Respondieron mis halagos. Respiró.

—Pues una cosa te pido ¡no más! ¡Por mí, por el viejo Farnesio! Aplaza algo tu resolución de escribir al señor de Mascareñas. Concédeme un poco de tiempo. Yo no digo que no lo hagas; es únicamente un plazo lo que solicito. Antes de adoptar tan decisiva resolución, es preciso poner en orden demasiados asuntos. Tú misma, si estás en efecto tranquila, serena ante el porvenir, debes comprender que estas determinaciones hay que madurarlas algún tanto. De las precipitaciones siempre nos arrepentimos. Tiempo al tiempo. El único favor que Farnesio te suplica...

—No acierta usted. Lo bueno, inmediatamente.

—El único favor. ¿No me lo concedes, niña mía?

—No quiero negárselo. Tiene un año de plazo. Entretanto, yo viviré como si no fuese dueña de estos capitales, que ya no considero míos. Me reservo... lo que me daba doña Catalina en vida. Lo estrictamente necesario. Usted, Farnesio, manda y dispone de todo y en todo...

Y después de una pausa:

—Excepto en mí.

III

Salí de Madrid dos semanas después, al anochecer, con una maleta vieja por todo equipaje. Llevaba puesto lo más sencillo que encontré en mi guardarropa: traje sastre, de sarga, abrigo de paño color café con leche. Ni guantes, ni sombrero. Un velillo resguardaba mi cabeza y mi faz, ya deshinchada, en que sólo la mella del diente recordaba el suceso. Mi peinado era todo recogimiento y modestia.

Antes de emprender la caminata, por la mañana, me había arrodillado en la iglesia de Jesús, á los pies de un capuchino joven, de amarilla tez venada de azul, barbitaheño, consumido y triste. Oyóme casi impasible; un movimiento ligero de párpados, una palpitación de las afiladas ventanas de la nariz. Un instante sólo le vi alterado, expresando pasión.