La ciega, acurrucada en un rincón, gime, barbota rezos, y repite á intervalos:

—¡Lo que Dios nos invía! ¡Ahora la Torcuata tan malita! ¡Lo que invía Dios!

—No me voy, chiquilla. Aquí estoy, contigo...

—¡Si está ahí, ñora, pa mí está la Virgen el Calmen!

No sé cómo dijo esto la inocente. Sé que sentí algo, un calor, un golpe, en las mismas entrañas. ¿Sería el cuchillo de la piedad que, ¡por fin!, se hincaba en ellas...?

Ha vuelto el médico. Cesó la incertidumbre. Los puntos rojizos se han señalado. El cuerpo de la enferma tiene el olor característico á pan recién salido del horno. Se presenta la sangre por las narices.

—Viruela, y de la peor... Confluente... Señora, tengo el deber de advertir á usted que el mal es extraordinariamente contagioso, sobre todo en el período que se aproxima...

—Gracias, doctor. No me moveré de aquí. Venga usted diariamente... Abono los gastos de coche y demás. No soy opulenta, soy casi una pobre; pero deseo que nada le falte á Torcuata.

La ciega, alzando las manos, insistía:

—Santa es, santa es.