La hórrida erupción brotó con furia. La cara fué presto la de un monstruo. Las moras de las pupilas, de un negro violeta tan intenso, tan fresco, desaparecieron tras del párpado abullonado. La niña no veía.
—Otra cieguecita como la agüela...—suspiró.—Ñora Lina ¿está ahí? Ñora ¿me moriré como el fraile?
Nuevamente percibí la herida en lo secreto del ánima; y más viva, más cortante, más divinamente dolorosa. La piedad al fin; la piedad humana, el reconocimiento de que alguien existe para mí, de que el dolor ajeno es el dolor mío. Un impulso irresistible, ardiente, sin freno de ternura infinita, de amor, de amor sin límites... Sobre la faz de la niña, de la paleta alcornoqueña, gotea la miel de mi caridad, envuelta, desleida en llanto. Y mis labios, besando aquel espantoso rostro, tartamudean:
—No, hija mía, no te mueres. ¡No te mueres, porque te quiero yo mucho!
Por la ventana abierta, entran el aire y la fragancia de la tierra floreciente, amorosa. Cierro los ojos. Dentro de mí, todo se ilumina. Alrededor, un murmurio musical se alza del suelo abrasado con el calor diurno; mi cabeza resuena, mi corazón vibra; el deliquio se apodera de mí. No sé dónde me hallo; un mar de olas doradas me envuelve; un fuego que no destruye me penetra; mi corazón se disuelve, se liquida; me quedo, un largo incalculable instante, privada de sentido, en transporte tan suave, que creo derretirme como cera blanda... ¡El Dueño, al fin, que llega, que me rodea, que se desposa conmigo en esta hora suprema, divina, del anochecer!...
Entrecortadas, mis palabras son una serie de suspiros. Mi boca, entreabierta, aspira la ventura del éxtasis. Imploro, ruego, entre el enajenamiento del bien inesperado, fulminante.
—No me dejes, no me dejes nunca... Siempre tuya, siempre mío... Quítame lo que quieras, haz de mí lo que te plazca, venga cuanto dispongas, redúceme á la nada, que yo sea oprobio, que yo sea burla, que me envilezca, que me infame... Venga ignominia, fealdad horrible, dolor, enfermedad, ceguera; venga lo que sea, hiéreme, hazme pedazos... Pero no te apartes, quédate, acompáñame, porque ya no podría vivir sin ti, sin ti, sin ti...
Y, palpitando en mis labios, la queja deliciosa repite, sin pronunciarlo, sin rasgar el aire: