Antes de exhortarme, el capuchino se recogió, cerrando los descoloridos ojos azules. Sus labios se movían, sin que de ellos saliese ningún sonido. Al fin, en voz baja, fatigada, de enfermo, murmuró:

—No soy docto, hermana. Desconozco el mundo, y usted me propone cosas extrañas para mí. Mejor se confesaría usted con el padre Coloma, verbigracia. Supla á mi ignorancia Jesucristo, en cuyo santo nombre... Yo veo descollar entre sus pecados una gran soberbia y un gran personalismo. Es el mal de este siglo, es el veneno activo que nos inficiona. Usted se ha creído superior á todos, ó, mejor dicho, desligada, independiente de todos. Además, ha refinado con exceso sus pensamientos. De ahí se originó la corrupción. Sea usted sencilla, natural, humilde. Téngase por la última, la más vulgar de las mujeres. No veo otro camino para usted, y tampoco habrá penitencia más rigurosa.

—¿Y... por ese camino... llegaré al amor?

—¿Al amor divino? ¡Quién lo duda! Usted lo ha presentido, hermana, al dejarse pisotear por una mujer de mala vida, y despreciable á causa de ella. Esa acción no significa sino ansia de humillarse. Humíllese, humille esa cerviz altanera... Pero no un instante, no en un acto violento, extremo, repentino. ¡Siempre, siempre!

—¿Nada más?

—Nada más. Basta. No tengo otro consejo que darle...

Y heme aquí en el vagón de tercera, mezquino, sucio, en contacto con la plebe, la gentuza... Sí, esto puedo hacerlo. Puedo sentarme en un banco duro é incómodo; puedo viajar casi sin ropa, mal pergeñada, respirando el olor bravío de dos paletos—una especie de mendigo y una vieja que abraza un cestón enorme—; puedo hasta alargar la mano, solicitar un socorro... Lo que no puedo, lo que el capuchino no ha visto que no puedo, es creerme—dentro de mí—al nivel de estos que van conmigo, del que me diese limosna, del que cruza á mi lado... No me expreso bien. Mientras el tren avanza, temblequeando sobre los rieles, yo ahondo, yo sutilizo mi caso.—No es tal vez que me crea ni superior ni inferior. Es que me creo otra. No reconozco lazo que con ellos me una. No se trata quizás de orgullo, de soberbia, como suponen Carranza y el capuchino. Es que, en el fondo de mi conciencia, en medio de mis actos penitenciales, no me persuado de que haya nada de común entre los demás y yo. Hasta llego á suponer que los demás no existen; que soy yo quien existo, únicamente, y que sólo es verdad lo que en mí se produce; en mí, por mí... Y es en mi interior donde aspiro á la vida radiante, beatífica, divina, del amor. Es en mi interior donde quiero divinizarme, ser lo celeste de la hermosura. ¿Cómo buscar el interior encielamiento? No con actos externos, no con mi cuerpo pisoteado y mi rostro afeado y mi ropa vulgar. Si dentro está el cielo del amor, dentro debe de estar el modo de conquistarlo.

Y me acuerdo de mi Patrona, la Alejandrina. ¡Mujer feliz! Ella no necesitó ni vestirse de burel, ni inclinar su frente principesca, para ser amada, para tener en su mismo corazón al Amante. Con sus ropajes fastuosos, con sus joyas, con su aristocrático desdén de todo lo bajo, de la fealdad, de la miseria, logró conocer ese amor—ahora lo comprendo—el único que merece desearse, soñarse, anhelarse; y se desposó con ese Dueño—¡único que sin vileza se admite y se ansía, cuando se desprecia todo lo que no surge en las fuentes secretas de nuestro ser!

La noche nos envolvía ya; las voces resquebrajadas de los empleados cantaban nombres. El vacío de las estepas solitarias rodeaban al tren. El viaje terminaría pronto.

Me bajé en la estación de una ciudad vieja, y resolví dormir lo que faltaba de la noche en la fonda de la estación misma. Al despertar, arbitraria el modo de transportarme adonde tenía resuelto vivir.