Así se estableció entre mis huéspedas y yo la cordialidad más completa. Invertidas las relaciones, fuí su criada. Sin escrúpulo, desinfecté la cabeza pecadora de Torcuata, lavé su pelo, embutido de aceite, cerumen y tierra, até un lazo azul á sus mechones, ya esponjados, y siempre recios como cola de yegua rústica. Cosí camisas para la ciega. Me dejé explotar. Hice regalos.
—¡Santa! ¡Es santa!—repetía la vejezuela, atónita.—¡Nos la ha traío la virge el Calmen!
¡Santa! No... En lo recóndito, en el escondrijo de la verdad, ningún afecto sentía por las dos mujeres. Ejemplares ínfimos de la humanidad, barro ordinario que amasó aprisa el alfarero, me eran tan indiferentes como uno de los alcornoques que sombreaban el repuesto valle. Ni ellas serían capaces de ningún acto de abnegación, ni yo sentía el menor goce emotivo al realizarlos por ellas. Mi instinto estético me las hacía hasta repulsivas. Fea era la cara de níspero de la codiciosa vieja, y acaso más fea la adolescencia alcornoqueña de la moza. ¡No importa! Había que proceder como si las amase. ¿No es eso lo que pides, dulce Dueño?
¡Ah! Por las tardes, respirando el olor embeodante de las florescencias, cuyo polen llevaban las abejuelas de una parte á otra, auxiliando la fecundación, me dirijo á tí, Dueño que no vienes... ¿Por qué han pasado los tiempos en que, á precio de la tortura, de la piel arrancada, de la cabeza destroncada, acudías, exacto á la cita, transportado de ardor? ¿Por qué no me es concedido comprarte á ese precio? Lo que estoy haciendo, me cuesta más, mayor esfuerzo, un vencimiento largo, tedioso, sin fin. Como Teresa, la que tanto te quiso, yo estoy sedienta de martirio, y me iría á tierra de moros, si allí se martirizase. ¡Época miserable la nuestra, en que el bello granate de la sangre eficaz no se cuaja ya, no brilla! De las dos sangres excelentes, la del martirio y la de la guerra, la primera ya es algo como las piedras fabulosas y mágicas, que se han perdido; y la otra, también la quieren convertir en rubí raro, histórico, guardado tras la vitrina de un museo! ¡Edad menguada! ¡No poder ser mártir! En una hora, ganarte, unirme á tí... Si tú quisieses, dulce Dueño, yo te ofrecería licor para refrescar el de tus cruentas llagas... Yo te daría con qué renovar el Grial. Soy muy desventurada, porque no me es concedido dejar correr las fuentes de mis venas. ¡No poder sufrir, no poder morir!
IV
Y, poco á poco, mientras ejecuto las cosas prosáicas, comunes, antipáticas á mis sentidos, allá en lo oculto, en lo reservado de mí misma, noto los indicios de una transformación. Bogo hacia mi ideal, trabajosamente, desviando troncos, chocando en piedras. El espíritu de docilidad y el de renunciación, van depositándose en mí, como en la celdilla ya preparada se deposita la miel. Según la miel se purifica, siento que se purifica mi ánimo. Voy cortando los circuitos de mis impurezas, (análogos á los que forman las neuronas, las cuales reproducen el acto vicioso ya con independencia de nuestra voluntad). Lo material de mi espiación, lo cumplo sin pensar en ello, sin atribuirle valor ninguno. Atiendo más bien á lo íntimo. Vivo interiormente.
El convento no influye en ésto. Voy á la iglesia, pero evito á los Carmelitas. Lo hago por prudencia, por quitar palabreos entre los paletos maliciosos. Los Carmelitas, supongo que por igual razón, ni parecen sospechar que existo. Son pocos y se encierran en su conventillo, cuyas celdas y claustros están forrados de corcho. Silencio, quietud y soledad. No se la he de robar, ni ellos á mí. Tan gran bien es justo que se respete. ¿Y quién sabe si estos frailes se parecen ó no á los directores ininteligentes, fustigados por San Juan de la Cruz?
Comprendo que no basta la paciencia. Necesito el amor. Es preciso que lo amargo me sea dulce. Que me sepan á miel estas molestias que me tomo por dos mujeres bajas, burdas. ¿Tendré que amarlas, para amarte á tí, para que tú me ames? ¿Será este el secreto, la palabra del enigma? ¿Y cómo se hace para eso? ¡Estoy tan al principio de mi deificación! Me faltan etapas, me faltan grados. Hay momentos en que desconfío, dudo, y la secura me invade.
Lo primero que necesito es abandonarme, cerrar los ojos... Tal vez me atormento en balde. Tal vez no necesito hacer más de lo que hago, ni sufrir más de lo que sufro: basta que cambie mi corazón. Sólo entonces seré, como dijo el gran poeta, «amada en el amado transformada». No lo soy. No le hallo cuando le busco dentro. No le hallo... ¡Qué tristeza, no hallarle! Acaso estoy unida á Él en conformidad, pero no en unión transformativa. No somos uno. No hay noche nupcial. No hay en mis dedos, que empieza á deformar el trabajo, ni señal de anillo de luz... Y sin embargo, yo debiera obtener algo, porque mi espíritu no es como el de la muchedumbre: yo soy singular. Mi resolución, mi vida, no se parecen á las de las mujeres que no padecen ansias de belleza suprema!
Acaso esto que pienso sea tentación contra la humildad... ¡Pero si es cierto! ¿La verdad te ofende? ¿He de tenerme por cualquiera? ¿Ignoro lo que soy? ¿Me confundiré con la gente que no pasa del sentido, que no entiende ni pregusta la hermosura inefable?