—Ese sacerdote que le ha dicho á usted que no la absolverían... ha pecado gravemente contra la esperanza y contra la caridad. ¿Quién es él para poner lindes á la misericordia? ¡No crea usted eso, hermana... Dios perdona siempre!

—El hombre á quien causé la muerte, era necesario á los intereses de ese sacerdote...

—Hábleme de sí misma; no acuse á nadie...

Y proseguí, lenta, balbuciente, registrando, explicando... La oreja de cera que se tendía hacia mi voz la recogía cada vez con atención más viva.

Cuando referí el origen de las señales que se veían en mi boca, el fraile se volvió, me miró, en un chispazo de fraternidad...

—¿Eso ha hecho, hermana?

—Eso hice...

Al llegar á mi conversación con Farnesio, acerca de la herencia, otro respingo.

—¿Eso hizo, hermana?

—Eso he resuelto hacer...