—Enferma, herida, exal...
—Exaltada, no. Enferma, tampoco. Herida... ¡pch! unas erosiones, que yo considero caricias, y unas cuantas magulladuras y contusiones. Estoy buena, muy buena, y en mi interior, tan dichosa como nunca lo fuí. Dentro de mí, hay agua viva... Antes había sequedad, calor, esterilidad... No es exaltación. Es verdad; es lo que en mí siento. No ponga usted esa cara. Jamás he estado tan cuerda.
Suspiró hondísimo. Macilento, mortal, escondió el rostro en la sombra del rincón.
—No quiero que usted se aflija. La primera señal de mi cordura, de que es ahora cuando me alumbra la razón, es que deseo que usted no sufra por mi causa; es que reconozco deberle á usted amor, respeto... Ya sé que, por usted, estoy perdonada.
Agitó el cuerpo, las manos, tembló. Se echó á mis pies.
—No digas tales cosas. Me haces daño, criatura. Soy yo quien necesita tu perdón; te desterré, te encerré, te abandoné. Quise recluirte. Pensaba que hacía bien. Obedecía á motivos, á escrúpulos... Me equivocaba. Fuí... un infame. Tu carácter se torció, tu imaginación se trastornó en aquella soledad... Culpa mía... Maldíceme.
Nos estrechamos; humedad caliente empapaba nuestras sienes. Besé su pelo gris, sus mejillas demacradas.
—Le bendigo. Usted no puede adivinar el bien que me ha hecho. El mayor bien.
—¿No me quieres mal?