De seguro que la Alejandrina elegante, mi patrona, no se creía igual á Gnetes. Comprendía de sobra la excelsitud de su propio ánimo. Y la diste el anillo. ¿Qué debo hacer? Todo me será fácil, menos creer lo que no creo. ¿Qué me pides? Toma mi juventud; ya te he ofrendado mi vanidad de mujer: aféame más, si me embellezco para ti... Toma mi existencia, corta ó larga, día por día... ¿No es eso lo que deseas?
Quiero recorrer todas las etapas, andar el camino hasta el fin, gemir, llorar, clamar, velar de noche, ayunar de día. Quiero el fuego, el desfallecimiento, el deseo de morir, el vuelo espiritual, el transporte; quiero tu dardo, tu cuchillo... Y se me figura que jamás los obtendré. Me siento sola, abandonada en este florido desierto, entre aromas de miel intensa, que marean, que llenan de nostalgia y de dolor íntimo. Y, sin embargo, han existido otras mujeres que se unieron á ti, que te tuvieron consigo, á quienes dijiste: «Tú eres yo y yo soy tú...» Otras que en ti habitaron, á quienes tendiste la mano, en ceremonia de desposorios; que en ti bebieron la vida; que en ti fueron deiformes. ¡Y, por muchos que hayan sido mis yerros, no creo que más hondamente pudiesen sentirte y llamarte de lo que te llamo!
Esto cavilaba, en una hora de desolación, cuando, próximo ya á ponerse el sol, las abejas se habían recogido á sus colmenas, y, apaciguado el inquieto devaneo de su libar y revolar, el campo yacía en una calma misteriosa, triste. En el convento tocaron á oración. Al extinguirse las campanadas, me volví con sobresalto. Acababan de ponerme la mano en el hombro.
—¿Ah? ¿Eres tú, Torcuata?
—Sí, ñora... ¿No sabe? Un fraile sa muerto.
—¿Cuándo?—pregunté maquinalmente.
—Ta mañana. He ío á verlo muerto en la igresa, ¿no sabe? Estaba negro, negro tóo.
—¿Negro? ¿Por qué?
—Porque era guiruela, diz que dice, la enfermedá. Guiruela mala. ¡Muy mala!
Nos recogemos á casa. Torcuata está estremecida. Ha visto de cerca, sin comprenderlo, el misterio de la muerte; y su pubertad se ha estremecido, con vago escalofrío de horror. Ni ella misma lo sabe. Las dos moras negrazas de sus pupilas conservan, no obstante, la empañadura inexplicable de la visión fúnebre.