Una conversación con el dueño de la fonda me fué utilísima. Averigüé que, en el desierto que me había atraído como objeto de mi viaje, existe un convento de Carmelitas, y, á corta distancia del convento, casuchas desparramadas, de las cuales alguna me alquilarían tal vez.

—¿Costará muy cara?—pregunto, inquieta, pues ya no soy rica.

—Sí, sí, aún se dejarán pedir... Menos de veinte duros por año, no la cederán.

Un birlocho me lleva, al través de los campos grisientos y silenciosos, salpicados de alcornoques, hacia el desierto, un valle escondido por montañuelas que espejean al sol. Salvados los pequeños mamelones, aparece el valle, y su vista me estremece de alegría, porque es un oasis maravilloso.

Todo él se vuelve flor y plantas fragantes. Romero, cantueso, mejorana, tomillo, mastranzo, borraja, lo esmaltan como vivo, movible tapete recamado de colorines. Y la florida alfombra se mueve, ondula, agitada por el zumbido y el revuelo y el beso chupón, ardoroso, de miles de abejas, cuyas colmenas diviso en los linderos. A la derecha, el campanario del convento se recorta sobre el azul. Las casas—dos ó tres—tienen un huerto más riente, si cabe, que el campo mismo. En la revuelta de un sendero, á la puerta de una de estas casucas, está sentada una mujer. Sus ojos, abiertos é inmóviles, no parpadean y los cubre blanca telilla: es una ciega. A su lado, hace calceta una chiquilla de unos doce ó trece años, negruzca, de facciones bastas, con dos moras maduras por pupilas.

Me acerco, trabo conversación.

—¿Me alquilarían la casa? ¿Una habitación, por lo menos?

La desconfianza de los menesterosos me sale al paso. ¿Qué pretendo? Yo soy una señorita. ¿Cómo voy á pasarlo allí? Es imposible que me encuentre bien...

—Me encontraré perfectamente. Pagaré adelantado. Haré yo la cocina, mi cama, la limpieza.

La anciana titubea; la extrañeza, la curiosidad, plegan sus labios, de arrugadas comisuras, hundidos por el desdentamiento. La chiquilla no sabe qué decir, y con un pie pega golpecitos en la canilla de la otra pierna. Su pelo, apretujado, me inspira recelo indefinible. Ninguna simpatía me infunden estos dos seres. Y, sin embargo, insisto, para quedarme en su compañía. Saco un par de monedas.