—Agüela, dos duros m’ha dao esta ñora.
La avidez de los ciegos se pinta en la cara huesuda, inexpresiva.
—Daca...
Los guarda en la remendada faltriquera, y rezonga:
—Yo, con toa sastifación... Sólo que, como no hay ná de lo que se precisa...
—No importa. Esta noche dormiré envuelta en mi manta. Mañana traerán...
Queda convenido. Hago mis encargos al cochero. Y, como en casa propia, entro en la vivienda. Es de una pobreza sórdida. Tal vez la avaricia hace aquí competencia á la miseria. La ciega tendrá por ahí escondida una hucha de barro... Quizás por eso recelaba de mí... ¿Seré una ladrona disfrazada?
Gradualmente, se disipa su temor. Cierto respeto hacia mí nace en su espíritu, cuando nota que trabajo, que ayudo á la Torcuata—así se llama la niña—en sus menesteres domésticos, y que hasta sirvo á las dos, cuidándolas, procurando que la ciega no derrame la sopa y que la chica no se atraque de miel, lo cual la hace daño. Porque las dos mujeres viven de la miel y la cera; son colmeneras, como los demás moradores del valle, y sacan también algún fruto de vender cosecha de plantas aromáticas á drogueros y herbolarios. Empiezan á creer que yo soy una especie de santa, no sólo por el cuidado incesante que tengo de complacerlas y de atenderlas, sin exigirles nada, ni aun el menor servicio, sino por que voy á la iglesia del convento diariamente, y muchas tardes me ve Torcuata sentarme, pensativa, á la puerta, haciendo calceta como ellas, con aire resignado. A sus preguntas respondo sin impaciencia.
—La señora, ¿tié familia? ¿Es usted extranjera, ó de acá? etc.
A mi vez, pregunto; oigo la historia de los padres de Torcuata, que se murieron, él «gomitando» sangre, ella de un mal parto; y, ufanas de saber más que yo, me explican las costumbres de las abejas, costumbres casi increibles, portento natural que nadie admira. Los acontecimientos de nuestra existencia, en el valle, son el enjambre que emigra y que es preciso recoger, llamándolo con cencerreo suave y teniéndole preparada la nueva colmena, frotada de miel y de plantas odoríferas; la operación de castrar los panales, los mil delicados cuidados que exige la recolección, el transvase de la miel á los barreños, y luego á los tarros, el derretido de la cera, su envase en los cuencos de madera, las complicadas manipulaciones de la pequeña industria agrícola. Pronto auxilio yo eficazmente á Torcuata, con grande alegría y maravilla de la ciega, que no cree en tanto bien. Desde que faltaban los hijos, la cosecha disminuía cada año. «¿Qué puede hacer una creatura? Comerse las mieles ná más»...