En este asilo, donde me recluyeron, escribo estos apuntes, que nadie verá, y sólo yo repaso, por gusto de convencerme de que estoy cuerda, sana de alma y de cuerpo, y que, por la voluntad de quien puede, soy lo que nunca había sido: feliz.
Mi felicidad tiene, para los que miran lo exterior (lo que no es), el aspecto de completa desventura.
En lo mejor de mis años, me encuentro encerrada, llevando la monótona vida del Establecimiento; sometida á la voluntad ajena, sin recursos, sin distracciones, sin ver más que médicos, enfermeros y dolientes... En comparación con mi suerte actual, el convento en que antaño pretendieron que ingresase, sería un paraíso.
Y yo soy feliz. Estoy donde Él quiere que esté. Aquí, me visita, me acompaña, y la paz del espíritu, en la conformidad con su mandato, es mi premio. Aún hay regalos doblemente sabrosos, horas en que se estrecha nuestra unión, momentos en que, allá en lo arcano, se me muestra y comunica. ¿Qué más puedo pedir? Todo lo acepto... todo lo amo, en Él y por Él. Amo estas paredes lisas, que ningún objeto de arte adorna; este mobiliario sin carácter, como de hospital ó sanatorio; estos árboles sin frondosidad, este jardín sin rosas, este dormitorio exiguo, esta gente que no sospecha lo que me sirve de consuelo, y se admira de la expresión animada y risueña de mi cara, y me llama—lo he averiguado—«la contenta...» Y, mientras mis dedos se entretienen en una labor de gancho, mi alma está tan lejos, tan lejos... Por mejor decir, mi alma está tan honda...! Recatadamente, converso con él, le escucho, y su acento es como un gorjeo de pájaro, en un bosque sombrío y dorado por el sol poniente... Otras veces, le aguardo con impaciencia de novia, deseosa de oir crujir la arena bajo un paso resuelto, juvenil... y le pido que no tarde, que no me haga languidecer. Y languidezco, y á veces, un desvanecimiento, un arrobo, me sorprenden en medio de la ansiosa espera.
Farnesio ha venido á visitarme, en un estado de alteración y angustia, que da lástima.
—¿Lo ves?—repite.—¿Lo ves? Si tenía que suceder... ¡Si ya lo decía yo! ¡Si te lo había anunciado! Es horroroso... ¡Y no poder, no lograr evitar estas cosas!
—Pero ¿qué es lo que usted quería evitar?
—¡Y me lo preguntas! Voy temiendo que sea cierto que se haya trastornado tu razón. ¿Qué es lo que quería evitar? Que te trajesen á la casa de locos. ¡Qué infamia! ¡Á la casa de locos!
—Me encuentro perfectamente en ella.
—¡Válgame Dios, niña! No puede ser; y aun cuando así fuese, ¿voy yo á consentirlo? ¿Voy á permitir que el malvado de tu tío te encierre aquí, por toda la vida acaso?