó limosna. Limosna, mejor.
Se echó las dos manos á la cabeza.
—Conque, no más discusión. Escriba usted, porque á mí me es molesto haber de ocuparme de asuntos, y, además, así que arregle algunas cosillas, voy á hacer un viaje; mi alma necesita que mi cuerpo se fatigue.
—Iré contigo. No es posible dejarte... así..., en estas circunstancias.