Al medio día siguiente, la chica sufre un desvanecimiento.

—Cosas de la edá. Aluego va á ser mocita—murmura la ciega, estrujando con sus dedos nudosos panales sobre un perol, á fin de que suelten la melaza y reducirlos á pasta derretible.

Una punzada, un presentimiento... ¿Y si fuese así? ¡Bah! ¡Qué me importa!

Dos días después, Torcuata salta de calentura. La acostamos. Me instalo á su cabecera. Despacho un propio á la ciudad para traer médico, medicinas. No dudo: es la viruela, y en este organismo joven, jamás vacunado, viene con una fuerza y una malicia... De mano armada, dispuesta á vendimiar.

Se queja la niña de fuerte dolor en los lomos. Ha sufrido una breve convulsión.

A ratos, delira. La doy de beber limonadas, agua mineral, refrescos. El médico no decide aún. Mientras no brote la erupción... Así que brote, él y yo sabremos lo mismo.

En los momentos lúcidos, la muchacha me habla, hasta me sonríe, con esfuerzo, murmurando:

—Ñora...

Alargando una mano ardorosa, endurecida, coge la mía, la estrecha.

—Ñora... No se vaya... La agüela no ve... No pué estar al cuido mío.